lunes, 14 de marzo de 2011

El Cementerio de San Miguel


El 4 de Mayo de 2005, más de quince personas se congregaron frente a un discreto y humilde panteón del cementerio de San Miguel, ubicado en la barriada de Fuente Olletas, en Málaga. Una fotografía impresa en el mármol y una placa por Jane Bowles, Nueva York 1917 - Málaga 1973, conforman el sencillo enterramiento.

A las cinco de la tarde, los congregados delante del panteón, encendieron velas en su memoria, y colocaron junto a su tumba numerosas flores. A pesar del tiempo que ha transcurrido desde su muerte, sigue teniendo admiradores y seres allegados.

De pronto, uno se da cuenta que entre el grupo, hay un personaje más. Es una mujer vestida de luto, y su rostro es extrañamente parecido al de la fallecida literata. Tanto es así, que el asombrado señor tuvo que mirar el mármol con su fotografía, como si no conociera bien de por sí la imagen de su admirada escritora. La mirada de la señora parece perdida. Nadie sabía como reaccionar.

Antes de que nadie pudiera hacer nada por verificar la identidad de la mujer, ésta se volvió y dobló la esquina de un panteón de gran tamaño, que lleva a la zona de enterramiento de los escritores y artistas malagueños. Cuando varios de los testigos se dieron cuentan de lo ocurrido, rodearon la zona por diferentes lugares. Desgraciadamente, aquella mujer había desaparecido sin dejar rastro.

Cuando corrió la voz de lo ocurrido, los más veteranos, aquellos que suelen visitar cada año la tumba de Jane Bowles, responden: "Nos os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece".

Los primeros en descubrir los fenómenos relacionados con la escritora Jane, fueron José Fernández, encargado de la capilla del cementerio, y los vigilantes de seguridad, que a partir de un determinado día, que coincide con la construcción del actual monumento funerario, y una vez cerrada la puerta de la necrópolis, vieron pasear a una señora de aspecto extravagante, por las inmediaciones de la tumba de Bowles.

Este suceso durante las horas de público no hubiera sido extraño. Pero además de lo raro de la hora, resultaba curioso que la dama estuviera todos los días con la misma vestimenta, en el mismo punto y en la misma actitud contemplativa.

Pero no es este el único caso de sucesos anómalos en la necrópolis de San Miguel, ya que son numerosas las circunstancias anómalas que tienen lugar entre sus muros, siendo los vigilantes de seguridad los testigos más frecuentes de tales manifestaciones, debido a su permanencia en horas nocturnas.

A parte de las apariciones de la escritora Jane Bowles, hay más casos como el vivido por J.R.G.(guarda), persona poco creyente en estos temas, y que a pesar de ello, vivió en el cementerio una de las experiencias más aterradora de su existencia. Una noche penetró en la cabina de descanso, ubicada en el exterior, para esperar a que le tocara la primera vuelta, y mientras tanto, como acostumbraba a hacer casi siempre, llamó a su esposa a casa para saludarla. Mientras hablaban, J.R.G. escuchó de fondo una voz masculina, que articulaba palabras inconexas. Su primera reacción fue de ira, ya que pensaba que su mujer le estaba siendo infiel. Pero cuando preguntó quien estaba con ella, su esposa explicó que se encontraba completamente sola. Mientras seguían hablando, la comunicación se cortó con un sonido de interferencia, se dejó de escuchar la voz de su esposa, para dar paso a una voz masculina, muy fuerte y cavernosa, casi metálica, que dijo: !Dentro te espero!. De nuevo se escuchó la interferencia y acto seguido la voz de su mujer preguntando qué había ocurrido, ya que se habían dejado de escuchar durante breves segundos.

P.D.E. es otro de los antiguos vigilantes que ha pasado largas noches en el recinto. Tanto él como su compañero de servicio, afirman haber sentido pasos extraños sin origen definido, así como voces o murmullos que no alcanzaron a identificar.
En una ocasión, el compañero, medio en broma, pidió una señal a voz en grito, y justo en ese momento, P.D.E. sintió un profundo pitido en el oído, que le dejó sordo por unos minutos. Desde aquel entonces, ambos se toman con respeto estos temas, e intentan hacer su trabajo pasando lo más desapercibidos posible, a lo que ellos consideran fuerzas de otros mundos.
En otra ocasión, mientras se encontraban en la sala de descanso, escuchaban como una losa de nicho caía al suelo haciéndose añicos. Entraban preocupados pero sin lograr encontrar la destrozada piedra. Curiosamente, a los pocos minutos de volver a la sala, el fuerte sonido volvía a hacerse presente, sin que tampoco dieran con el origen del mismo.

Otro de los casos más populares de cuantos se dan cita en el cementerio, es el vivido por el encargado de la capilla, José Fernández. En el mes de Noviembre del año 1985, y debido a unas obras de reforma que estaba llevando a cabo en su casa, tuvo la necesidad de pasar algunas noches en el interior de la propia capilla, en una pequeña pero acogedora celda. Se encontraba bastante tranquilo, a eso de las dos de la madrugada, rezando. En un determinado momento siente el impulso de salir a rezar al exterior. En el silencio de la noche, solo roto por algún que otro sonido lejano del crujir de ramas, o el grito de algún ave en la lejanía, pudo ser testigo de un fenómeno inédito. Sus oídos captaron lo que él identificó como el lamento desolado de un niño de corta edad. Al prestar más atención, descubrió que pronunciaba unas palabras, y estas eran: "¡mamá, mamá!". Su seguridad era total al advertir que no pudo confundir aquel sonido con el llanto de algún animal o por algún eco distorsionado por el aire. Prueba de esto es que el Hermano Pepe fue siguiendo el sonido de la misteriosa voz, hasta poder ubicarlo en el interior de un nicho determinado, de donde provenían sin lugar a dudas los lamentos. Al día siguiente, y una vez consultados los libros de defunciones del archivo de la necrópolis, pudo descubrir con asombro como en aquel nicho reposaban los restos de un niño fallecido con dos años de edad, Antoñito, que había muerto de leucemia, después de una larga y dolorosa enfermedad.
El caso es que durante los 365 días del año, son decenas y decenas los juguetes y prendas infantiles que rebosan el nicho de Antoñito. Tanto es así, que el Hermano Pepe ha de vaciar mensualmente el lugar, llenando grandes bolsas, que van a parar a asociaciones de niños pobres. Incluso, algunos de los visitantes afirman que sus hijos enfermos han logrado mejoras sorprendentes con la simple colocación de alguna prenda de ellos junto al nicho. Sea o no cierto, el caso es que la opinión popular parece haberse hecho eco del suceso, y son numerosas las peregrinaciones al lugar, así como la inacabable procesión de velas encendidas.

A partir de ese momento el fenómeno se ha repetido con asiduidad, a distintas horas y con diferentes variantes. Existen otras manifestaciones extrañas que van más allá de una simple voz gimiente. José Fernández ha sido testigo en diversas ocasiones, de cómo un niño de corta edad entraba corriendo en la capilla, en horas en las que el cementerio estaba cerrado al público. Era como una visión confusa, ya que pasaba a gran velocidad, y al momento de girarse para ver la silueta al completo, la imagen desaparecía de manera repentina.

Si penetramos en el camino principal, y pasamos al segundo patio de nichos, dirigiéndonos a la esquina superior derecha, encontramos uno de los típicos rincones de habitual enterramiento de niños y fetos. Allí descansan los restos de la pequeña Maria Marta, niña fallecida a los pocos años de nacer en accidente de coche. Curiosamente, su muerte dio paso a una leyenda de desconocido origen, que nos habla de la intercepción de la niña en los casos de crisis matrimoniales y de parejas. Si nos acercamos a ese lugar, vemos al igual que en el nicho del niño, que la historia ha hecho mella entre los visitantes, ya que el sitio está igualmente lleno de juguetes, pero con la diferencia de que en este abundan las cartas de personas pidiendo que se solucionen sus problemas de pareja.
Entre los testigos que han podido visualizar algo fuera de lo común, se encuentra el propio José Fernández y algunos vigilantes de seguridad, que en horas de clausura del cementerio afirman haber visto en el rincón, el cuerpo semitransparente e inerte de una niña.

Hace ya varias décadas, existió un párroco encargado de llevar a cabo los actos eclesiásticos en la capilla de San Miguel. Su nombre era Don Elíseo, hombre de rectas actitudes, agrio carácter y comportamientos esquivos y reservados. Murió después de varios años al servicio del camposanto, allá por el mes de enero del año 1946. Hoy día, existen personas que afirman haber observado el caminar de un hombre mayor ataviado de hábitos monacales, por entre los panteones. Muy pocos sabían que el único mortal con túnica del lugar, era el Hermano Pepe. Así que cuando este recibía la noticia, quedaba sorprendido, ya que la descripción de aquel misterioso señor se correspondía perfectamente con la de Don Elíseo.

- May - 

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