miércoles, 2 de febrero de 2011

Tetsuo: The Bullet Man

Valoración: 8/10

Tsukamoto no se vende

Shinya Tsukamoto es conocido como uno de los directores de culto más transgresores del cine japonés actual, artífice de trabajos tan personales e inclasificables como Vital o A Snake of June, aunque los aficionados a la ciencia-ficción y el fantástico lo recordarán siempre por Tetsuo: El hombre de hierro y su secuela, Tetsuo: El cuerpo del martillo. Ahora, después de cambiar de registro con las dos entregas de Nightmare Detective, Tsukamoto regresa a su temática predilecta con Tetsuo: The Bullet Man, una nueva visión sobre la misma idea más que una secuela o un remake occidental al uso.

En esta ocasión el protagonista de la historia es un estadounidense afincado en Tokio y casado con una japonesa. Cuando su hijo de tres años es atropellado mortalmente por un conductor que se da a la fuga, Anthony comienza a investigar por su cuenta para localizar al responsable. Inexplicablemente, a raíz del accidente algo empieza a cambiar en su cuerpo, invadido por piezas de metal que parecen brotar de su interior y lo convierten en una máquina de destrucción en constante crecimiento.

A pesar de las novedades, el mensaje de Tetsuo es el mismo que se deducía de sus anteriores entregas, el retrato de un mundo moderno completamente subyugado por el poder de la máquina y la gran urbe, la misma esencia del ciberpunk, una evolución tecnológica que para Tsukamoto deviene en la deshumanización, el suicidio y la destrucción. En un país como Japón en el que la dependencia electrónica alcanza cotas inimaginables es casi una fantasía con tintes de realidad. Evidentemente, no es una visión amable y eso se traslada a la película del modo más contundente.

Así, Tsukamoto incide en la fuerza narrativa del film a través de elementos incómodos para el espectador, una constante en su carrera, la fotografía apagada, la cámara nerviosa y sobre todo una banda sonora machacona y atronadora. De hecho, la música de Chu Ishikawa podría compararse con las composiciones electrónicas industriales de Akira Yamaoka para Silent Hill no solo en la forma sino en el fondo, la representación de un infierno interior, en este caso el de un cuerpo corrompido por el odio y la rabia. Por momentos el film es una constante de movimiento, ruido y fogonazos completamente enloquecedora y agresiva que algún crítico ha calificado de experiencia sensorial. Ni el exceso de maquillaje consigue restar impacto a las escenas de mutación y combate.

Del mismo modo, las interpretaciones son exageradas, dejando a un lado ridículo o pasión en favor del furor de la historia, algo así como una especie de caos cinematográfico. Si en un principio al director le plantearon trabajar en inglés -dicen que Quentin Tarantino-, finalmente se ha limitado a introducir a ciertos actores foráneos como el protagonista Eric Bossick, manteniendo la nacionalidad con las presencias de Akiko Monô y Yûko Nakamura. Como viene siendo habitual, el propio Tsukamoto se reserva el papel de malvado. No es una cuestión de ego: Tetsuo no podía funcionar fuera de sus fronteras, algo que Tsukamoto tuvo presente desde un primer momento cuando decidió rodar en su tierra.

A pesar de las buenas sensaciones uno se queda con la duda de cuales eran las pretensiones del director con esta película. Si la intención de Tsukamoto era retocar la historia de Tetsuo para hacerla más amigable a los ojos occidentales, el japonés no ha suavizado en absoluto su estética de videoarte experimental ni la violencia surrealista que la impregna. Este Tetsuo angloparlante sigue siendo un trabajo difícil y furioso. Pero los abucheos con los que ha sido recibida en su periplo por festivales europeos no esconden la otra cara de la moneda. Visto desde fuera cabría pensar que el director se ha vendido al oro de Holywood, como tantos realizadores independientes. Pero ahí si que no hay nada que reprocharle. Este Tetsuo sigue siendo puro Tsukamoto.
Keichi

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