martes, 1 de febrero de 2011

Los Condenados


Valoración: 8/10

    Los condenados
    En la prisión del pasado

    Isaki Lacuesta es un realizador independiente que ya atrajo la atención de la crítica con sus documentales Cravan versus Cravan y La leyenda del tiempo, un joven inquieto que ha participado en proyectos junto a gente tan reputada como la japonesa Naomi Kawase. En esta ocasión el director cambia de tercio con una película de ficción sobre dos antiguos guerrilleros dispuestos a encontrar el cadáver de un compañero caído en combate treinta años atrás. Raúl y Martín no son los únicos en participar en la excavación pues también se les une la familia del desaparecido. A medida que pasan los días, el pasado regresa con fuerza a un rincón de la jungla en el que aún parecen resonar los ecos de los disparos, aunque más que en la espesura lo hagan en la cabeza de los protagonistas.

    La película de Lacuesta está claramente influenciada por su carrera documentalista. No hay apenas simbolismo en esas imágenes selváticas ni se quiere abusar del entorno natural más allá del retrato. Lo cierto es que la técnica documental aplicada a la ficción tiene aquí un claro propósito y es el de buscar la imparcialidad para que sea el espectador el que entre a valorar la historia que se le cuenta. El film no se posiciona sobre el verdadero valor de los ideales, el deber por encima de la amistad o la traición en tiempos de guerra, sino que somos nosotros los que tenemos que entrar en cuestiones nada fáciles sobre el concepto del héroe en la lucha armada. Es todo un acierto si se piensa que los mensajes del film son universales, de ahí que la referencia al conflicto vasco no sea casual. De hecho, en ningún momento llegamos a saber exactamente en qué lugar estamos situados, aunque el acento argentino de los actores los delata.

    Resulta sorprendente que Lacuesta haya sabido hacer suyos temas puramente latinoamericanos, un continente cuyo cine ha quedado irremisiblemente marcado por un pasado de dictaduras y contiendas civiles. El ejemplo más claro es el de la visión de todos estos hechos desde la perspectiva de las nuevas generaciones, una preocupación que podíamos ver por ejemplo en la fantástica Calle Santa Fé, de la chilena y también documentalista Carmen Castillo. Hay mucho de ese choque generacional en Los condenados, la decepción de unos luchadores que después de tanto defender sus ideales se encuentran con unos jóvenes divididos entre los que sienten una total desgana por el pasado y los que juegan a ser soldados revolucionarios armados con camisetas del Ché Guevara.

    A destacar todo el reparto, intérpretes de miradas poderosas y resonantes capitaneados por un fantástico Daniel Fanego (Luna de Avellaneda) y unos solventes Arturo Gotees, y Leonor Manso, rostros ajados y amargados por la culpabilidad o el rencor pero que a veces encuentran un pequeño momento para emborracharse y mirar hacia atrás con nostalgia. En el plano técnico, además de las citadas tomas paisajísticas y una cuidada fotografía, merece la pena hablar del estupendo trabajo realizado por los técnicos del equipo de sonido. Se ha hecho especial hincapié en los ruidos opresivos de la selva a los que imita por momentos la música de Gerard Gil y que contribuyen a crear una atmósfera claustrofóbica e incluso amenazante.

    Quizás haya espectadores que consideren a Los condenados un film sin un desenlace concreto. ¿Adónde conduce tanta reflexión? La película no nos lo explica ni falta que hace. El plano de la jungla que se va cubriendo de niebla, ese abandono final del protagonista a la condena, al pasado que no se puede cambiar y que le perseguirá hasta la muerte, lo resume todo. Perfecto cierre para una película profunda, intensa e interesante en sus reflexiones que se desprende por completo de las etiquetas del cine nacional. Merecidísimo premio FIPRESCI otorgado en el Festival de Cine de San Sebastián. Habrá que seguir con atención la trayectoria de éste magnífico realizador con los ojos puestos en la inmensidad del mundo. Una vez más, parece que España tiene que volverse hacia Latinoamérica para -nunca mejor dicho- desenterrar viejos fantasmas.
Keichi

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