martes, 1 de febrero de 2011

Destino: Woodstock (Taking Woodstock)


Valoración: 8/10

    Taking Woodstock
    Viaje al centro del universo


    Si tuviésemos que escoger un adjetivo para definir el cine de Ang Lee, la palabra adecuada sería probablemente versátil. Desde que se estrenara en el mundo del largometraje con Manos que empujan, allá por 1992, el director taiwanés ha sabido llevar a buen puerto proyectos radicalmente dispares. Y es que, más allá de un montaje soberbio, nada tienen en común películas como La tormenta de hielo, Tigre y Dragón, Hulk, Brokeback Mountain o Deseo, Peligro. De hecho, resulta imposible adivinar con qué nueva historia nos sorprenderá Ang Lee después de ofrecernos esta visión optimista y nostálgica del evento que puso fina toda una época de pacifismo y buen rollo.

    Verano de 1969. Forzado a abandonar una malograda carrera como decorador, Eliot malgasta su juventud y su talento tratando de sacar adelante el ruinoso motel de sus padres. El destino cambiará su vida y la de muchos otros cuando consiga traer a su rural White Lake el mayor festival de música de todos los tiempos. Tras la llegada de los organizadores y el comienzo de los preparativos, una oleada de personas comienza a invadir la zona transformando todo a su paso. Éste argumento sirve de excusa al director para embarcarnos en un viaje exento de valoraciones morales sobre una generación cuyos ideales llegaron a su máximo apogeo con Woodstock.

    Al guión de James Schamus -basado en la novela autobiográfica del propio Elliot Tiber y Tom Monte- no le interesa indagar en el fenómeno de la contracultura o sus connotaciones socio-políticas ni en las actuaciones de Janis Joplin, los Grateful Dead o The Who. Por no enseñar, no aparece ninguna imagen del concierto propiamente dicho a excepción de unos difuminados segundos. Muy al contrario, el retrato de la cultura hippie se aborda a través sus pequeñas historias, anécdotas y personajes anónimos. Y a buena fe que consigue dar una idea de lo que fue y simbolizó Woodstock por aquel entonces. Esos tres días de paz y música aparecen perfectamente descritos en una comedia con momentos verdaderamente hilarantes que además sobrevuela temas representativos del movimiento hippie como la sexualidad, el materialismo o el auto-descubrimiento.

    El actor Demetri Martin ejerce correctamente de hilo conductor de la historia y hace las veces de observador de los acontecimientos pero no es el encargado de hacer reír al personal. Aunque los antagónicos padres del protagonista a los que dan vida Henry Goodman y una fabulosa Imelda Staunton dan mucho juego, son personajes como el excombatiente de Vietnam traumatizado, los actores de vanguardia nudistas o la désternillante Vilma -encontramos aquí a secundarios de lujo como Eugene Levy, Liev Schreiber, Emile Hirsch, Jonathan Groff o Dan Fogler- los que los que terminan de enamorar al espectador con sus excentricidades entrañables. A destacar ese viaje alucinógeno del protagonista con Paul Dano y Kelli Garner en el interior de la furgoneta que acaba en un mar de olas humanas que emanan del escenario, probablemente la escena más sorprendente y memorable de toda la película.

    La ambientación del film está cuidada al milímetro, desde el pequeño detalle hasta ese soberbio plano al ralentí con cientos de extras dirigiéndose hacia el concierto por la carretera. Aunque hayan pasado cuarenta años, tenemos la plena sensación de estar allí. No solo se trata del atrezzo, porque para recrear toda la estética del Flower Power de finales de los sesenta también se intercalan algunas escenas rodadas en Súper 8 e incluso se utilizan pantallas partidas en clara referencia al famoso documental de Michael Wadleigh. Evidentemente, no se podía dejar pasar de largo un recurso tan necesario como la música de The Doors, Jefferson Airplane, Richie Havens y otras formaciones representativas de los sesenta, pero la película también sabe dejar espacio a la curiosa banda sonora del polifacético Danny Elfman.

    Uno debe descubrise ante el talento de Ang Lee, que aún habiendo sido educado en Estados Unidos sabe retratar maravillosamente una época que no conoció de primera mano. Seguramente habrá quien piense que Taking Woodstock es demasiado difusa al esbozar sus pequeñas pinceladas dramáticas o la considere una obra menor del director por el simple hecho de no querer profundizar demasiado en el universo que retrata, pero es precisamente esa luminosa falta de pretensiones lo que la convierte en una película maravillosa. Nada más verla a uno le entran ganas de despelotarse, pintarse un símbolo de la paz en la frente y echarse unos canutos a la salud del mismísimo Jimi Hendrix.
Keichi

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