viernes, 11 de marzo de 2011

La Casa Roja

-Entonces, veamos… ¿Qué casas le quedan libres para el próximo fin de semana?- volvió a preguntar Pablo.
Al otro lado del teléfono, el agente de viajes, recitó de nuevo con parsimonia:
-Tienen disponibles únicamente tres viviendas. Una situada en Sierra Espuña, con capacidad para cuatro personas, otra en Lanjarón, muy bonita y con unas vistas preciosas y que puede albergar a cinco personas y por último la Casa Roj… quiero decir, la casa de Ulea- terminó con un suspiro.
-Pero ya le he dicho antes que somos seis personas. Necesitamos una casa más grande- dijo Pablo.
-Bien, quizá para la semana que viene…-comenzó el agente.
-¿Y la casa de Ulea? ¿Qué capacidad tiene?
-En realidad es una casa bastante grande, con tres dormitorios dobles. Pero no se suele recomendar mucho. Tiene humedad, está muy aislada…- cosa extraña, el agente no parecía muy convencido.
-¡Es genial! ¡Precisamente lo que andamos buscando! Lo de la humedad no tiene importancia, de verdad. Al fin y al cabo lo que buscamos es pasar un fin de semana en el campo, no en un hotel de cinco estrellas- dijo Pablo con entusiasmo- ¿Y el precio?-preguntó.
-Bien, dadas las circunstancias, esto… ¿le parece bien si lo dejamos en cien euros por todo el fin de semana?
-Me parece un precio muy razonable- Pablo trataba de contener su emoción. Lo normal es que el alquiler de una casa rural durante un fin de semana, no bajara de los doscientos euros para seis personas.
-Entonces todo arreglado. Les reservo la casa para este fin de semana. ¿A qué nombre anoto la reserva?- preguntó el agente de viajes.
-Carrillo Espinosa. Me llamo Pablo Carrillo Espinosa. Muchas gracias por su atención. Mándeme cuando pueda las señas de la casa, y el modo de llegar, ¿De acuerdo?
-Correcto, señor Carrillo. Hasta luego y gracias- cortó el agente.

Marisa, la mujer de Pablo, que había asistido a toda la conversación, preguntó: -¿Entonces, hemos tenido suerte? ¿Has conseguido reservar una casa para este fin de semana, cariño?
-¿Qué esperabas? Por supuesto que sí. En Ulea. Tres habitaciones dobles, durante todo este fin de semana y adivina. ¡Sólo por cien euros!.- exclamó Pablo.
-Me parece demasiado barato, Pablo. ¿No tendrá algún defecto la casa?- comentó Marisa, algo sorprendida.
-¿Qué defecto va a tener, chiquilla? Algo de humedad, me pareció que dijo el tipo de la agencia. ¿Qué más da?- contestó Pablo.
-No sé Pablo. Siempre he desconfiado de las gangas…
--

Viernes por la tarde.
El último día de trabajo de la semana había sido especialmente estresante para Pablo. Parecía como si su jefe se hubiera levantado con dolor de muelas o hubiera descubierto de pronto que su mujer le era infiel. El caso es que no había parado de incordiar durante toda la mañana. Pero no importaba. Le esperaba un fin de semana de relax y tranquilidad en compañía de sus mejores amigos.

En ese momento, viajaban rumbo a Ulea por la A-3. Detrás de su todoterreno, circulaban otros dos turismos: el flamante Mercedes de Fran y Bea, vecinos desde hacía varios años y que recientemente se habían hecho cargo de una inmobiliaria; y finalmente, en un viejo Rover, Juan Carlos y su mujer Sara, compañeros de trabajo de Pablo desde el principio, en la asesoría.
Los seis jóvenes rondaban aproximadamente la misma edad y siempre habían congeniado bien. De vez en cuando, solían distraerse de la rutina diaria planeando escapadas a la playa o a casas rurales, como en esta ocasión.
-Espero que no nos llevemos un chasco- decía Marisa- no me gustaría quedar mal con esta gente.
-No tienes que preocuparte tanto, nena. Al fin y al cabo, sólo se trata de un fin de semana. ¿Qué puede salir mal?

Tras dos horas de viaje, llegaron sin contratiempos al pequeño pueblo de Ulea. Es una pequeña aldea enclavada en el precioso Valle de Ricote y muy próxima a la Sierra del mismo nombre. Además, se encuentra a unos escasos 60 kilómetros del Mar Mediterráneo, en la provincia de Murcia. Posee un estupendo entorno natural, en el que no faltan bosques, montañas, ni riachuelos. En la entrada del pueblo, junto a una gasolinera, les esperaba el dueño, tal y como habían acordado.
-Buenas tardes-les dijo, nada más bajar del coche- me llamo Pedro. ¿Han tenido buen viaje? Espero que no hayan sufrido ningún tropiezo. Ya verán, lo van a pasar muy bien.- Antes de que cualquiera de ellos pudiera contestar, siguió hablando rápidamente- La casa está en perfectas condiciones, e incluso tiene calefacción. Además, disfruta de unas vistas preciosas. Aquí tienen las llaves. En el llavero encontrarán anotado el número de teléfono, por si necesitaran algo…
-Bueno, en primer lugar, necesitamos saber dónde se encuentra localizada la casa- inquirió Pablo.
-¿La casa? Esperaba que mi agente ya les hubiera informado… verá, en realidad, es muy fácil llegar. Se encuentra allí arriba, en la Sierra. Sólo tienen que seguir el sendero de acceso a la montaña y prácticamente les deja en la misma puerta- contestó Pedro.
-Nosotros esperábamos que nos acompañara. Suele ser lo habitual- manifestó Juan Carlos, algo nervioso.
-Sí, pero verá, es que precisamente hoy estoy muy ocupado. Me es imposible acompañarles. Espero que lo entiendan. Ya saben, el cuidado de los animales me quita mucho tiempo…- se excusó el aldeano.
-Ya veo- dijo Pablo- en fin, creo que nos las arreglaremos.
-Pero Pablo… - comenzó Marisa.
-Es igual, Marisa, de verdad, seguramente no habrá ningún problema- intervino Fran, su vecino- al fin y al cabo, siempre podemos volver o llamar por teléfono, si no la localizamos.
-No se preocupen. La verán enseguida, se lo aseguro. Es muy fácil de distinguir. Está completamente pintada de rojo- repuso Pedro.

Unos minutos después, el todoterreno de Pablo escalaba fácilmente por el camino que bordeaba la montaña. Habían optado por dejar los otros dos vehículos en el pueblo y hacer el último tramo en el 4x4, ya que sospechaban que el acceso a la casa no iba a estar en muy buenas condiciones.
-¿Vais bien ahí atrás? Preguntó Pablo a sus amigos.
-Estupendamente. Pero procura llegar pronto a la casa, que tengo la espalda molida. Creo que mi señora ha cogido algo de peso…-dijo Juan Carlos en tono de broma- Sara hizo ademán de golpearle.
-No os preocupéis. Creo que ya la veo.

Efectivamente, en lo alto de un cerro, y flanqueada por dos grandes sauces, se veía una casona grande, de piedra. El tejado, en forma de V invertida, recordaba los caserones típicos de la campiña francesa. Poseía además cuatro grandes ventanas, que posiblemente correspondían a los dormitorios, y un amplio porche. En el lateral se había construido recientemente, una bonita barbacoa de ladrillo. Pero lo que más les llamó la atención fue que la fachada había sido pintada de un color rojo muy vivo, que le daba un toque muy llamativo.

-Vaya, parece que no tiene mala pinta ¿Eh?- comentó Pablo, mirando a Marisa.
-Ya veremos- contestó ella.
-¡Guau, chicos! ¡Esto es genial! ¿Habéis visto que paisajes se ven desde aquí arriba?-comentó entusiasmado Fran- creo que va a ser un fin de semana inolvidable, ¿Verdad Bea?
Ésta se limitó a asentir. No parecía escucharlo. Mantenía los ojos clavados en la Casa Roja. Su marido, impaciente, la cogió del brazo para llamar su atención, pero al mirarla se dio cuenta de que su mujer estaba asustada.
-¿Qué ocurre, cariño? ¿Me oyes? –repitió al no obtener respuesta. Parecía ensimismada, observando una de las ventanas. Entonces dirigió su mirada hacia allí, con el propósito de averiguar qué había llamado tanto la atención de Bea.
No había nada.
De repente, su mujer dijo:
-Hay gente aquí. La casa está ocupada.
-¿Qué dices? – preguntó Juan Carlos preocupado.
De repente, su mujer sacudió la cabeza. Parecía haber despertado de una especie de ensoñación.
-¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así todos?
-Acabas de decir que había alguien en la casa- intervino Pablo.
-¿De verdad?- dijo Bea, algo asustada- no recuerdo nada.
-Acabas de decir exactamente: “hay gente aquí. La casa está ocupada”. Te he hemos oído todos- dijo Juan Carlos.
Pero su mujer se limitó a mirarlo extrañada. La situación se estaba volviendo algo embarazosa para todos, por lo que Marisa atajó rápidamente:
-Bueno, entremos de una vez. Creo que estamos algo cansados del viaje-.
Todos aceptaron agradecidos su oportuna proposición. Sin embargo, el ánimo parecía haber decaído.

Realmente, la casa estaba mejor equipada de lo que esperaban. Había luz eléctrica, chimenea y calefacción. Además existía un pequeño aparato de televisión, más un dvd.
-¿Qué os parece si exploramos un poco antes de distribuir las habitaciones?- propuso Bea entonces.

A todos les pareció bien. La casa estaba dotada de dos plantas. En la planta baja existía un amplio comedor con una mesa enorme de haya en el centro. En un extremo de la habitación estaba la chimenea, grande y redonda y junto a ella una pequeña leñera. En cualquier caso, no creían que hubiera ningún problema de escasez de leña, ya que fuera de la casa habían encontrado antes un gran depósito lleno de troncos de madera, destinados sin duda a este fin. En el otro extremo de la sala, estaba instalado el televisor, y junto a él había un bonito mueble-bar. Además, el comedor se comunicaba a través de una puerta corredera (de reciente instalación al parecer) con la cocina. Ésta estaba equipada con todos los electrodomésticos modernos: había lavavajillas, vitrocerámica , horno eléctrico y hasta un práctico microondas.

-No entiendo como pueden habernos dejado la casa a un precio tan bajo- comentó Marisa- por lo que llevamos visto, es la mejor con diferencia de todas en las que hemos estado hasta el momento.
-Hija, que tiquis miquis eres- dijo Sara- a lo mejor la han abierto hace poco y están de promoción.

En la misma cocina existían unas escaleras algo estrechas, que comunicaban con la planta de arriba, en la que se encontraban los dormitorios. Había, como el agente les había asegurado, tres habitaciones dobles. Las tres parecían exactamente iguales. Como la casa estaba situada en una colina que coronaba la Sierra, todas tenían unas vistas inmejorables, por lo que no hubo ningún problema a la hora del reparto.
Un rato después, los seis amigos, después de haber deshecho el equipaje y tomado una agradable ducha (los calentadores de agua funcionaban también a la perfección), se encontraban reunidos en el salón comedor, terminando una sabrosa cena a base de carne a la brasa, preparada en la misma chimenea.
-Bueno, amigo Pablo, tengo que reconocer que esta vez has acertado de pleno. Por mi parte dejaría encantado que te encargaras siempre de organizar nuestras excursiones- dijo Juan Carlos, que había terminado la cena y se disponía a servirse una copa.
-Soy de la misma opinión- declaró Fran- aunque espero que el viaje a la playa me dejéis organizarlo a mí. Sabéis que me encanta.
-Yo creo que también hemos tenido algo de suerte- comentó Marisa.
-No sé hija. Me imagino que vuestro trabajo os habrá costado. Una casa así no se encuentra de buenas a primeras- intervino Sara.
-¿Os importa si me acuesto? Tengo tanto sueño que me dormiría de pie- declaró Bea, la mujer de Fran.
-Creo que todos estamos cansados-dijo Sara- hemos tenido un día un poco fuerte. El trabajo, el viaje…
-Cierto. Durmamos bien esta noche. Mañana será otro día- comentó Pablo.


--Pablo--
A pesar del estupendo día que terminaba, la noche parecía amenazar tormenta. Pablo y Marisa se acostaron agotados, no sin antes observar por la ventana como el viento movía las ramas de los sauces, que parecían bailar al son de una extraña música, orquestada por ensordecedores truenos. En el cielo, sin estrellas, de vez en cuando, una mano invisible dibujaba zigzagueantes haces de luz, que iluminaban temporalmente la campiña. Bien por agotamiento o bien porque el cambio meteorológico había alterado su estado de ánimo, el matrimonio se acostó en la única cama prácticamente en silencio, sin apenas dedicarse unas palabras de buenas noches. Al poco rato, ambos dormían profundamente.
Pablo despertó después de lo que a él le pareció una eternidad. Miró el reloj, pero comprobó extrañado que no funcionaba, probablemente porque se había agotado la pila.Tratando de hacer el menor ruido posible, se acercó a la ventana. Fuera parecía haberse desatado un vendaval. La lluvia caía a cántaros sobre ellos, como si de repente se hubieran abierto las compuertas de un enorme dique.
-¡Qué noche más desapacible!- dijo Pablo para sí- creo que necesito ir al baño.
Se calzó sus zapatillas, y abrió con sumo cuidado la puerta del dormitorio, tratando de evitar que Marisa despertara.
Una vez en el pasillo se dirigió despacio al baño que, creía recordar, se encontraba en el otro extremo. Sin embargo, cuando llegó al final del mismo, en lugar de hallar la puerta del aseo, sólo encontró una pared. Se detuvo un momento extrañado, y llegó a la conclusión de que posiblemente había cometido un error de apreciación y que posiblemente se hallara abajo. Comenzó entonces a buscar la escalera que le condujera a la cocina. Después de recorrer el pasillo dos veces en la oscuridad, dio por fin con ella, aunque a él le dio la impresión de que había cambiado de lugar durante la noche.
-Pablo despierta del todo o terminarás en el dormitorio de Fran y Bea- se dijo a sí mismo.
Una vez abajo miró en derredor asombrado. En lugar de una cocina modernamente amueblada, lo que veía a su alrededor era una pequeña habitación con un camastro en un rincón. Buscó entonces, ya asustado, el interruptor de la luz, pero no encontró nada que se le pareciese. Sí observó, sin embargo, que la pared ya no estaba elegantemente pintada al estilo actual, si no totalmente encalada, tal y como se solía hacer antaño para mantener la frescura interior.
- Esto no puede ser más que un sueño- dijo en voz alta.
Su atención se dirigió entonces hacia el camastro que había observado tirado en el suelo. Se acercó a él. Parecía haber alguien durmiendo. Alguien pequeño, no muy voluminoso, a juzgar por su aspecto. Se aproximó despacio, sin hacer ruido. Cuando llegó a su altura, se agachó lentamente y alargó su mano con suavidad. En ese momento, una garra fría y húmeda surgió rápidamente del camastro y le sujetó la muñeca.

-- Fran y Bea --
En el dormitorio de al lado, Fran y Bea dormían apaciblemente. La tormenta que había estallado fuera, lejos de molestarlos, les sirvió de sedante. Se arrebujaron por tanto bajo las mantas, buscando en el calor mutuo esa sensación de confort y protección que tan placentera es cuando nos encontramos a cubierto los días de lluvia.
A mitad de la noche un aullido prolongado los sacó de su sueño. No supieron distinguir si se trataba de un grito humano o procedía de algún animal, pero sirvió para despertarlos completamente. Cuando, aún sin reaccionar, se miraban el uno al otro asustados, golpearon violentamente a su puerta.
-Quédate aquí y no te muevas- dijo Fran, algo alterado. Apresuradamente se acercó a la puerta.
-¿Quién es?- preguntó con voz quebrada.
-Soy yo, Marisa.
-¡Oh! Perdona- dijo Fran mientras se apresuraba a abrir.
-Perdonad, pero… ¿Habéis oído ese grito?-preguntó nada más entrar.
-Sí. Precisamente estábamos durmiendo cuando nos ha despertado-contestó Bea.
-A mí también- repuso nerviosa- Pablo no está en su cama y al oír el grito he pensado que le ha podido ocurrir algo.
-No lo creo. Pablo es muy cuidadoso. De todas maneras iremos a ver –dijo Fran resueltamente.
Fuera, en el bosque, un trueno ensordecedor los hizo enmudecer. El agua caía con más fuerza que nunca.
-¡Vaya una nochecita!- comentó Bea- creo que nos va a estropear el fin de semana-. Marisa no contestó.
Lo único que le preocupaba en ese momento era encontrar a su marido y volver a la cama.
-No es necesario que vengas con nosotros, Bea- le dijo su marido.
-Es igual. Voy a ir. Ni por todo el oro del mundo me quedaría aquí sola.
Fran abrió la puerta de su cuarto y los tres, muy juntos, salieron al pasillo. Enseguida se miraron, mudos. Cuando se habían despedido, hacía unas horas, éste era de unos ocho metros aproximadamente. Ahora parecía medir por lo menos quince.
-No sé a vosotros, pero a mí me parece que la casa nos ha crecido por la noche- musitó Marisa, algo asustada.
-¡No digas tonterías!- exclamó Fran - eso es imposible. Será que no te fijaste bien-. Sin embargo no parecía muy convencido.
Lentamente, procurando no separarse, comenzaron a avanzar en dirección a la escalera. Fuera se oyó otro trueno.
-Será mejor que encienda la luz del pasillo. Creo que por aquí debe haber un interruptor…-.
Fran comenzó a tantear la pared pero, tras un rato de inútil búsqueda, hubo de desistir. Siguieron, pues, avanzando en la oscuridad. Extrañamente, ya fuera por algún raro efecto óptico o porque sus mentes comenzaban a verse afectadas por el ambiente que se había creado, el pasillo parecía alargarse más y más… Finalmente llegaron a la escalera. Sólo que ésta ya no bajaba a la cocina si no que parecía subir formando un caracol infinito. Bea gritó.


-- Juan Carlos y Sara --
-Pondré el despertador. Quiero levantarme pronto para poder pasear un poco por el bosque- decía Juan Carlos, esa noche. Mientras, Sara preparaba la cama- ¿Vas a querer acompañarme?
-Sabes que sí. De todas formas no lo pongas muy alto. No quisiera despertar a los demás-explicó Sara- Beatriz especialmente me ha parecido que estaba derrengada-. A Sara no le gustaban los diminutivos, por lo que siempre llamaba a su amiga por su nombre completo.
Algo después...
Un estridente sonido sacó a ambos de su sueño. En la mesita, el despertador vibraba a máxima potencia. Alarmado, Juan Carlos lo apagó de un manotazo.
-¿Qué ocurre?- exclamó Sara, sobresaltada.
-Esta mierda de despertador. Te juro que lo había puesto al mínimo de volumen. Además, se supone que debía despertarnos a las ocho de la mañana y no a las…-pero no llegó a terminar la frase. El reloj se había parado.
-En cualquier caso está claro que no son las ocho-dijo Sara mirando la ventana- es todavía de noche, ¡y vaya noche! Parece como si hubiera comenzado de nuevo el diluvio universal-.
Un grito, muy lejano, se dejó oír a través de la puerta.
-¿Has oído eso?- preguntó Juan Carlos.
-Creo que sí. ¿Le habrá pasado algo a alguno de los otros?
-No lo sé. Pero creo que debemos averiguarlo.
-Espera un momento, que me ponga algo encima. Parece que a la calefacción le ha pasado algo-pidió Sara. En un momento se puso su bata, mientras su marido se calzaba unas zapatillas.
-¿Has traído la linterna?-le preguntó Sara, cuando éste se disponía ya abrir la puerta.
-¿Para qué?
-No sé pero creo que a lo mejor se ha ido la luz con la tormenta-explicó.
-Tienes razón-reconoció-aquí está, en este cajón- dijo mientras sacaba una modernísima linterna de viaje. Estaba equipada además con una brújula, ya que ambos eran muy aficionados al senderismo y solían practicarlo durante sus excursiones.
La puerta del dormitorio se abrió de repente, de un fuerte golpe.


-- Pablo --
Sintió el nauseabundo contacto de una mano que le sujetaba fuertemente y tiraba de él. Gritó. Su grito se prolongó lo que a él le parecieron siglos y los latidos de su corazón le inundaron los oídos. Bum…Bum…Bum…Cayó aterrorizado sintiendo como un millar de brazos lo cogían y lo sujetaban. El asco y la repulsión que sintió entonces fueron indescriptibles. Cerró los ojos y volvió a gritar. Sintió como la realidad se desgarraba y le hacía precipitarse por un abismo infinito. Una boca enorme, gigantesca, abrió sus fauces de repente engulléndolo y dejando que los últimos restos de cordura se diluyesen como el humo de un cigarrillo mal apagado.
Mucho después.
Pablo abrió los ojos, despacio. Su mente estaba en blanco. Nunca antes había sentido una sensación similar de pérdida y desorientación. A su alrededor, todo era silencio y oscuridad. Se obligó a ponerse en pie y caminar. Con las manos al frente, como un sonámbulo, para evitar chocar con cualquier obstáculo desconocido, trató de reconocer el lugar donde se encontraba. No estaba la cocina ni el amplio comedor donde hacía siglos había cenado con sus amigos. Lo poco que pudo vislumbrar fue una habitación enorme, cuadrangular y al parecer carente de muebles. Una extensa alfombra ocupaba el centro de la misma y en un extremo se podía observar una especie de barra que dividía el salón en dos zonas desiguales. Los techos eran altísimos, y de ellos colgaba una extravagante lámpara de araña que aumentaba más aún el carácter siniestro de la estancia. De pronto se encendió una luz. Una luz blanca cegadora que lo inundó todo y que hirió, por su intensidad, los sensibilizados ojos de Pablo.
Al mismo tiempo comenzó a sonar una pieza de música, que reconoció enseguida como la obra póstuma de Mozart, el Réquiem. Instintivamente, cegado aún por la luz, comenzó a caminar hacia donde parecía provenir la música.
-¿Qué es esto?- gritó desesperado-¿Qué me está pasando?
Siguió caminando, no había otro remedio. Sus pasos se hacían cada vez más lentos y difíciles, como si caminara contra el viento, y la habitación parecía aumentar de tamaño hasta perderse en el infinito…
 

--Fran. Bea. Marisa.--
Los tres se miraron. La angustia les impedía articular palabra alguna.
-No entiendo nada-balbuceaba Fran- esto parece cosa de locos.
-Subamos- propuso Marisa.
-No sabemos qué es lo que está pasando aquí, ni a dónde demonios llevan esas escaleras-exclamó Bea.
-¿Acaso tienes una idea mejor?- dijo Marisa- Si no queréis venir, quedaos aquí. Yo voy a buscar a mi marido.
-Espera. Será mejor que no nos separemos. Subiremos los tres-. Fran, con ademán decidido, comenzó a subir la estrecha escalera.
Ésta, en lugar de ser recta, como antes, formaba una especie de caracol que ascendía helicoidalmente, perdiéndose en la lejanía. Los tres, muy juntos, casi sin despegarse, estuvieron subiendo un buen rato, sin dirigirse la palabra. Estaban demasiado asustados para mirarse tan siquiera y el ascenso era además sobradamente tortuoso y difícil.
Finalmente, la extraña escalera, que había surgido de la nada, les condujo a un estrecho pasillo, recto y sin recovecos, que finalizaba en una gran puerta negra. Giraron el pomo y ésta se abrió con facilidad conduciéndolos a una habitación que, en lugar de la tradicional forma cuadrada o rectangular, formaba un octógono perfecto. Estaba perfectamente iluminada por una extraña lámpara que pendía del techo y que emitía una luz anaranjada muy viva.
La habitación estaba completamente vacía a excepción de una mesa, también octogonal, que había arrinconada en un extremo, el diametralmente opuesto a donde se encontraban ellos, y donde estaba situada la única puerta del recinto. En ese momento se oyó un fuerte golpe. Los tres gritaron, sin poder controlarse. La enorme puerta de madera negra, por donde habían accedido, se acababa de cerrar de golpe dejándolos atrapados dentro.
-Creo que no estamos solos- exclamó entonces Bea, mientras extendía el brazo derecho, señalando la mesa. Efectivamente había alguien allí.
Sentada, y con una mano sosteniendo el mentón, una señora de mediana edad, vestida con un largo vestido gris, aparentemente miraba a la lejanía, pensativa, como a través de una ventana inexistente.
Reuniendo el poco valor que le quedaba, Fran se acercó a la extraña señora.
-Disculpe, ¿Podría ayudarnos? Verá…- comenzó a decir.
La mujer giró la cabeza hacia él. Unas cuencas vacías se clavaron en sus ojos.
-¡Marchaos!-gritó-¡Marchaos, de aquí ahora mismo! ¡La niña está muerta! ¿Me oís?
Entonces profirió un grito espantoso, inhumano…

 
--Juan Carlos y Sara--
En la puerta de su habitación había una niña pequeña. Vestía únicamente un camisón azul y unas babuchas y su pelo, negrísimo, cubría totalmente sus hombros y parte de la cara. Por unos instantes se quedaron mirándola, sin reaccionar. Lo único que se les ocurría en ese momento era que, por error, el dueño les había dejado las llaves de una casa ocupada.
Sara , saliendo de su aturdimiento, dio un paso hacia ella. De repente la niña, misteriosamente, desapareció. No fue una desaparición lenta o una especie de evaporación si no que, sencillamente, ya no estaba allí. El espacio, antes ocupado por el cuerpo de la niña, quedó de nuevo vacío. En ese momento, ambos reaccionaron de golpe, precipitándose hacia la puerta.
Juan Carlos, el primero en cruzar el umbral, se quedó por un instante paralizado, mirando al otro lado del pasillo. La extraña de niña estaba ahora junto a una puerta, que no recordaban haber visto anteriormente y parecía hacerles señas para que la siguieran.
-¡Espera!- gritó él.
La niña no contestó, pero siguió haciéndoles señas con la mano. Sara y Juan Carlos se cogieron de la mano y salieron de la habitación.
-Esa niña me da miedo- dijo Sara estremeciéndose- por favor, volvamos, o por lo menos avisemos a los otros-.
Sin embargo su marido no la oía. Sin soltar su mano, caminaba decididamente hacia ella. Cuando la alcanzaron, la niña los miró un momento y se llevó su dedo índice a los labios, como pidiéndoles silencio. Abrió la puerta y entró.
-¡No vayas!- gritó Sara, histérica. Juan Carlos giró hacia atrás la cabeza mirando por un momento a su mujer. Pero no la miraba a ella, sino a través de ella. Sara lanzó un grito, ya totalmente aterrorizada. Rápidamente, la mano libre de Juan Carlos, voló hacia su boca, amordazándola.
-¿No lo entiendes?- le dijo con voz tranquila- es la única manera…
Sara comprendió de pronto que su marido se había vuelto loco y trató de desasirse, tirando de su mano con fuerza. Todo era inútil. Juan Carlos, sin apenas hacerle caso, la llevaba con él al interior de la habitación, donde la misteriosa niña les esperaba.
 
--La habitación de juegos--
En el centro del cuarto estaba la niña. Junto a ella había una casa de muñecas de madera, que guardaba una gran semejanza con la Casa Roja. A su lado, Pablo jugaba con ella. Durante un momento siguieron jugando tranquilamente, como si estuvieran solos y no pudieran verlos. Pero entonces Pablo, después de dejar una de las muñecas junto a la entrada de la Casa, como custodiándola, giró la cabeza hacia ellos:
-Hola ¿Qué tal?- se limitó a decir, como si fuera la cosa más natural del mundo el estar jugando a las muñecas de madrugada, con una niña desconocida- me alegro de que hayáis podido venir. Alicia me dijo que no os importaría.
-¿Pablo? ¿Qué pasa?- preguntó Sara- luego miró a su marido que sonreía- ¿Qué os pasa a ambos? Alicia, la niña miró entonces a Juan Carlos.
-¿No? ¿Por qué?- balbuceó éste. Pero no siguió hablando.
Miraba fijamente a la niña, que se había retirado el cabello de la cara, mostrando unos ojos grandes y azules, bellísimos, que lo contemplaban fijamente. Durante unos instantes estuvieron así, mirándose el uno al otro. Juan Carlos parecía como hipnotizado, incapaz de pronunciar palabra. Finalmente se volvió a su mujer:
-Tienes que marcharte. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde- le dijo. Su voz ahora no era normal. Carecía de inflexiones, extrañamente monótona.
-¿Que me marche? Claro que nos vamos a ir de aquí- contestó ella- pero los tres juntos. O los cuatro si conseguimos que la cría nos acompañe.
-No lo entiendes- intervino Pablo- nosotros no podemos marcharnos aún. Pero tú sí. Ella no te quiere aquí. Vete ahora.
-Yo no me voy a ninguna parte sin mi marido- comenzó a elevar la voz, exaltada- yo…
En ese momento algo la tocó. Miró hacia abajo.
La niña. Era un contacto húmedo, frío. La piel muerta de un cadáver que rodeaba su mano. De pronto no podía respirar bien. Algo le oprimía el pecho, asfixiándola. Un frío helador la envolvió súbitamente, paralizando su cuerpo y haciéndola tiritar. Al mismo tiempo, la luz de la habitación parecía irse apagando poco a poco hasta que la envolvió la oscuridad completamente.

 
--Fran. Bea. Marisa--
Los tres se habían quedado helados. No podían reaccionar. Fuera se oyó otro trueno.
La mujer había dejado de gritar y se había levantado de la mesa. Caminaba hacia ellos.
-“Esto no puede estar pasando”- pensaba Fran -se trata de un maldito sueño. Sí. Seguro. Estoy soñando”. La mujer había llegado hasta él. Fran cerró los ojos. En la habitación, la temperatura parecía haber descendido por debajo de cero grados.
-¿Fran?- oyó la voz de Bea muy lejos.
Una mano gélida llegó hasta su cuello y comenzó a estrangularlo.
-¡Fran! ¡FRAN!
Abrió los ojos. No era ningún sueño. Estaba muriendo asesinado por una mujer muerta. Notó que tiraban de él. Marisa y su mujer.
De una violenta sacudida logró zafarse de ella, dando un paso atrás. Por el rabillo del ojo pudo ver a las dos mujeres que, aterrorizadas, trataban de abrir la puerta sin conseguirlo. De nuevo sintió los dedos húmedos, repugnantes de la vieja, tratando de atraparlo.
Más sereno, se enfrentó a ella. Trató de empujarla, alejarla de sí, sin hacerle daño, pero sus manos sólo tocaron el aire. Entonces, la mujer-fantasma, en cuyos ojos se reflejaba un odio profundo, echó la cabeza atrás y lanzó una terrible carcajada. Fran gritó de miedo y de sorpresa y dándose la vuelta se abalanzó hacia la puerta, tratando de abrirla de un fuerte empujón. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los tres, la puerta siguió resistiendo.
A sus espaldas, la vieja seguía riendo de forma horrible, pero cada vez más cerca.
No querían mirar atrás pero la sentían, arrastrándose hacia ellos, una mujer muerta quizá hacía varios años, pero que seguía odiando, con ese odio infinito que los muertos sienten hacia los vivos.
Sus manos. Sus manos frías como el hielo en torno a su cuello, presionando con ansia. Pero lo peor de todo, era el odio y la rabia acumulados año tras año, tan densa que se podía respirar y sentir.
Eso fue lo último que pensó Fran antes de morir.
 
---La casa está ocupada---
Fuera, la tormenta había cesado de repente. Un gélido viento, proveniente de las montañas, formaba pequeñas olas en la verde pradera de la Sierra. Por la mañana, las gotas de humedad, procedentes de la lluvia recién caída, formarían escarcha sobre el salvaje césped que rodeaba la Casa Roja.
A lo lejos se oyó, quizá traído por el viento, el aullido de un lobo. Posiblemente llamaba a la Luna, tratando de entablar de nuevo su eterna conversación.
Frente a la Casa Roja, tendidos junto a la puerta, yacían cuatro cuerpos. No oyeron ni oirán jamás el lejano lamento del lobo solitario, ni verán el hermoso amanecer de la Sierra de Ulea. No asistirán al hermoso espectáculo del sol derramándose por los campos vestidos de colores, ni al de las aguas, recorrer traviesas, los mil canales formados por ellas entre las rocas del valle.
Seguirán ahí, tumbados, boca arriba, con un eterno grito de espanto dibujado en su rostro, hasta que al día siguiente los descubra Pedro, dueño de una casa que se niega a habitar desde hace más de veinte años.´
Nunca ha conseguido conciliar el sueño en ella desde que su hermanita Alicia apareciera muerta, estrangulada a causa de los celos, por su madrastra.
A ella le siguió su padre, que nunca pudo asumir la pérdida de su hija querida. Un pastor lo encontró una mañana, balanceado por el viento. Pendía de una soga de esparto, hábilmente cruzada en una de las ramas de un viejo olmo.
En cuanto a la mujer, causa de la perdición de ambos, fue detenida y procesada por asesinato, pero no llegó a cumplir la pena. Una mañana apareció muerta, al parecer de un infarto. En su cara se dibujaba un grito de horror.
Sin embargo, a pesar de las reticencias de Pedro, la casa siempre estará ocupada.
Si te fijas bien puedes observar, en la ventana de la buhardilla, la misma que dejó impresionada a Bea al ver la casa por primera vez, la cabeza de una niñita, de hermosos ojos azules, inclinada sobre una vieja casa de muñecas. Sonríe feliz, porque al fin ha dejado de estar sola. Ya no siente miedo de la vieja bruja que la persigue por las noches. Ahora la acompañan dos amigos, sus dos hermanos mayores, que comparten con ella sus juegos, por toda la eternidad…

- Nosferatu- 

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