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jueves, 10 de julio de 2014

Sombras Malditas: El Paraíso Prohibido (VIII)





Sentía deslizarse su cuerpo sin voluntand sobre las oscuras volutas que la conducían hacia el ángel negro. Sobre su cuerpo, los ricos tejidos que su piel probaba por vez primera, parecían volverse más y más pesados a cada paso, y pronto comprendió que, como en todo camino al infierno, habría de pagar por el derecho de paso a través del ominoso portal. Contra su talle, ceñido ahora por las negras plumas cuyo origen no dudaba, la rigidez se volvía trampa que dificultaba su respiración e incluso los latidos de un corazón acelerado y curioso que sentía ya más allá del miedo. Sus dedos volaron, leves y apresurados, a las rígidas plumas que parecían buscar clavarse en su carne, y un veloz rayo de dolor abrió sus yemas pagando el tributo exigido... al contacto con su sangre, cada una de las metálicas armas se convirtió en caricia, cada presa violenta sobre su pecho se volvió beso leve sobre su piel e incluso la misma tela, el que otrora fuera negro y pesado terciopelo, se tornó en extensión de sí misma, leve y frágil, alternando el negro original con retazos de un rojo sangre allí donde las gotas se habían mezclado con el tejido y formando un dibujo hipnótico que invitaba a recorrer con los dedos los caminos de sus laberintos. 

Supo, sin saber cómo, que su destino se cumplía al fin, otorgándole los medios que necesitaba para hallar las respuestas y formular las preguntas. Moira había sido el frágil hilo que la ataba a la realidad y a la cordura, y ahora que ese hilo se había roto, se sentía flotar, sin ancla ni peso que la mantuviese firme, en el viento huracanado que Taranis había traído consigo, en las tormentas que el ángel oscuro provocaba, acercándola a él inexorablemente, sin esperanza ni deseo de escapar. Mientras contemplaba, maravillada y aturdida, el amplio salón que se desplegaba frente a ella, su mirada viajó a la larguísima mesa que ocupaba el centro de la estancia. Columnas salomónicas se erguían hasta un techo tachonado de estrellas que mostraba, a pesar de la cubierta de piedra y madera, el dibujo de un cielo nocturno, tan real que la llevó a sospechar de la ausencia de materiales reales sobre sus cabezas. El calor se extendía desde una inmensa chimenea que ardía con furor, como llamas alimentadas en el mismo infierno del que provenía su creador; no era el lujo con el que estaba dispuesto el sitial que la esperaba, ni la abundancia de viandas exquisitamente preparadas lo que llamaba su atención, sino la figura hierática y mortífera, oscura y letal, que ocupaba el sillón a la cabecera. Aeryn se dejó conducir por una voluntad que no era la suya hasta el extremo opuesto, sintiendo al mismo tiempo que la distancia entre ambos era infinita y que estaba demasiado cerca, demasiado próxima al ser que la miraba sin disimulo y sin pronunciar palabra alguna que pudiese ser tomada como la invitación no formulada que la había llevado hasta allí. Le observó en silencio, dispuesta a escuchar no sólo lo que quisiese decirle, sino lo que parecía dispuesto a callar, y por su mente pasó, fugaz, un pensamiento que la sobresaltó: Supo, en ese mismo instante y sin ningún género de dudas, que siempre había estado dormida y que sólo ahora, sólo en presencia de este ser maligno, captor y enemigo, monstruo y ángel perdido, estaba, por primera vez en su vida, despierta. Que todo el dolor, cada golpe y cada grito, eran necesarios para traerla a este lado de la realidad. Una vida alejada de aquellos que creía sus iguales, una existencia transcurrida entre fieras, en bosques y cuevas, unos lazos frágiles y breves con otro ser humano que habían terminado en el mismo instante en que Taranis llegó a su vida, la convencieron entonces de lo equivocado de su camino vital, de que aquella que había fingido ser hasta ese momento, no era ella, en realidad, sino la débil y patética imagen que reflejaban los espejos humanos; sintió que su aceptación de esa realidad la fundía con la joven que le había devuelto el espejo maldito, con la que había imaginado oscura y maligna y que era, ahora lo sabía, la voz del alma de la que creía carecer. Se miró brevemente, posando su vista en los lujosos ropajes, en los rojizos símbolos que recorrían la tela con dibujos tenues, y alzó los ojos para clavarlos en aquel que la observaba en silencio.

- En qué me has convertido, Taranis? Quién soy ahora?

Un dolor agudo la hizo gemir al tiempo que alzaba sus manos para posarlas sobre el lujoso y negro mantel. En el dorso de ambas, dibujados con sangre sobre la piel, los misteriosos símbolos que antes recorrían la tela de su vestido marcaban ahora caminos laberínticos y desconocidos mensajes en un lenguaje que intuía más antiguo que el mismo tiempo. La voz tronó en el salón como una tormenta, oscura, densa y rica en matices, poderosa y temible:

- Eres mía.

Dos palabras. El absoluto de la una sentencia, de una respuesta que no consiguió que la joven doblegara su voluntad ni que apartara la mirada de los negros iris de su captor. Lentamente, Taranis alzó su mano en gesto invitador, a la par que amenazante, pareciendo invocar a una invisible presencia que apartó la faraónica butaca de la cabecera opuesta de la mesa para que Aeryn, sin siquiera ser consciente de así haberlo decidido, se sentara frente a él. Arrastrada su voluntad, doblegado su cuerpo, pero desafiante su barbilla alzada ignorando una única lágrima escarlata precipitándose de su iracunda mirada, acariciando su mejilla de marfil. 

En el rostro del caído, una sonrisa diabólica fija en su retina la imagen de esa solitaria gota de sangre, delatora de lo absoluto de su poder sobre una joven desprovista de la compañía de su escudo, su eterno compañero lupino, Shadow. Nada podría contra él ahora, su soledad frente al depredador era su condena, su físico deterioro, bálsamo para la maldición del condenado. 

Un sonido sordo, un golpe apenas audible, cristal contra cristal... la lágrima escarlata abandonó el rostro de la joven estrellándose contra la inmaculada superficie del níveo plato de la más fina y antigua porcelana que aguardaba vacío y solitario desde inmemoriales tiempos sobre la mesa. Sangre hecha piedra preciosa, vida hecha lujurioso rubí reflejando la danza macabra y lasciva del fuego en la inmensa chimenea. Y por vez primera, un brillo de ¿miedo? en el rostro de la inocente tornada princesa de las tinieblas. 

- No temas, muchacha -siseó amenazante el maldito clavando sus codos sobre la mesa- esa lágrima sólo ha sido una advertencia... Ni una gota más de tu sangre correrá mientras fluyan las respuestas por las que aún vives. Dime... ¿qué eres?

Ni el misterio, ni la oscuridad, ni siquiera la magia que parecía envolverse en torno al Oscuro, conseguían superar el asombro que la pregunta sembró en ella. Había acudido a su mundo en busca de respuestas y se convertía en blanco de preguntas; necesitaba caminos y le eran alzados muros de piedra a su paso. Hipnotizada por la gema de sangre que su dolor había creado, oyó su voz, como surgida de algún lugar oculto y ajena a su voluntad, que contestaba a su captor.

- Soy... soy recuerdos, pero no míos. Soy guardiana de algo que desconozco y cuya existencia no puedo sacar a la luz. Soy algo que has provocado y cuyo origen buscas. Por qué estoy aquí? No puedo darte las respuestas que no poseo, Caído, así que vierte toda la sangre que desees, porque nada puedo hacer para impedírtelo.

Arrastrado por las palabras de la joven, invitador hechizo, el maldito se alzó de su silla, y avanzó lentamente hacia ella, fundidas sus miradas en encendido desafío. El ritmo de su caminar marcado con el atronador estruendo de sus botas azabache contra el pulido mármol de la estancia a cada paso, con el chirriar de sus alas de acero creando las cortantes plumas nuevas vetas sobre la fría roca a sus espaldas.

- Muchas criaturas he conocido a lo largo de mi larga existencia, todo tipo de seres han perecido entre mis manos durante esta condena... pero no... -siseó- no... no eres ninguno de ellos... ¿qué eres? ¿qué eres?...

El caído giraba, mientras la pregunta se repetía una y otra vez entre sus labios, ya ni siquiera dirigida a la joven, sino a lo más profundo de sí, al rededor de ella. Sus alas creando un muro de oscuridad en torno a Aeryn, los pliegues del kilt en sobrio y elegante rojo sangre y negro, suspirando, gimiendo quedamente al rozarse a cada vuelta con la tela que vestía los brazos de ella en total inmovilidad sobre la butaca...

- Y cómo demonios -gritó repentinamente Taranis acercando peligrosamente su rostro al de ella, encendida su mirada con el más poderoso y temible ígneo fuego de la furia- puedes ver, recordar lo que a mí mismo me ha costado siglos de vida, de muertes, poder recuperar, poder recordar? Cómo!!!!

Un gruñido ensordecedor, un torbellino de rojo y negro, alas y kilt arremolinados en un raudo giro en el instante mismo en que parecía que la destruiría tan diminuta como parecía ante su figura inclinada, y se alejó. Todo fue silencio de nuevo, y el caído se tornó mera silueta apostado frente a la inmensa chimenea, noche entre las sombras que arrojaba el crepitar del fuego, apoyado sobre la grotesca figura de una gárgola custodia de la lumbre. Dos bestias eternas, frías, hechas una.

La oscura silueta recortada contra el fuego de la chimenea, parecía multiplicar su sombra hasta cubrir cada rincón de las paredes que los encerraban juntos en aquella estancia. El rostro de Taranis a sólo unos centímetros del suyo, estremeció su cuerpo de terror y congeló la sangre en sus venas. Aeryn hubiese deseado huir, esconderse de nuevo en su lujoso cuarto con Shadow, aún siendo prisión para ambos, y abandonar la presencia de este ser maldito que la afectaba de un modo que no lograba comprender. Se sabía incapaz de mantenerse en pie en ese instante, atacada por una debilidad mortal que la privaba de movimiento, como si una fuerza invisible la mantuviese atada a su silla, y sentía que la cercanía del monstruo absorbía su propia esencia vital, hasta el último resquicio de cordura y energía que poseía, para hacerlos suyos y aumentar aún más, si es que eso era posible ,su poder y dominio sobre ella.

- Mi lobo... Shadow, me protege de ti, es todo lo que sé. Sé también que tu cercanía me hiere, que puedes matarme con tu simple pensamiento pero que tus recuerdos viven en mí y despiertan en tu presencia. Sé que siempre han estado en el fondo de mi memoria y que has llegado para sacarlos a la luz. Sé que es una maldición que no pedí, un regalo violento y cruel que no deseaba y que sólo tú puedes arrancarlos de mi mente.

Su mente repasaba, febril, cada instante de su pasado, cada día de su larga y solitaria vida en busca de algún indicio, de alguna respuesta oportuna que pudiese regresarla, sana y salva, al lado de Shadow y la protección que éste le ofrecía.

- Mi madre me abandonó al nacer en este pueblo. Un colgante extraño es la única pertenencia que me dejó, la única posesión que no me han quitado a lo largo de los años. No envejezco, o lo hago tan lentamente que apenas es perceptible, por lo que fui llamada bruja y alejada de todo y de todos. Y Shadow... Shadow me acompaña desde que tengo memoria, desde el primer día de mi exilio de entre los humanos, como si hubiese aguardado en las lindes del bosque, cuidándome en la distancia. Tampoco él se ve afectado por el paso del tiempo. 

Intentó alzarse en su silla, pero una fuerza invisible la obligó a sentarse nuevamente, los brazos caídos, sin fuerza, sus piernas incapaces de responder a su voluntad y su mirada fija en la figura que se paseaba, impaciente y violenta, frente a las llamas que rugían en la enorme chimenea.

- Qué es todo esto?- preguntó la joven señalando con un gesto de su brazo la mesa cargada de viandas- por qué finges una hospitalidad que no conoces? No es necesario esta pretensión de una cena entre los dos, como si fuésemos algo más que captor y cautiva. Déjame irme. Deja que me reúna con mi lobo y permite que nos vayamos. Juro no rebelar tu existencia a nadie- la ironía rezumaba en su tono, consciente de que nadie la escucharía por más que quisiese faltar a su palabra- no somos para ti más que un juguete, un instante fugaz de entretenimiento en tu eterna y solitaria vida. 

Una vez más, y sin poder evitarlo, una parte de ella se preguntó la razón de la presencia del Caído en este remoto y ruinoso castillo. 

- Busca otro lugar, alguien más que pueda darte las respuestas que buscas, y llévate contigo estos recuerdos que has guardado en mi mente.

Taranis escucha en silencio cada palabra del relato, inmóvil, invisible su expresión, sombra impenetrable recortada a contraluz contra las llamas. Escucha, hasta que la voz de Aeryn parece extinguirse tras su última súplica y es su turno de liberar las palabras...

- No hay otro lugar, ni nadie más que pueda darme las respuestas, los recuerdos... -girando lentamente hacia ella, sin alzar la voz, mirando fijamente a la joven pero ni siquiera viéndola- Llevo una eternidad explorando mentes, corazones, devorando vida para recolectar así retazos, detalles, pedazos de una existencia perdida... y ahora que te tengo frente a mí, custodia inconsciente de todos mis secretos, de mis recuerdos perdidos, no buscaré más. 

Sus erráticos pasos conducen al caído hasta la cabecera opuesta de la mesa a la que ella ocupa, y allí toma asiento, sin apartar la mirada de ella, sin que sus ojos rompan el eclipse. 

- Come, Aeryn, aliméntate, pues es mi deseo que mantengas la vida latiendo en tí hasta que todo lo que ocultas, todo lo que crees ignorar, florezca y sea mío, tus recuerdos, mis recuerdos...

Sus hipnóticas palabras flotan como un hechizo entre ellos, y la comida, de repente, se hace irresistiblemente apetecible a ojos de la joven cautiva.Los cubiertos inexplicablemente se hallan entre sus dedos, el hambre reclama su tributo y los manjares, los aromas seductores, son algo a lo que el instinto no permite resistirse. Abandonada su voluntad, víctima del sortilegio, Aeryn comienza a devorar ante su atento captor que, tras una mirada de poderosa satisfacción, observa a su presa mientras acaricia, distraído, una pieza de fruta que se arruga y pudre al instante bajo su mero tacto mortal. 

Pasan los minutos, quién sabe si las horas, y poco a poco el hambre de la joven se sacia, siendo sustituida por una dulce somnolencia inducida por el silencio compartido sólo roto por una suave música de desconocido origen, un eco lejano que parece acunarla al olvido estremeciendo las plumas mismas de su atuendo de tinieblas. Recuesta su cabeza sobre el enorme respaldo del butacón, lucha por mantener los párpados abiertos incapaz de vislumbrar más que el borroso resplandor del fuego y una figura negra, amenazante, que se mueve a su alrededor... 

Se hace la noche en sus ojos, y lo único que puede sentir es el peso de unas recias manos masculinas sobre su frente y, partiendo de ellas, un dolor eléctrico enraizándose hasta lo más profundo de sus entrañas, de su mente, de su atormentada alma... 

- Es hora de recordar, Aeryn... -susurra el caído desde el corazón de la oscuridad 

Un destello de luz rompe toda tiniebla. Comienzan las visiones.

Continuará...

viernes, 24 de enero de 2014

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (VII)



La enorme y pesada puerta se cerró con un golpe que auguraba el final de un camino, el punto sin retorno de un sendero maldito que nadie más habría de recorrer alguna vez. Aeryn se dejó caer, desmadejada y vencida, sobre el alfombrado suelo de la estancia sin apenas prestar atención al lujo que la rodeaba. Shadow, su protector y su ancla, reposaba a su lado proporcionándole el calor que parecía huir de sus miembros entumecidos.
El corazón galopando, la sangre rugiendo veloz y ardiente en sus venas, los pensamientos girando a una velocidad vertiginosa en su cerebro confuso, hacían estremecer el cuerpo de la prisionera como si hubiese sido poseído por la fiebre. Sus dedos, largos y delicados, se cerraban sobre el pelaje amigo del lobo, buscando la familiaridad del contacto y el consuelo que siempre le proporcionaba. El tiempo se detuvo... qué más daba, si su captor había dictado su sentencia perpetua, su condena a muerte tras aquellas paredes cubiertas de tapices, que parecían burlarse del destino impuesto a quien nunca poseyó nada que no hubiese fabricado con sus propias manos? Aeryn no sabía cuántas horas habían transcurrido desde que la puerta se cerró sellando su destino; no había en la estancia más luz que la que las múltiples antorchas proporcionaban, ni ventana alguna que le diese una visión del mundo exterior. A pesar de su estado de entumecimiento, del miedo que clavaba las garras en su pecho impidiéndole respirar profundamente, supo que se encontraba en las entrañas mismas de la tierra, en un lugar en el que nunca sería encontrada. Una risa histérica y una carcajada amarga brotaron de su garganta dolorida.

- Estúpida, Aeryn...cómo puedes ser tan estúpida? Quién va a buscar a la bruja que rehuyen desde hace décadas? Quién se preocupará cuando mi capa roja deje de asomar entre los árboles esporádicamente, cuando se den cuenta de que hace semanas o meses que nadie tiene que alterar el curso de sus pasos para esquivarme?

Se irguió en toda su pequeña estatura, menuda y aterida, demacrada y débil, apoyándose en la firme columna de su fiel Shadow, que no había proferido ni un gemido, ni un gruñido más desde que Taranis les abandonó en su cárcel de lujo. Se inclinó sobre la noble cabeza, abrazando el calor y el olor a tierra mojada y bosque que siempre acompañaba al lobo y dejó que sus dedos se perdiesen en una caricia lenta.

- Mis respuestas, Shadow... no he encontrado ninguna y han surgido, sin embargo, más preguntas.

Se dejó caer de rodillas frente a su amigo y buscó su mirada ámbar colocando ambas manos a los lados de su mandíbula fuertemente cerrada.

- Es verdad,Shadow? Ha dicho que tú alejas de mí la enfermedad y la muerte. Cómo podría ser cierto? Eres un lobo, uno más de la manada... longevo, al igual que yo, quizás aquejado por la misma maldición ,pero...

Se llevó las manos a la cabeza en un gesto desesperado, intentando acallar las mil preguntas, las dudas, el miedo y el dolor que la asaltaron de repente como una avalancha. El lobo, sensible al delicado estado mental en el que se encontraba su protegida, empujó con su hocico el hombro de la joven forzándola a alzarse y buscar el cobijo del lecho que se abría, acogedor y cálido, en el centro de la habitación. Como una muñeca sin voluntad se dejó guiar hasta que sus rodillas tocaron el colchón relleno de plumas. Sentada en el borde de la cama, observó con atención por primera vez el espacio que la rodeaba.
Su nueva prisión era amplia y estaba profusamente iluminada, con múltiples huecos que acogían antorchas decoradas como garras de distintos animales. El techo era alto, al menos tres veces su estatura y, a pesar de ello, el ambiente era cálido y seco. Una gran chimenea crepitaba lanzando de vez en cuando una chispa, que salía disparada de los troncos que ardían con generosidad.
Los muebles eran escasos pero suntuosos. Aeryn podía reconocer la calidad de su manufactura aunque nunca hubiese poseído algo semejante. A los pies de la cama, un gran arcón de madera decorada de apariencia antigua; sobre el lecho, un dosel con cielo de brocado rojo sangre hacía descender por los laterales gruesos cortinajes de terciopelo negro. Una cómoda de gran tamaño, una silla aparentemente confortable y un enorme armario de tres puertas completaban la decoración del lugar.
Ni siquiera la curiosidad pudo impulsarla a levantarse a explorar. Si el ángel oscuro decía la verdad, tendría el resto de su vida para conocer cada poro de la antigua madera, cada astilla que pudiese arrancar de esa cárcel de oro. Una mirada cansada hacia sí misma la hizo consciente de su aspecto harapiento, de los jirones que colgaban, como una mortaja sobre un cadáver, de sus miembros agotados. Tiró con más rabia que fuerza de los restos de la capa a la que había llegado a acostumbrarse y el vestido, ya viejo desde hacía años, casi se deshizo en sus manos; una sencilla túnica con cuello en V, de lana azul oscura y recogida en la cintura con un cinturón de cuero trenzado que ahora sostenía los trozos rasgados y que apenas cubrían su cuerpo protegiendo su pudor. Se recostó despacio y tuvo la sensación de precipitarse al vacío, acostumbrada como estaba a la dureza del suelo de la cueva o a su catre apenas acolchado por un par de mantas dobladas.

- Sube, Shadow... te necesito... no quiero estar sola!

Un sollozo rompió su compostura y su aparente valentía mientras se abrazaba, como una niña perdida, a la piel cálida del lobo. Enterrando el rostro en el pelo del animal, dejó que los gemidos la estremeciesen por fin sin control, sin preocuparse por nada más que por su dolor y su desesperación. No importaban ya los motivos que la habían llevado ahí... no habría venganza porque había visto una muerte sin culpa, la misericordia de un final compasivo a manos de un asesino sin corazón ni sentimientos que podía, en cambio, dar la paz a un alma humana atormentada por la enfermedad y la vejez.
No habría regreso, porque no había lugar al que volver ni nadie que esperase, con el farol encendido, que encontrase el camino de vuelta al hogar en medio de la oscuridad de la noche o en el fragor de la tormenta. Sólo los animales, su compañía constante a través de su larga vida, se percatarían de su ausencia, pero no había en ellos más que instinto y bondad; ocasionalmente, olvidarían que una vez una hembra humana caminó entre ellos como una más de la manada, como un ser en armonía con el bosque y la naturaleza salvaje que todos compartían. Al final, sólo Shadow compartiría su condena y el castigo a su osadía, y quizás ese fuese, en aquel momento, el mayor de sus arrepentimientos. El llanto agotó las escasas energías que le quedaban y el sueño llegó como una bendición reparadora. Abrazados ambos, bestia y mujer, las pesadillas se mantuvieron apartadas y la respiración de ambos fue el único sonido que se oyó en el cuarto durante horas.
El regreso a la realidad fue un descenso lento al infierno de la incertidumbre, a la indecisión acerca de cuál habría de ser el siguiente paso. Recordó las palabras de Taranis, la orden categórica que tronó su voz, y una vena de rebeldía envió una poderosa negativa a su mente y a sus labios.

- Puedo ser su prisionera, pero no seré su esclava. Si quiere mi presencia para atenuar su soledad o apagar su aburrimiento, tendrá que obligarme... no soy su invitada ni él es mi anfitrión.

Se giró en el enorme lecho y dejó que la presencia de Shadow la hiciese sentir de nuevo una mujer valerosa, y no la temblorosa víctima en la que se había convertido en presencia de ese ser oscuro.

- El gran comedor!- murmuró alimentando el enfado que la había despertado- Como si pudiese encontrar mi propia sombra en este laberinto...

El sentido de esa frase la hizo incorporarse de repente como impulsada por un resorte mientras tomaba entre sus manos la cabeza de Shadow, animada por una nueva resolución.

- Comprendes lo que eso significa, Shad? Me espera en el gran comedor para la cena: La puerta no está cerrada con llave!

Mientras un plan de escape comenzaba a forjarse en su mente, un oscuro e insidioso pensamiento intentaba abrirse camino hasta la superficie: la triste realidad era que, al lado de aquel monstruo sin alma, cerca de aquel que prometía muerte y dolor con su sola presencia, se sentía más viva de lo que nunca se había sentido... quizás esa era la razón de ser de una existencia errante en el tiempo y anclada en el espacio... encontrar aquello que la hiciese vivir por primera vez en casi un siglo, aunque llegase disfrazado de miedo y agonía, de la proximidad de la muerte misma, envuelto en la amenaza letal de desaparecer en el vacío , porque de eso se trataba, al fin y al cabo, la vida: Un instante entre la partida y la llegada, entre el punto de origen y el destino. Y Taranis era, en sí mismo, la mayor de las preguntas, la más ansiada y misteriosa de las respuestas y el viaje a través de un alma, buscando a otra sin saber si ésta existía o era tan sólo una quimera...

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Taranis, envuelta su agresiva desnudez por sus letales extremidades, alas de noche con afiladas cuchillas por negras plumas, sombra entre las tinieblas, yace sobre la desvencijada cama imperial de un abandonado y olvidado aposento, su habitación en el corazón mismo de la roca del castillo.

Su rincón más íntimo, donde, desde hacía siglos, ninguna presencia humana había osado penetrar. Su refugio y único testigo de su ira y dolor en soledad. Arañazos esbozando intrincados cuadros de sufrimiento horadando los muros, en cadáveres despedazados tornó los cortinajes, los tapices que pendían inertes y destrozados de sombrías paredes, y los velos desgarrados de lo que tiempo atrás fuera una mosquitera, precipitándose ahora sobre su figura y meciéndose al compás de una respiración agitada.

Su aliento entrecortado nace de la inquietud que de un brillo rojizo dotaba a su mirada despierta mientras la clavaba en el faraónico espejo que, a los pies de su cama, en su día sirvió para vestir reyes y señores de alta alcurnia, y ahora era su puerta a aquello que sus ojos quisieran ver.

Tras el muro de líquido cristal que devolvía la imagen del maldito yacente, pronto llegaron las místicas brumas que desdibujaron sus contornos y dieron forma, línea a línea, a la silueta de la joven cautiva y su eterno acompañante lupino. Ambos, sobre la cama y abrazados como un único ser, parecían descansar plácidamente, seducidos por un colchón bajo su ser largo tiempo negado…

Taranis, sin ser consciente siquiera, había descendido de la cama, y levantando chispas contra la fría roca con el roce sus alas mortales, había reptado hasta casi colisionar su rostro con la superficie del espejo. Estudió con extrema lentitud las facciones de la joven, el crepitar de unos ojos inquietos bajo los párpados sin duda presa de oscuras visiones de pesadilla, el titilar de unos labios entreabiertos privados de palabra, el palpitar de un pecho donde, contra todo pronóstico, continuaba latiendo la vida… Maravillado por la fortaleza de su fragilidad, Taranis reparó en que en la batalla de voluntades que entre ambos se había librado, el eterno atuendo escarlata y el vestido que pudoroso escondía cada centímetro de nívea piel de la joven, habían resultado vencidos.

Muchos eran los puntos donde la tela había sucumbido bajo el corte mortal de las negras plumas del depredador, muchos eran los lugares donde el fuego de la tormenta desatada había quemado el terciopelo desgastado… Sus vestiduras, otrora etéreo atuendo de un ser sobrenatural de los bosques ahora parecían vestir a una vagabunda, una repudiada, descastada y expulsada de la humana sociedad… y en cierta forma lo era, pero no lo sería entre los muros que ahora eran su hogar, su prisión.

Una risa susurrada, apenas audible, pero no por ello menos sibilina y diabólica, escapó de entre los labios del ángel caído mientras, sin separar su cuerpo del suelo, y de nuevo reptando como la más repulsiva de las criaturas, se acercó a un armario olvidado del vestidor para, tras destrozar gran parte de su contenido y hallar lo que parecía buscar, regresar al gélido espejo donde, entre brumas, continuaba la imagen de la pareja durmiente. Brillo rojizo en su mirada, entre el fuego y la sangre, una ceja en alto, desafiante, y un paso adelante para desaparecer, como quien se sumerge en un lago, tras la superficie del espejo, que ahora, en una habitación vacía, nos muestra a Aeryn y Shadow aún durmientes, y a una negra figura de ojos de fuego a su lado…

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Aeryn, renovadas sus energías y recargadas sus ganas de vivir y sus ansias de libertad tras las horas de merecido letargo, giró sobre sí misma descendiendo sus piernas fuera de la balsa de seguridad que había sido la cama, no sin emitir un suspiro ahogado cuando las plantas desnudas de sus maltrechos pies hicieron contacto con el frío de la roca del suelo de la estancia.

Sentada en el mismo borde, con los ojos aún entrecerrados y sintiendo no sólo el frío bajo sus pies, sino la invitadora corriente de aire que se colaba por la puerta entreabierta, respiro profundamente, recopilando toda la determinación de que era capaz, para lanzarse a la aventura de una huida de incierto resultado. Su rictus se endureció, sus manos se crisparon en puños, y sin abrir siquiera del todo los ojos, se alzó con decisión, pero en su primer intento de caminar trastabilló y a punto estuvo de precipitarse al suelo.

Sus ojos, ahora abiertos y de inquisidora mirada, turbados por el desastroso resultado del primer paso de su plan, buscaron raudos al enemigo que había osado perturbar su equilibrio, y sus pupilas se dilataron aún más al encontrarlo.

Unos zapatos, botines, que esperaban su encuentro al pie de la cama, negros, semiocultos en las sombras. Femeninos y elegantes a la par que funcionales para no volver a tropezar en las irregularidades del castillo infernal. Detallados con intrincados ornamentos de negro cuero engarzado en finísimas cadenas que destellaban seductoras a medida que Aeryn los evaluaba moviéndolos con el pie, curiosa.

A medida que era más consciente de su entorno, y, sobre todo, de los cambios obrados en él durante su sueño, fue elevando la vista, invocada por otros destellos, el brillo del otro objeto que, junto a los lujosos zapatos, había llegado a sus aposentos mientras ella se hallaba más allá del mundo real, vagando, perdida por el reparador reino de los sueños junto a su protector, Shadow.

Sobre una butaca que por su aspecto cualquiera podría asegurar que llevaba allí una y mil vidas, pero sobre la que no reposaba ni una atrevida mota de polvo que así lo delatara, yacía una cascada de irreal tejido negro azabache, ondeante, invitadora…

Vacilando pero sin poder resistirse a su atracción, Aeryn se aproximó al trono olvidado y, tímida a la par que decidida, tomó entre sus manos el lujoso atuendo que se presentó entre sus dedos como un vestido de opulenta y pecaminosa gala.

Terciopelo, seda, engarces de preciado azabache, obsidiana y pedrerías más allá de su conocimiento, ornamentos en su talle que a la pupila se sugerían plumas pero que al tacto carecían de suavidad y revestían gelidez metálica… Un atuendo de absoluta oscuridad, un vestido no de noche, sino encarnando la noche misma, con todos sus peligros, toda su seducción. Un diseño salido del corazón mismo de las tinieblas cuyo tacto y aspecto trajo a la memoria de la joven la vívida imagen de las alas de su captor, que tanto pavor como atracción provocaban en ella.

Tal evocación hizo que Aeryn cesara sus caricias sobre la tela y sus complementos, y la dejara caer de nuevo sobre la butaca, luchando contra su hechizo, haciendo acopio de las fuerzas que del rechazo nacen iracundas. El tiempo se detuvo e incluso la brisa que a través del pórtico se colaba pareció contener el aliento durante unos instantes eternos en que la joven se enfrentaba cara a cara a sus dudas, el debido rechazo frente a la lujuriosa tentación de vestir el lujo que nunca se atrevió ni a soñar. La mirada descendiendo, el brazo alzándose tembloroso y lento hacia la susurrante tela, cayendo de nuevo, una y otra vez.

Incapaz de retirarse o saltar al vacío, Aeryn enterró el rostro entre sus manos, respirando profundamente entre sus dedos en pos de una calma, decisión y fuerza para continuar adelante y pelear por el fin de su cautiverio.
Pasaron segundos, quizá minutos, y en su mente y sin saber por qué se asentó la certeza de lo inevitable a medida que una eléctrica y extraña sensación invadía cada centímetro de su cuerpo. Lenta, muy lentamente, descendieron las yemas de sus dedos en una consoladora caricia involuntaria, abandonando su rostro y rompiendo la seguridad de la forzada ceguera. Sus párpados se desplegaron buscando su propio reflejo en la fría objetividad del espejo, conociendo, sabiendo, lo que encontraría.

Una extraña que no era otra que ella misma le devolvía la mirada, entre arrogante y asustada, desde el otro lado del cristal. Oscura, hermosa y mortalmente viva, la joven, réplica diabólica de Aeryn, se observaba, una y otra vez, desde el intrincado y barroco peinado salpicado de perlas negras, plumas y finas cadenas, bajando por las cataratas de negro terciopelo de su vestido hasta el mortal filo de la punta de sus zapatos. Y de nuevo los ojos ascendían, admirando, temiendo, mientras, a este lado del espejo, sus manos se posaban sobre su vientre comprobando que no, no existía ilusión óptica. Consciente, o inconscientemente, el vestido era ahora una segunda piel también a este lado de la realidad, y parecía incluso respirar con ella, vivo.

Por fin los ojos de la joven oscura y los de Aeryn se atrevieron a encontrarse, realidad e imagen fueron una, conectaron en un instante de violento reconocimiento que provocó el más intenso de los vértigos en las mismas entrañas de la que fuera pacífica criatura del bosque y ahora se viera transformada en señora de la noche. Pero su gemela al otro lado del cristal, ajena al miedo, sonrió, ladeado en diabólica mueca el rictus de sus labios, y la claridad de sus ojos enmarcados en un maquillaje que viajaba del color ceniza al más inescrutable negro, se oscureció, y tornó fuego… ni siquiera eran ya sus ojos, ni su sonrisa, sino las de su ángel captor, invitando, arrastrando…

La integridad de su reflejo se tornó humo, pura negrura viva que borró los contornos de la réplica de sus aposentos en el espejo, y redibujó la estancia creando la imagen de un suntuoso comedor, perdiendo el espejo su ser, su esencia, para ser puerta, pasaje ineludible e imposible, pero real.

Aeryn, presa de un asombro próximo al trance, comenzó a caminar por la senda de humo que se precipitaba desde el marco que sostenía el cristal, hacia el interior de la puerta, del espejo. Ajena al peligro, ajena a lo sobrenatural de la situación, ajena al lamento de su compañero, Shadow, que, aún sobre la cama, retraía sus mandíbulas mostrando su plena desaprobación… Un paso, dos, un parpadeo en el instante justo del impacto en el que cruzar el umbral, y su cuerpo desapareció de la alcoba para ser de nuevo físico en aquel comedor de pesadilla.

Las pupilas inyectadas en sangre de Shadow, inmóvil mas en posición de ataque sobre la cama observando a la extraña en que parecía haberse transformado su compañera eterna, se dilataron al máximo. Sus gruñidos se maximizaron en el instante mismo en que Aeryn cruzó la superficie del espejo, devorada por las brumas negras que en el él se formaban y de él se vertían, ponzoñosas, sobre el suelo de la estancia, y sus instintos le impulsaron a flexionar las patas y, de un salto, abalanzarse en pos de la joven, cruzar con ella al incierto otro lado…

Pero no hubo sobrenatural viaje para el lobo, su cuerpo encontró la dura superficie que se quebró en mil afilados pedazos cuando, con el impulso de todo su peso, Shadow colisionó contra el espejo. La imagen de Aeryn en su atuendo de tinieblas avanzando por el gran salón se tornó caleidoscopio, fragmentada, precipitándose al suelo, sumergiéndose el cristal en la suave cabellera del fiel protector de la joven, ahora inconsciente, al pie de un espejo roto, silencioso y ciego, sobre un charco de su propia sangre…

martes, 30 de julio de 2013

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (VI)

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AERYN
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Voy a morir, lo sé igual que sé que estos recuerdos no me pertenecen, o que este ser que me ha abandonado en las oscuras entrañas de la tierra no es humano. Todavía no comprendo qué ha pasado, cómo he llegado a esta situación en la que todas mis opciones han desaparecido tras el forastero que me ha arrojado a este pozo. Sé lo que he visto pero no puedo creerlo. Siempre he pensado que un Ser superior espiaba nuestras vidas, controlando su creación desde la indiferencia de la distancia y el tiempo, pero esto… esto supera todo lo que alguna vez pude soñar. Sus alas eran blancas, de un blanco más puro que la nieve recién caída o que la espuma del mar contra las rocas. He visto sus plumas desprenderse en la caída, quebrarse en ángulos imposibles sus extremidades y arder, por fin, con el fuego de mil rayos golpeando los níveos apéndices. He visto, mientras él me sostenía en sus brazos, la agonía de un ángel que sabe que ha perdido la gracia de su Creador; sus ojos murieron bajo las aguas, su alma se perdió en algún momento entre el cielo y la sal, porque lo que ascendió desde las profundidades del océano era este ser que ahora encierra toda la oscuridad del mundo en su mirada. Desconozco el motivo de su perdición, pero las sombras le envuelven y le poseen desde el interior mismo de su cuerpo, no de su alma, pues no queda alma en ese cascarón de furia, de violencia y destrucción.

Sus pasos se alejan ahora y me dejo caer vencida, rendida por fin a la certeza de que mis últimos momentos en esta vida se desarrollarán entre estas paredes de piedra que rezuman frío y muerte. Los sollozos sacuden mi cuerpo y los temblores son tales que no sé si es frío o es la Parca anunciando su presencia con la gelidez de las sombras... me encojo sobre mí misma y mis brazos aprietan mi vientre, atacado por mil latigazos, por mil cuchilladas que me hacen gritar de dolor, un dolor como nunca he sentido. Voy a morir... voy a morir sola, olvidada, llorada únicamente por mi fiel Shadow, cuyos aullidos se hacen más y más audibles, como si corriese en mi busca. Mi grito resuena en los oscuros y vacíos corredores, desatando ecos burlones que repiten el nombre del monstruo una y otra vez llamándole a mi presencia, y no sé bien si para maldecirle o para suplicarle una clemencia que sé que no posee. Mi columna se comba en ángulos imposibles; parece que cada hueso de mi cuerpo se rompiese en miles de fragmentos astillando músculos y piel. Miro mis manos y observo, impotente, la sangre que corre por mis palmas formando charcos sobre las losas de piedra. Recuerdo el cuerpo de Moira y me pregunto si sería este su destino y su fin, si compartiré con ella la muerte sangrienta y solitaria que Taranis nos impone. El dolor se hace, al fin, tan intenso, que presiento la bendición de la inconsciencia, del desmayo y la ausencia misericordiosas. Pero no hay paz en el sueño para mí… En un limbo de calma indolora contemplo, como en un teatro de títeres, el baile silencioso de figuras increíbles, de seres alados de imposible hermosura apostados en silencio, armados como un ejército, en vastos campos de batalla aguardando las órdenes de su líder, Taranis.

El escenario cambia y las luchas mudan en escenas confusas, vacías de palabras pero plenas de sentimientos encontrados… pasión, miedo, dolor, furia… y en medio de todo, en medio de todos, Taranis una vez más.

Sé que es él, pero no es él por completo. No como ahora, al menos… sus ojos, del color de la plata líquida, son limpios y puros, remansos de paz que se posan, bondadosos, en los que acuden a su presencia. Y ahora negros una vez más… en mi confusión se mezclan las dos imágenes, las dos caras del mismo ser que es mi carcelero y quizás mi verdugo. Me siento emerger lentamente a la vigilia y sé que el dolor llegará de nuevo como un latigazo, condenándome a languidecer aquí abajo, sola y a oscuras, sin respuestas ni testigos de mi final. Mis brazos arden como si los fuegos del infiernos me consumiesen desde el mismo interior de mi huesos… sé que es donde él me tocó, donde sus manos grandes y ásperas se posaron en mi piel, quemando con su roce cada centímetro expuesto a su contacto. No tengo esperanzas, no tengo fuerzas y en mi mente se asienta la absurda idea de que es él, de que es su presencia la que me ha provocado esta agonía. De repente, y de forma inesperada, el sonido de unas garras sobre la piedra me hace contener la respiración. Puedo sentir el eco del trote ligero de Shadow… sé que es él. Lo noto en mi corazón y la esperanza renace acercándose con su carrera en mi busca. Su simple presencia al otro lado de la puerta parece bastar para insuflarme ánimos y darme algo de la fuerza que me falta. Sus quejidos resuenan en los corredores de piedra y por unos instantes temo que atraigan la atención del monstruo, pero mi fiel amigo es sabio y confío en su instinto… Le oigo posar sus patas sobre la puerta y mover con sus fuertes quijadas la traba que me mantiene prisionera. Se lanza sobre mí, lamiendo mis heridas, acariciando con su hocico frío y húmedo los rasguños de mi piel y el calor de la suya alivia mi frío y mi miedo. Ya no sangro… ya no hay dolor y mis fuerzas regresan poco a poco, como una pequeña llama que se alimenta despacio hasta convertirse en una hoguera. Permanezco abrazada a mi lobo pensando en escapar, en enfrentarme a él, en huir lejos de este pueblo y este lugar maldito, en buscarle en su guarida, en la cueva que le acoge y exigir respuestas. Temo por Shadow, porque sé que no podrá hacerle frente y salir victorioso, pero sé que, huya a donde huya, nunca podré detenerme. No podré hacer amigos, no podré explicar por qué no envejezco, por qué nunca enfermo o por qué los animales me buscan y rodean como a una de ellos. Estoy cansada de esconderme, de pensar en mí misma como una abominación, como un monstruo con apariencia de chiquilla frágil… soy demasiado vieja, estoy demasiado cansada para seguir escapando de todos y de mí misma. Necesito saber…

Me alzo despacio, apoyándome en el lomo de mi fiel compañero, y podría jurar que es más grande de lo que nunca ha sido, como si hubiese crecido de la noche a la mañana para ser, una vez más, mi refugio y mi sostén. Salgo de la celda y, a la escasa luz que se filtra por la abertura del pozo, puedo vislumbrar un laberinto de cuevas, pasillos de piedra oscura y húmeda que se abren en abanico a mil destinos ignotos y temibles. Descalza, aterida y con mi ropa hecha jirones, dejo que mis pasos me guíen, siguiendo mi instinto. Sé dónde encontrarle; puedo sentirle, presentir su aura, de alguna manera inexplicable. Si quisiera matarme podría haberlo hecho en lugar de encerrarme. Sé que su nombre en mis labios ha abierto una puerta que ninguno de los dos quiere ver cerrada. Necesito saber por qué aparece en mis sueños, por qué su dolor rasga mis entrañas y sus recuerdos se agolpan en mi mente hablándome de cielos que no he conocido, de seres cuya existencia jamás soñé. Y necesito saber si, en algún lugar profundo y oscuro de su pecho, queda algún resquicio de aquel ser de ojos de plata, de aquel militar feroz, de aquel ángel bondadoso cuya mirada se posaba en miles de almas con el amor de un padre.

Camino lentamente, pisando charcos e hiriéndome las plantas mientras me abro paso a través de los túneles. Una mano apoyada en la pared para no perderme en la oscuridad y la otra apoyada en Shadow, que camina, renuente, a mi lado. Sé que estoy cerca… una energía extraña crepita en el aire viciado del corredor, y puedo ver frente a mí la tenue luz parpadeante de una vela. No se sorprende al verme; supongo que me esperaba y, en realidad, no represento para él la más mínima amenaza. Un sillón destartalado, una mesa decrépita con una simple vela sobre ella, una chimenea apagada, libros, cientos, miles de libros desperdigados por toda la estancia y, en el centro, impávido, feroz, inmenso y oscuro como una tormenta, el ángel de la muerte con sus alas extendidas, contemplándome en silencio como si yo fuese un enigma al que no encuentra solución.

- Por qué sueño contigo y qué quieres de mí? Quién eres, Taranis? O quién fuiste una vez?


TARANIS
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Varias han sido las lunas que han bañado con sus lágrimas de plata, filtradas por las grietas de esta caverna infinita, noches eternas desde que ella yace en cautiverio en mi morada. Incontables los pasos que a la deriva han dado mis pies desnudos frente a la puerta que me esconde de su presencia. Escuchando su silencio, su dolor, su sufrimiento, su descenso en una espiral de delirio alejándose más y más de la cordura, más y más de la vida, cayendo en una intermitente inconsciencia cada vez más próxima al sueño eterno de la fría muerte.

Grande ha sido la tentación de observar su envilecida belleza a través del mínimo orificio que comunica el interior de la mazmorra con el corredor oscuro, una abertura de acero barrada, ventana a la decrepitud de aquellos que privados de la libertad, abrazan la desesperanza y la muerte. Sólo sabiéndola más allá de la frontera del sueño más profundo me he permitido reposar mi depredadora mirada sobre sus facciones. E incluso ese simple gesto en la distancia parecía agravar su dolor, hacer de su viaje onírico pesadillas, de su gesto abandonado mueca y máscara de trágica pantomima…

Mi mera presencia, mi misma cercanía, ángel de la destrucción, parece atraer a la muerte misma a su lado. Traslúcida presencia que, con guadaña invisible, orada su piel, hace de sus heridas inagotable fuente de sangre escarlata que he visto, noche tras noche, brotar incluso de la comisura de unos labios y párpados ya pálidos y cenicientos, gotas de vida que, desafiando toda lógica y gravedad, reptan por el gélido suelo empedrado, hacia mí, delatoras de mi presencia…

La razón de mi acercamiento, de no optar simplemente por dejarla morir en soledad y oscuridad entre unos muros esculpidos para el olvido, donde nadie podría escuchar sus gritos, reside en una curiosidad que quiebra mi centenario hastío… Desde que su voz dio forma al nombre que adopté como ser terrenal, no han dejado de brotar de ellos, a cada ocasión en que el trance de la inconsciencia tomaba posesión de su ser, misterios, secretos de imposible conocimiento para una criatura como la frágil cautiva. Reconozco en sus palabras entrecortadas, meramente balbuceadas, imágenes, rostros, recuerdos… Dibujan sus frases inconexas mi ayer, a aquel que fui antes de ser condenado, exiliado, proscrito. Atesora su mente por una razón que escapa a mi imaginación nítidos recuerdos, los mismos que para yo mismo recuperar, hube de luchar siglos, matar a los designados por la deidad firmante de mi sentencia… y no lo comprendo, no lo entiendo…

¿Una cruel broma del destino?¿Un epígrafe más, una clausula hasta ahora oculta que trae la tortura del recuerdo de lo perdido al interior mismo de mi morada, a mis oídos, a mi atormentada y quebrada mente y perdida esperanza? ¿O acaso un milagro?...

Sonrío, envenenado de sarcasmo… ¿Un milagro? Sé de primera mano en qué consisten, cómo y para qué nacen, y total seguridad tengo que no me será destinado en modo alguno, sólo condena, eterna condena. Demasiadas veces, demasiados siglos, demasiadas noches eternas oré, traté de preservar la gema de la esperanza, la fe en un quizás… que demasiado dolor, demasiada sangre, muerte, vacío y soledad, mató hace mucho tiempo ya.

Pero no, no seré yo quien en este macabro juego ponga fin a su sufrimiento, no serán mis manos ensangrentadas quienes bailarán sobre su piel arrancando la esencia de su vida y el alma de su frágil carcasa. No, habiendo sido testigo de los misterios emponzoñados que parece ocultar, no, mi dolor no será embalsamado con el tóxico elixir de su existencia robada.

Tomada una decisión y caminando ya hacia lo más profundo de mi retiro de roca, dejo que una susurrada orden mental permita que la olvidada puerta que comunica los corredores con el exterior se abra a las voces de la oscuridad, a las fieras que son eco de los gemidos de la dama herida desde su encierro, que aúllan sobre las rocas y gritan su desgracia, sus acompañantes, mis hijos, los hijos de la noche eterna, los lobos. Ellos tomarán su carne, su angre, ellos tomarán su vida, alejarán de mí su perturbadora presencia y me devolverán la paz del olvido, de la absoluta nada.

Aposentado en el rincón más oscuro del habitáculo más recóndito y oculto en el corazón de la tierra, rodeado de los susurros de incontables volúmenes que he ido adoptando en mi impía biblioteca me deleito en la contemplación del seductor baile de la llama de una vela, única compañera y testigo del cierre de un extraño capítulo más de mi existencia. En silencio, escuchamos.

Sé que el perímetro de mi fortaleza ha sido violado, escucho ágiles patas correr sobre las rocas, distingo ceder la madera de la puerta de la mazmorra frente al ansia depredadora. ¿Serán mis lobos, sangrientos compañeros de caza, o acaso su eterno lupino compañero de ojos sabios, que en su infinita lealtad trae el honor de acabar con su sufrimiento en un último acto de piedad?.Ni siquiera importa, sólo quiero que regrese el silencio…

Pero nunca llega… y por alguna extraña razón, tampoco en su ausencia está mi sorpresa. No tardan en escucharse unos pasos vacilantes, y no ya el ágil y elegante paso del lobo, sino el trastabillar de un inseguro caminar propio sólo de unos pies humanos, inexplicable y nuevamente vivos. Se despliegan mis alas, oscureciendo aún más la estancia, y en mi rostro una sonrisa entre la ironía y el desdén en el instante mismo en que su figura, acompañada una vez más por su guardián y ahora sostén de su precario equilibrio, se dibuja en el umbral.

Alza su rostro. Alza su voz. Me desafía.


TARANIS & AERYN
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El rostro del ángel giró lentamente hacia su inesperada visita. Su expresión gélida, inhumana, máscara de cera impasible sólo rota por una ladeada, leve e inerte sonrisa.
Detenida su andadura al hallarse frente a la presencia de Taranis, Aeryn, a cada instante escoltada y aferrada al lobo, apostado en defensiva posición, imprecaba a su captor. Firme. Desafiante. Valiente.

Sin emitir sonido alguno, más que el suave crepitar del oscuro plumaje de sus inmensas alas, el ángel se levantó de la desvencijada butaca y se alzó en toda su magnificencia, pareciendo, a cada gesto, menos humano, más oscuro, letal, esencia de noche y peligro. Sin alterar de forma alguna su expresión avanzó hacia la dama de alzado mentón y advertencia en la mirada. Sus pies desnudos sin tocar el suelo, a un palmo sobre él, elevado y mantenido por el ondear de sus aladas extremidades, suave oleaje que le alzaban más aún sobre ella, amenazante, terrible.
Poco más de un metro separaba sus rostros, analizándose, estudiándose, en silencio, absoluto silencio, en la nueva prisión forjada por las magnificentes alas negras rodeándolos, encerrándolos en un círculo de tinieblas.
Shadow, acoplado su lomo al muslo de su protegida alzaba en gesto imposible su poderosa cabeza hacia la presencia suspendida del ángel, retraía sus fauces regalando la visión de sus poderosas mandíbulas, destello de luz en las tinieblas de un pozo sin fondo donde sólo los rostros del lobo, el ángel y la dama parecían existir flotando en la nada.

En la violenta quietud del momento Aeryn repitió sus palabras, segura, calmada, hablando al ser de mármol ante ella, a su propio reflejo en unos ojos negros, donde un océano de líquidas y absolutas sombras prometían el olvido…eterno.
Los segundos que siguieron a su pregunta reformulada se plagaron de tenso silencio mientras los labios de Taranis fueron despegándose, como una maquinaria largo tiempo olvidada y en desuso, para dar forma a las palabras que serían su respuesta. Incluso el quedo gruñir de Shadow se detuvo presto a escuchar la voz olvidada del condenado.

- ¿Tú osas inquirir sobre mí? ¿Tú que eres repudiada, exiliada por jugar con fuerzas más allá de lo natural? ¿Tú que te has atrevido a pronunciar mi nombre cuando todos ya lo han olvidado? ¿Tú que en la condena de muerte de mi presencia vives? ¿Tú que dominas las bestias y bebes de su fuerza? ¿Tú que en la inconsciencia relatas una vida no vivida, mi propia vida?– el sonido de las palabras, pronunciadas pausadamente, resonaron en cada rincón de las cavernas, potentes, poderosas, atronadoras… mas sus labios y su rostro apenas parecían moverse haciendo incluso dudar a Aeryn sobre si realmente eran sus oídos o lo más profundo de su mente quien las percibía – No eres digna de efectuar la pregunta, dama de los bosques, sino guardiana de las respuestas, tú que has invadido mi castillo y la fortaleza de mis recuerdos… ¿Quién eres? ¿Qué eres?

La mandíbula de Taranis lentamente regresó a su hermetismo, sus labios se sellaron de nuevo, y regresó el manto de absoluto silencio. Sólo sus ojos, agitados ahora y el suave zumbar de un plumaje inquieto, susurraban la amenaza, exigían la respuesta.

En aquel cuarto de piedra, a la débil luz de una vela mortecina, un escalofrío de terror sacudió todo el cuerpo de Aeryn, mientras una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna, de las mismas paredes, del suelo de tierra, del techo excavado en la roca, salía de la boca de aquel ser oscuro. Escucharla enviaba vibraciones a su pecho, como si cada molécula de su cuerpo fuese una caja de resonancia para las gélidas y cortantes palabras. La voz, ronca y profunda como si saliese del mismo infierno, parecía rasgar el aire más que llenarlo e invadir los oídos de la joven como una presencia viva que paralizaba sus miembros y apresaba su garganta impidiéndole moverse o incluso responder a sus preguntas.

- Soy la maldita, tú lo has dicho. Y esa es la única respuesta que poseo.

Apretó sus manos en dos puños, clavándose las uñas en las palmas; en este ser no había misericordia y, si alguna vez poseyó ese conocimiento, había olvidado hacía eones qué significaba el sentir algo… pero Aeryn recordaba vívidamente la sensación de amar y ser amada, de importarle a alguien y compartir todo como dos hermanas.

- No tengo las respuestas que afirmas que guardo, Demonio. Ni siquiera puedo comprender qué son o qué significan estas imágenes que invaden mi mente, pero sí sé que tú sales en todas ellas, que te pertenecen y, de algún modo, las has volcado en mis recuerdos.

Su cuerpo menudo parecía empequeñecerse aún más en presencia del alado. De haberle conocido en otras circunstancias, si él fuese un humano más, ella le habría clasificado en la casta de los guerreros. De enorme estatura y de musculatura marcada, cada centímetro de su piel dorada le recordaba a una coraza antigua, llena de cicatrices y remendada mil veces, pero resistente como el tiempo. Las alas, negras como las de los cuervos que sobrevolaban el castillo, ondeaban suavemente manteniéndole suspendido a unos centímetros del suelo, lo que hacía que su diferencia de estatura fuese aún más evidente; estaba cerca… demasiado cerca, y ella sintió que no podía respirar. Intentó retroceder un paso, pero algo se lo impedía, y supo que era demasiado tarde para arrepentirse de su osadía. Había acudido allí en busca de respuestas, y parecía que no las habría, al menos no todas las que necesitaba. Pero había algo que sí podía saber, algo que necesitaba saber para calmar su espíritu atormentado.

- Eres el ángel de la Muerte, no es así?

El silencio se prolongó en la estancia como si su voz no hubiese sonado en voz alta.

- Dime que no sufrió… dime que terminaste con su agonía y que no murió sola, asustada y padeciendo un dolor innecesario.

De todos los sucesos de su vida, de todo lo que había experimentado, ese era su único remordimiento… pensar que Moira, la única persona que la había amado y a la que ella había querido como a una hermana, había dejado este mundo pensando que Aeryn le había fallado. No lloró, no suplicó. Su mano apretó su agarre sobre el lomo de Shadow, que gruñía ominosamente cada vez que las alas se acercaban demasiado. El ángel podía notar el temor en su voz, el temblor en cada fibra de su cuerpo, pero mantuvo sus ojos fijos en los pozos oscuros que la miraban a su vez sin asomo alguno de compasión hasta que sintió que esa mirada quemaba como una llama. Sus pupilas se clavaron en el suelo, dócil ahora, cansada, sin ganas de seguir luchando al comprender que ni siquiera ese ser sobrenatural le ofrecía la verdad de sus orígenes.

- Sé que tenía que morir… todos hemos de hacerlo algún día, aunque la Parca me eluda maldiciéndome a vivir una juventud perpetua. No sé si es tu misión llevarte las almas o si eres el verdugo del final del camino, Taranis, y no me importa lo que hagas conmigo. Sólo te pido que me asegures que su muerte fue misericordiosa y que me concedas la misma gracia- su rostro se alzó de nuevo hacia el de su captor- haz tu trabajo, reaper, termina lo que empezaste con Moira y llévame con ella.

- La muerte sólo es muerte –resonó de nuevo la angelical voz en lo más profundo sin inmutar su expresión- y la paz o condena no se encuentran atadas a ella, sino a la vida que queda atrás, nada tiene que ver el verdugo

De nuevo el silencio, la inmutabilidad en el rostro de mármol del inmortal alzado en calmo vuelo. Pero la atenta y valiente mirada de Aeryn supo captar la diferencia, pudo observar transmutarse su propio reflejo en las negras pupilas del condenado. En ellas vio envejecer su rostro, palidecer su cabello, cambiar sus facciones hasta no ser ya la eterna joven, sino la anciana por quien su inquietud palpitaba, Moira.
Aquellos espejos de muerte negra, los ojos del ángel, le mostraron los últimos instantes de vida de su bien amada amiga, su asesinato silencioso, su abandono del plano de existencia sin perder la paz en su sabia mirada ni aún cuando lágrimas de sangre teñían su rostro bajo el toque de la parca alada. Sin dolor, sin violencia, sólo silencio, el silencio de la vida abandonando la cáscara de un ser marchito para habitar en el inmortal templo angélico del cuerpo de su captor.

La imagen se disipó de igual forma, difuminando los rasgos de Moira hasta trazar de nuevo el rostro de una Aeryn descompuesta por la emoción.

- Ya tienes tus respuestas –bramó, solemne, el ángel- y ahora tendré yo las mías. Dices no saber el por qué de tus visiones, de mi presencia en ellas… No envejeces, no sucumbes al tormento de la enfermedad mientras tu lupino acompañante esté a tu lado. Ostentas demasiados misterios para que te permita vivir, desconoces pero atesoras demasiados conocimientos como para regalarte la muerte…

Tras unos instantes de silencio y reflexión, el ángel, elevado su rostro pétreo sobre el de la joven, expuso su solución, su condena, al tiempo que alzando su férreo brazo, señalaba, invitador, el pasillo ante ellos…

- Viviréis lo que os reste de existencia y hasta que la muerte os reclame entre estos muros. Tú, dama del bosque, y tu fiel amigo… Las puertas de mi castillo están para siempre cerradas para vosotros. Os guiaré a vuestros nuevos aposentos.

La luz a espaldas del ángel se hizo más y más tenue, a medida que invisibles antorchas, allá en el corredor al que Taranis les dirigía, iban alumbrando el camino a su nueva vida, su nueva mazmorra. Caminaban, despacio, orientados por el sobrenatural y fatuo fuego que nacía ante ellos revelando nuevos y húmedos rincones del castillo y perdiendo en la oscuridad del olvido aquello que dejaban a sus espaldas. Y sobre ellos, sin aún depositar sus pies desnudos sobre el suelo, Taranis, el ángel de la noche.

Apenas un parpadeo, un susurro, y a voluntad de la parca alada un gran portón macizo surgido de las rotas tinieblas frente a sus ojos bostezó abriéndose, revelando la entrada a una estancia que nada tenía que ver con la que hasta ahora había mantenido cautiva a Aeryn.

La figura alada sobre ellos extendió de nuevo su poderoso brazo instándolos a traspasar el umbral a medida que, sin apenas parecer moverse, iba desapareciendo en las sombras del corredor, devorado por ellas, fundido en ellas, sombra misma. Y su voz, por última vez, selló la despedida, la condena


- Bienvenidos al olvido, al fin de la existencia, al corazón de las tinieblas donde la vida sólo será muerte hasta que todos los misterios sean esclarecidos. Os espero en el gran comedor para la cena…