jueves, 12 de septiembre de 2013

V/H/S/2



Tras la antología de cortometrajes de notables directores de género, con el “found footage” (Metraje encontrado) como factor común, VHS, presentada en la 23 edición de la Semana del Terror de Donostia, llega para la edición de este año una segunda entrega que continúa con los parámetros de su predecesora.

Los directores responsables de las nuevas historias son: Simon Barrett, Adam Wingard, Eduardo Sánchez, Gregg Hale, Timo Tjahjanto, Gareth Huw Evans y Jason Eisener
De nuevo habrá una casa misteriosa que oculta en su interior una siniestra colección de cintas en formato VHS, de nuevo algún incauto se pondrá a visionarlas… Ante sus ojos y los nuestros desfilarán varias historias que viajan desde las sectas diabólicas a las abducciones extraterrestres, los infectados…etc.

Si bien la primera entrega no contó con el fervor del público (aunque sí con el beneplácito de la crítica), VHS regala una colección de pedazos de cine donde cada espectador pueda encontrar una historia que se acople a sus gustos (eso sí, detractores del ‘found footage’ y espectadores de fácil mareo ante los erráticos movimientos de cámara, abstenerse) aunque dejando una agridulce sensación en la audiencia de haber sido “irregular” por la desequilibrada calidad de las historias que la componen. Así sucedió en la primera, así sucede con la segunda entrega.

Muchas voces apuntan a una notable mejora en la calidad de la secuela frente a la original. Tras su visionado estoy de acuerdo sólo en parte, es mejor porque tiene una historia mucho mejor (la de la secta) que cualquier otra presentada en las dos entregas, pero el resto están muy por debajo y además de con el mareo, llega a flirtear con el tedio. Mas no deja de ser una opinión personal, y cada cual podrá forjarse y discutir la suya en pocas semanas cuando este metraje encontrado vuelva a manchar de sangre la pantalla del Teatro Principal.

Os dejamos el tráiler para ir abriendo boca:

V/H/S



Valoración: 4/10

Desde que “El proyecto de la Bruja de Blair” revolucionara el Mercado cinematográfico con una de las fórmulas más rentables de la historia del cine, muchas han sido las producciones que han seguido su ejemplo. Nos referimos al formato “found footage” o metraje supuestamente encontrado y montado para contar una historia en primera persona desde los ojos de aquellos que la vivieron, vieron y rodaron.

V/H/S homenajea este relativamente novedoso (y sobrepoblado) subgénero reuniendo a un grupo de terroríficos directores de renombre (Adam Wingard, Glenn McQuaid, Radio Silence, David Bruckner, Joe Swanberg, Ti West) para que cada cual aportara su historia a modo de cortometraje siguiendo los cánones y stándares del found footage. Sin relación argumental entre ellas ni conexión ninguna, la película nos muestra estas historias con la excusa de un grupo de delincuentes a los que les es encargada la misión de entrar a una casa y conseguir una cinta de vídeo, pero serán estos cortos lo que hallarán entre torres y torres de cintas del formato vhs que da título al film… Asesinos, fantasmas, criaturas misteriosas, apariciones… todo cohabita y coexiste en esas cintas malditas.

Pese a que la idea no es mala de partida, el conjunto no termina de cuajar. La calidad de las historias es muy desigual y el relato nexo entre ellas resulta insulso y prescindible. El uso de la cámara en mano se hace abuso y la retina del espectador termina pronto cansada y presa de un infernal mareo. Tiene alguna historia que por su veracidad consigue el efecto y escalofrío deseado (nunca una webcam se ve igual tras el visionado de esta película) y juega con la ventaja de la variedad que siempre ayuda a que cada espectador encuentre una historia que le agrade, pero como un todo, no termina de convencer.

Entretenida a tramos, y en conjunto prescindible.
-Enoch-

Bienvenidos al fin del Mundo (The World's End - Edgar Wright)


       
Analizando las películas a participar en la 24 Semana del Terror de San Sebastián, comenzaremos por aquella que inaugurará la edición, "Bienvenidos al Fin del Mundo". 


La película, una comedia de ciencia ficción, está dirigida por Edgar Wright siendo el cierre de la trilogía "'Blood and Ice Cream Trilogy'", tras sus films 'Zombies Party' y 'Arma Fatal' .



Esta es su peculiar sinopsis:

Tras participar en el maratón de bebidas de un pub, cinco amigos de la infancia se reúnen, 20 años después, cuando uno de ellos decide a participar de nuevo en dicho evento. De esta forma Gary King, un hombre de 40 años que fuma compulsivamente desde el final de su adolescencia, arrastra a sus amigos a su ciudad natal y una vez más, tratarán de llegar a una taberna de fábula conocida como The World’s End. A medida que tratan de conciliar el pasado y el presente, se dan cuenta de que la verdadera lucha no sólo será por su futuro, sino por el de toda la humanidad, por lo que al llegar a The World’s End la bebida será la menor de sus preocupaciones...

El festival apuesta fuerte y sin grandes riesgos por una producción que seguro arrancará las carcajadas de la audiencia y que parte con la ventaja del beneplácito de un público predispuesto tras el buen sabor de boca dejado por los anteriores trabajos del director... 

Bajo estas líneas os dejamos el trailer de la película:

martes, 30 de julio de 2013

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (VI)

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AERYN
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Voy a morir, lo sé igual que sé que estos recuerdos no me pertenecen, o que este ser que me ha abandonado en las oscuras entrañas de la tierra no es humano. Todavía no comprendo qué ha pasado, cómo he llegado a esta situación en la que todas mis opciones han desaparecido tras el forastero que me ha arrojado a este pozo. Sé lo que he visto pero no puedo creerlo. Siempre he pensado que un Ser superior espiaba nuestras vidas, controlando su creación desde la indiferencia de la distancia y el tiempo, pero esto… esto supera todo lo que alguna vez pude soñar. Sus alas eran blancas, de un blanco más puro que la nieve recién caída o que la espuma del mar contra las rocas. He visto sus plumas desprenderse en la caída, quebrarse en ángulos imposibles sus extremidades y arder, por fin, con el fuego de mil rayos golpeando los níveos apéndices. He visto, mientras él me sostenía en sus brazos, la agonía de un ángel que sabe que ha perdido la gracia de su Creador; sus ojos murieron bajo las aguas, su alma se perdió en algún momento entre el cielo y la sal, porque lo que ascendió desde las profundidades del océano era este ser que ahora encierra toda la oscuridad del mundo en su mirada. Desconozco el motivo de su perdición, pero las sombras le envuelven y le poseen desde el interior mismo de su cuerpo, no de su alma, pues no queda alma en ese cascarón de furia, de violencia y destrucción.

Sus pasos se alejan ahora y me dejo caer vencida, rendida por fin a la certeza de que mis últimos momentos en esta vida se desarrollarán entre estas paredes de piedra que rezuman frío y muerte. Los sollozos sacuden mi cuerpo y los temblores son tales que no sé si es frío o es la Parca anunciando su presencia con la gelidez de las sombras... me encojo sobre mí misma y mis brazos aprietan mi vientre, atacado por mil latigazos, por mil cuchilladas que me hacen gritar de dolor, un dolor como nunca he sentido. Voy a morir... voy a morir sola, olvidada, llorada únicamente por mi fiel Shadow, cuyos aullidos se hacen más y más audibles, como si corriese en mi busca. Mi grito resuena en los oscuros y vacíos corredores, desatando ecos burlones que repiten el nombre del monstruo una y otra vez llamándole a mi presencia, y no sé bien si para maldecirle o para suplicarle una clemencia que sé que no posee. Mi columna se comba en ángulos imposibles; parece que cada hueso de mi cuerpo se rompiese en miles de fragmentos astillando músculos y piel. Miro mis manos y observo, impotente, la sangre que corre por mis palmas formando charcos sobre las losas de piedra. Recuerdo el cuerpo de Moira y me pregunto si sería este su destino y su fin, si compartiré con ella la muerte sangrienta y solitaria que Taranis nos impone. El dolor se hace, al fin, tan intenso, que presiento la bendición de la inconsciencia, del desmayo y la ausencia misericordiosas. Pero no hay paz en el sueño para mí… En un limbo de calma indolora contemplo, como en un teatro de títeres, el baile silencioso de figuras increíbles, de seres alados de imposible hermosura apostados en silencio, armados como un ejército, en vastos campos de batalla aguardando las órdenes de su líder, Taranis.

El escenario cambia y las luchas mudan en escenas confusas, vacías de palabras pero plenas de sentimientos encontrados… pasión, miedo, dolor, furia… y en medio de todo, en medio de todos, Taranis una vez más.

Sé que es él, pero no es él por completo. No como ahora, al menos… sus ojos, del color de la plata líquida, son limpios y puros, remansos de paz que se posan, bondadosos, en los que acuden a su presencia. Y ahora negros una vez más… en mi confusión se mezclan las dos imágenes, las dos caras del mismo ser que es mi carcelero y quizás mi verdugo. Me siento emerger lentamente a la vigilia y sé que el dolor llegará de nuevo como un latigazo, condenándome a languidecer aquí abajo, sola y a oscuras, sin respuestas ni testigos de mi final. Mis brazos arden como si los fuegos del infiernos me consumiesen desde el mismo interior de mi huesos… sé que es donde él me tocó, donde sus manos grandes y ásperas se posaron en mi piel, quemando con su roce cada centímetro expuesto a su contacto. No tengo esperanzas, no tengo fuerzas y en mi mente se asienta la absurda idea de que es él, de que es su presencia la que me ha provocado esta agonía. De repente, y de forma inesperada, el sonido de unas garras sobre la piedra me hace contener la respiración. Puedo sentir el eco del trote ligero de Shadow… sé que es él. Lo noto en mi corazón y la esperanza renace acercándose con su carrera en mi busca. Su simple presencia al otro lado de la puerta parece bastar para insuflarme ánimos y darme algo de la fuerza que me falta. Sus quejidos resuenan en los corredores de piedra y por unos instantes temo que atraigan la atención del monstruo, pero mi fiel amigo es sabio y confío en su instinto… Le oigo posar sus patas sobre la puerta y mover con sus fuertes quijadas la traba que me mantiene prisionera. Se lanza sobre mí, lamiendo mis heridas, acariciando con su hocico frío y húmedo los rasguños de mi piel y el calor de la suya alivia mi frío y mi miedo. Ya no sangro… ya no hay dolor y mis fuerzas regresan poco a poco, como una pequeña llama que se alimenta despacio hasta convertirse en una hoguera. Permanezco abrazada a mi lobo pensando en escapar, en enfrentarme a él, en huir lejos de este pueblo y este lugar maldito, en buscarle en su guarida, en la cueva que le acoge y exigir respuestas. Temo por Shadow, porque sé que no podrá hacerle frente y salir victorioso, pero sé que, huya a donde huya, nunca podré detenerme. No podré hacer amigos, no podré explicar por qué no envejezco, por qué nunca enfermo o por qué los animales me buscan y rodean como a una de ellos. Estoy cansada de esconderme, de pensar en mí misma como una abominación, como un monstruo con apariencia de chiquilla frágil… soy demasiado vieja, estoy demasiado cansada para seguir escapando de todos y de mí misma. Necesito saber…

Me alzo despacio, apoyándome en el lomo de mi fiel compañero, y podría jurar que es más grande de lo que nunca ha sido, como si hubiese crecido de la noche a la mañana para ser, una vez más, mi refugio y mi sostén. Salgo de la celda y, a la escasa luz que se filtra por la abertura del pozo, puedo vislumbrar un laberinto de cuevas, pasillos de piedra oscura y húmeda que se abren en abanico a mil destinos ignotos y temibles. Descalza, aterida y con mi ropa hecha jirones, dejo que mis pasos me guíen, siguiendo mi instinto. Sé dónde encontrarle; puedo sentirle, presentir su aura, de alguna manera inexplicable. Si quisiera matarme podría haberlo hecho en lugar de encerrarme. Sé que su nombre en mis labios ha abierto una puerta que ninguno de los dos quiere ver cerrada. Necesito saber por qué aparece en mis sueños, por qué su dolor rasga mis entrañas y sus recuerdos se agolpan en mi mente hablándome de cielos que no he conocido, de seres cuya existencia jamás soñé. Y necesito saber si, en algún lugar profundo y oscuro de su pecho, queda algún resquicio de aquel ser de ojos de plata, de aquel militar feroz, de aquel ángel bondadoso cuya mirada se posaba en miles de almas con el amor de un padre.

Camino lentamente, pisando charcos e hiriéndome las plantas mientras me abro paso a través de los túneles. Una mano apoyada en la pared para no perderme en la oscuridad y la otra apoyada en Shadow, que camina, renuente, a mi lado. Sé que estoy cerca… una energía extraña crepita en el aire viciado del corredor, y puedo ver frente a mí la tenue luz parpadeante de una vela. No se sorprende al verme; supongo que me esperaba y, en realidad, no represento para él la más mínima amenaza. Un sillón destartalado, una mesa decrépita con una simple vela sobre ella, una chimenea apagada, libros, cientos, miles de libros desperdigados por toda la estancia y, en el centro, impávido, feroz, inmenso y oscuro como una tormenta, el ángel de la muerte con sus alas extendidas, contemplándome en silencio como si yo fuese un enigma al que no encuentra solución.

- Por qué sueño contigo y qué quieres de mí? Quién eres, Taranis? O quién fuiste una vez?


TARANIS
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Varias han sido las lunas que han bañado con sus lágrimas de plata, filtradas por las grietas de esta caverna infinita, noches eternas desde que ella yace en cautiverio en mi morada. Incontables los pasos que a la deriva han dado mis pies desnudos frente a la puerta que me esconde de su presencia. Escuchando su silencio, su dolor, su sufrimiento, su descenso en una espiral de delirio alejándose más y más de la cordura, más y más de la vida, cayendo en una intermitente inconsciencia cada vez más próxima al sueño eterno de la fría muerte.

Grande ha sido la tentación de observar su envilecida belleza a través del mínimo orificio que comunica el interior de la mazmorra con el corredor oscuro, una abertura de acero barrada, ventana a la decrepitud de aquellos que privados de la libertad, abrazan la desesperanza y la muerte. Sólo sabiéndola más allá de la frontera del sueño más profundo me he permitido reposar mi depredadora mirada sobre sus facciones. E incluso ese simple gesto en la distancia parecía agravar su dolor, hacer de su viaje onírico pesadillas, de su gesto abandonado mueca y máscara de trágica pantomima…

Mi mera presencia, mi misma cercanía, ángel de la destrucción, parece atraer a la muerte misma a su lado. Traslúcida presencia que, con guadaña invisible, orada su piel, hace de sus heridas inagotable fuente de sangre escarlata que he visto, noche tras noche, brotar incluso de la comisura de unos labios y párpados ya pálidos y cenicientos, gotas de vida que, desafiando toda lógica y gravedad, reptan por el gélido suelo empedrado, hacia mí, delatoras de mi presencia…

La razón de mi acercamiento, de no optar simplemente por dejarla morir en soledad y oscuridad entre unos muros esculpidos para el olvido, donde nadie podría escuchar sus gritos, reside en una curiosidad que quiebra mi centenario hastío… Desde que su voz dio forma al nombre que adopté como ser terrenal, no han dejado de brotar de ellos, a cada ocasión en que el trance de la inconsciencia tomaba posesión de su ser, misterios, secretos de imposible conocimiento para una criatura como la frágil cautiva. Reconozco en sus palabras entrecortadas, meramente balbuceadas, imágenes, rostros, recuerdos… Dibujan sus frases inconexas mi ayer, a aquel que fui antes de ser condenado, exiliado, proscrito. Atesora su mente por una razón que escapa a mi imaginación nítidos recuerdos, los mismos que para yo mismo recuperar, hube de luchar siglos, matar a los designados por la deidad firmante de mi sentencia… y no lo comprendo, no lo entiendo…

¿Una cruel broma del destino?¿Un epígrafe más, una clausula hasta ahora oculta que trae la tortura del recuerdo de lo perdido al interior mismo de mi morada, a mis oídos, a mi atormentada y quebrada mente y perdida esperanza? ¿O acaso un milagro?...

Sonrío, envenenado de sarcasmo… ¿Un milagro? Sé de primera mano en qué consisten, cómo y para qué nacen, y total seguridad tengo que no me será destinado en modo alguno, sólo condena, eterna condena. Demasiadas veces, demasiados siglos, demasiadas noches eternas oré, traté de preservar la gema de la esperanza, la fe en un quizás… que demasiado dolor, demasiada sangre, muerte, vacío y soledad, mató hace mucho tiempo ya.

Pero no, no seré yo quien en este macabro juego ponga fin a su sufrimiento, no serán mis manos ensangrentadas quienes bailarán sobre su piel arrancando la esencia de su vida y el alma de su frágil carcasa. No, habiendo sido testigo de los misterios emponzoñados que parece ocultar, no, mi dolor no será embalsamado con el tóxico elixir de su existencia robada.

Tomada una decisión y caminando ya hacia lo más profundo de mi retiro de roca, dejo que una susurrada orden mental permita que la olvidada puerta que comunica los corredores con el exterior se abra a las voces de la oscuridad, a las fieras que son eco de los gemidos de la dama herida desde su encierro, que aúllan sobre las rocas y gritan su desgracia, sus acompañantes, mis hijos, los hijos de la noche eterna, los lobos. Ellos tomarán su carne, su angre, ellos tomarán su vida, alejarán de mí su perturbadora presencia y me devolverán la paz del olvido, de la absoluta nada.

Aposentado en el rincón más oscuro del habitáculo más recóndito y oculto en el corazón de la tierra, rodeado de los susurros de incontables volúmenes que he ido adoptando en mi impía biblioteca me deleito en la contemplación del seductor baile de la llama de una vela, única compañera y testigo del cierre de un extraño capítulo más de mi existencia. En silencio, escuchamos.

Sé que el perímetro de mi fortaleza ha sido violado, escucho ágiles patas correr sobre las rocas, distingo ceder la madera de la puerta de la mazmorra frente al ansia depredadora. ¿Serán mis lobos, sangrientos compañeros de caza, o acaso su eterno lupino compañero de ojos sabios, que en su infinita lealtad trae el honor de acabar con su sufrimiento en un último acto de piedad?.Ni siquiera importa, sólo quiero que regrese el silencio…

Pero nunca llega… y por alguna extraña razón, tampoco en su ausencia está mi sorpresa. No tardan en escucharse unos pasos vacilantes, y no ya el ágil y elegante paso del lobo, sino el trastabillar de un inseguro caminar propio sólo de unos pies humanos, inexplicable y nuevamente vivos. Se despliegan mis alas, oscureciendo aún más la estancia, y en mi rostro una sonrisa entre la ironía y el desdén en el instante mismo en que su figura, acompañada una vez más por su guardián y ahora sostén de su precario equilibrio, se dibuja en el umbral.

Alza su rostro. Alza su voz. Me desafía.


TARANIS & AERYN
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El rostro del ángel giró lentamente hacia su inesperada visita. Su expresión gélida, inhumana, máscara de cera impasible sólo rota por una ladeada, leve e inerte sonrisa.
Detenida su andadura al hallarse frente a la presencia de Taranis, Aeryn, a cada instante escoltada y aferrada al lobo, apostado en defensiva posición, imprecaba a su captor. Firme. Desafiante. Valiente.

Sin emitir sonido alguno, más que el suave crepitar del oscuro plumaje de sus inmensas alas, el ángel se levantó de la desvencijada butaca y se alzó en toda su magnificencia, pareciendo, a cada gesto, menos humano, más oscuro, letal, esencia de noche y peligro. Sin alterar de forma alguna su expresión avanzó hacia la dama de alzado mentón y advertencia en la mirada. Sus pies desnudos sin tocar el suelo, a un palmo sobre él, elevado y mantenido por el ondear de sus aladas extremidades, suave oleaje que le alzaban más aún sobre ella, amenazante, terrible.
Poco más de un metro separaba sus rostros, analizándose, estudiándose, en silencio, absoluto silencio, en la nueva prisión forjada por las magnificentes alas negras rodeándolos, encerrándolos en un círculo de tinieblas.
Shadow, acoplado su lomo al muslo de su protegida alzaba en gesto imposible su poderosa cabeza hacia la presencia suspendida del ángel, retraía sus fauces regalando la visión de sus poderosas mandíbulas, destello de luz en las tinieblas de un pozo sin fondo donde sólo los rostros del lobo, el ángel y la dama parecían existir flotando en la nada.

En la violenta quietud del momento Aeryn repitió sus palabras, segura, calmada, hablando al ser de mármol ante ella, a su propio reflejo en unos ojos negros, donde un océano de líquidas y absolutas sombras prometían el olvido…eterno.
Los segundos que siguieron a su pregunta reformulada se plagaron de tenso silencio mientras los labios de Taranis fueron despegándose, como una maquinaria largo tiempo olvidada y en desuso, para dar forma a las palabras que serían su respuesta. Incluso el quedo gruñir de Shadow se detuvo presto a escuchar la voz olvidada del condenado.

- ¿Tú osas inquirir sobre mí? ¿Tú que eres repudiada, exiliada por jugar con fuerzas más allá de lo natural? ¿Tú que te has atrevido a pronunciar mi nombre cuando todos ya lo han olvidado? ¿Tú que en la condena de muerte de mi presencia vives? ¿Tú que dominas las bestias y bebes de su fuerza? ¿Tú que en la inconsciencia relatas una vida no vivida, mi propia vida?– el sonido de las palabras, pronunciadas pausadamente, resonaron en cada rincón de las cavernas, potentes, poderosas, atronadoras… mas sus labios y su rostro apenas parecían moverse haciendo incluso dudar a Aeryn sobre si realmente eran sus oídos o lo más profundo de su mente quien las percibía – No eres digna de efectuar la pregunta, dama de los bosques, sino guardiana de las respuestas, tú que has invadido mi castillo y la fortaleza de mis recuerdos… ¿Quién eres? ¿Qué eres?

La mandíbula de Taranis lentamente regresó a su hermetismo, sus labios se sellaron de nuevo, y regresó el manto de absoluto silencio. Sólo sus ojos, agitados ahora y el suave zumbar de un plumaje inquieto, susurraban la amenaza, exigían la respuesta.

En aquel cuarto de piedra, a la débil luz de una vela mortecina, un escalofrío de terror sacudió todo el cuerpo de Aeryn, mientras una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna, de las mismas paredes, del suelo de tierra, del techo excavado en la roca, salía de la boca de aquel ser oscuro. Escucharla enviaba vibraciones a su pecho, como si cada molécula de su cuerpo fuese una caja de resonancia para las gélidas y cortantes palabras. La voz, ronca y profunda como si saliese del mismo infierno, parecía rasgar el aire más que llenarlo e invadir los oídos de la joven como una presencia viva que paralizaba sus miembros y apresaba su garganta impidiéndole moverse o incluso responder a sus preguntas.

- Soy la maldita, tú lo has dicho. Y esa es la única respuesta que poseo.

Apretó sus manos en dos puños, clavándose las uñas en las palmas; en este ser no había misericordia y, si alguna vez poseyó ese conocimiento, había olvidado hacía eones qué significaba el sentir algo… pero Aeryn recordaba vívidamente la sensación de amar y ser amada, de importarle a alguien y compartir todo como dos hermanas.

- No tengo las respuestas que afirmas que guardo, Demonio. Ni siquiera puedo comprender qué son o qué significan estas imágenes que invaden mi mente, pero sí sé que tú sales en todas ellas, que te pertenecen y, de algún modo, las has volcado en mis recuerdos.

Su cuerpo menudo parecía empequeñecerse aún más en presencia del alado. De haberle conocido en otras circunstancias, si él fuese un humano más, ella le habría clasificado en la casta de los guerreros. De enorme estatura y de musculatura marcada, cada centímetro de su piel dorada le recordaba a una coraza antigua, llena de cicatrices y remendada mil veces, pero resistente como el tiempo. Las alas, negras como las de los cuervos que sobrevolaban el castillo, ondeaban suavemente manteniéndole suspendido a unos centímetros del suelo, lo que hacía que su diferencia de estatura fuese aún más evidente; estaba cerca… demasiado cerca, y ella sintió que no podía respirar. Intentó retroceder un paso, pero algo se lo impedía, y supo que era demasiado tarde para arrepentirse de su osadía. Había acudido allí en busca de respuestas, y parecía que no las habría, al menos no todas las que necesitaba. Pero había algo que sí podía saber, algo que necesitaba saber para calmar su espíritu atormentado.

- Eres el ángel de la Muerte, no es así?

El silencio se prolongó en la estancia como si su voz no hubiese sonado en voz alta.

- Dime que no sufrió… dime que terminaste con su agonía y que no murió sola, asustada y padeciendo un dolor innecesario.

De todos los sucesos de su vida, de todo lo que había experimentado, ese era su único remordimiento… pensar que Moira, la única persona que la había amado y a la que ella había querido como a una hermana, había dejado este mundo pensando que Aeryn le había fallado. No lloró, no suplicó. Su mano apretó su agarre sobre el lomo de Shadow, que gruñía ominosamente cada vez que las alas se acercaban demasiado. El ángel podía notar el temor en su voz, el temblor en cada fibra de su cuerpo, pero mantuvo sus ojos fijos en los pozos oscuros que la miraban a su vez sin asomo alguno de compasión hasta que sintió que esa mirada quemaba como una llama. Sus pupilas se clavaron en el suelo, dócil ahora, cansada, sin ganas de seguir luchando al comprender que ni siquiera ese ser sobrenatural le ofrecía la verdad de sus orígenes.

- Sé que tenía que morir… todos hemos de hacerlo algún día, aunque la Parca me eluda maldiciéndome a vivir una juventud perpetua. No sé si es tu misión llevarte las almas o si eres el verdugo del final del camino, Taranis, y no me importa lo que hagas conmigo. Sólo te pido que me asegures que su muerte fue misericordiosa y que me concedas la misma gracia- su rostro se alzó de nuevo hacia el de su captor- haz tu trabajo, reaper, termina lo que empezaste con Moira y llévame con ella.

- La muerte sólo es muerte –resonó de nuevo la angelical voz en lo más profundo sin inmutar su expresión- y la paz o condena no se encuentran atadas a ella, sino a la vida que queda atrás, nada tiene que ver el verdugo

De nuevo el silencio, la inmutabilidad en el rostro de mármol del inmortal alzado en calmo vuelo. Pero la atenta y valiente mirada de Aeryn supo captar la diferencia, pudo observar transmutarse su propio reflejo en las negras pupilas del condenado. En ellas vio envejecer su rostro, palidecer su cabello, cambiar sus facciones hasta no ser ya la eterna joven, sino la anciana por quien su inquietud palpitaba, Moira.
Aquellos espejos de muerte negra, los ojos del ángel, le mostraron los últimos instantes de vida de su bien amada amiga, su asesinato silencioso, su abandono del plano de existencia sin perder la paz en su sabia mirada ni aún cuando lágrimas de sangre teñían su rostro bajo el toque de la parca alada. Sin dolor, sin violencia, sólo silencio, el silencio de la vida abandonando la cáscara de un ser marchito para habitar en el inmortal templo angélico del cuerpo de su captor.

La imagen se disipó de igual forma, difuminando los rasgos de Moira hasta trazar de nuevo el rostro de una Aeryn descompuesta por la emoción.

- Ya tienes tus respuestas –bramó, solemne, el ángel- y ahora tendré yo las mías. Dices no saber el por qué de tus visiones, de mi presencia en ellas… No envejeces, no sucumbes al tormento de la enfermedad mientras tu lupino acompañante esté a tu lado. Ostentas demasiados misterios para que te permita vivir, desconoces pero atesoras demasiados conocimientos como para regalarte la muerte…

Tras unos instantes de silencio y reflexión, el ángel, elevado su rostro pétreo sobre el de la joven, expuso su solución, su condena, al tiempo que alzando su férreo brazo, señalaba, invitador, el pasillo ante ellos…

- Viviréis lo que os reste de existencia y hasta que la muerte os reclame entre estos muros. Tú, dama del bosque, y tu fiel amigo… Las puertas de mi castillo están para siempre cerradas para vosotros. Os guiaré a vuestros nuevos aposentos.

La luz a espaldas del ángel se hizo más y más tenue, a medida que invisibles antorchas, allá en el corredor al que Taranis les dirigía, iban alumbrando el camino a su nueva vida, su nueva mazmorra. Caminaban, despacio, orientados por el sobrenatural y fatuo fuego que nacía ante ellos revelando nuevos y húmedos rincones del castillo y perdiendo en la oscuridad del olvido aquello que dejaban a sus espaldas. Y sobre ellos, sin aún depositar sus pies desnudos sobre el suelo, Taranis, el ángel de la noche.

Apenas un parpadeo, un susurro, y a voluntad de la parca alada un gran portón macizo surgido de las rotas tinieblas frente a sus ojos bostezó abriéndose, revelando la entrada a una estancia que nada tenía que ver con la que hasta ahora había mantenido cautiva a Aeryn.

La figura alada sobre ellos extendió de nuevo su poderoso brazo instándolos a traspasar el umbral a medida que, sin apenas parecer moverse, iba desapareciendo en las sombras del corredor, devorado por ellas, fundido en ellas, sombra misma. Y su voz, por última vez, selló la despedida, la condena


- Bienvenidos al olvido, al fin de la existencia, al corazón de las tinieblas donde la vida sólo será muerte hasta que todos los misterios sean esclarecidos. Os espero en el gran comedor para la cena…







domingo, 6 de enero de 2013

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (V)

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TARANIS

El desasosiego guía mis pasos intranquilos por el subsuelo de la que es mi morada y refugio, mi hogar bajo las ruinas. Camino, arriba y abajo, arriba y abajo. Un escalofrío de anticipación detiene el fluir de mi negra sangre, un presentimiento susurra ponzoñoso desde lo más profundo de mi alma de tinieblas. Está aquí.

Sus gritos, sus imprecaciones, no sólo rasgan la quietud absoluta de la noche, el total silencio de la madrugada. Su sangre, gotas de vida que incendian la tierra bajo sus pies, sobre mi cabeza, filtra el poder de su reto, de su desesperado llamado, por la roca inerte hasta el mármol negro de mi deseo, mi anhelo de soledad, de muerte.

 Un quedo gruñido surge no buscado de mis entrañas abriéndose camino hacia mis labios en el instante mismo en que mis manos, armas de la parca, se crispan en garras, puños cerrados cuyas uñas de cristal rasgan las palmas, perforan la carne y dejan tras de mi el rastro de veneno, gota a gota, mientras camino, ajeno a mi voluntad, entre las tililantes antorchas hacia el exterior, luces que mueren, como toda esperanza, a mi espalda al desplegarse rabiosas mis negras alas impulsándome más y más deprisa hacia su desafío. Soy violencia, soy furia, soy la ira del cielo en la tierra.

La rabia por la paz del destierro roto por el mero agravio de su presencia se extiende más allá de mi cuerpo inmortal, los elementos se alzan, furibundos y estalla la tormenta, en mí, sobre mi… Salta ante mi grito desbocado la madera centenaria de sus bisagras, muere hecha pedazos a mis pies, pulverizada, arrastrada por un viento gélido, mortal, que se arremolina, más y más deprisa…

Alcanzo el exterior, sin rozar ya el suelo, elevado unos metros sobre una tierra impropia del inmortal que soy, extendiendo mis manos ya escarlatas, dibujando mis dedos ensangrentados luz en la oscuridad de la tormenta, rayos que golpean lápidas y muros olvidados. Dios de la tormenta, Dios de muerte y destrucción…

Mis cabellos danzan al viento de la ira haciéndose uno con el batir de unas plumas que lloran tóxicas lágrimas negras sobre el camposanto, gota a gota que es fuego al envenenar la tierra, matar la vida, mientras avanzo lentamente hacia la figura aún erguida y desafiante que observa desde el océano embravecido de rojos atuendos, olas de sangre que bañan un cuerpo listo para su sacrificio.

Mi sonrisa, mueca esperpéntica de crueldad, mi mirada, mar de infinita negrura, espejo del pecado y la nada eterna, avanzando, implacable, incontrolable y descontrolado, hacia la estatua de roja sal que permanece, abandonada, voluntariamente entregada a la bestia.

Me detengo a apenas unos metros de su presencia, de su mirada azul, única fuente de vida en el caos. Se extienden mis brazos hacia ella, guían mis dedos la sinfonía de la tormenta, ordena mi poder el cerco de destrucción de los rayos que van aproximándose más y más a ella, quemando, destruyendo lápida a lápida, roca a roca, ángel a ángel a su alrededor…

Grito, grito de nuevo descargando toda mi furia, mi ira milenaria hecha destello de la más cegadora luz, cenit de la antinatural tormenta estallando a su alrededor, explotando y lamiendo lenguas de fuego cada centímetro de su entorno, de ella. Un grito, un destello, el fin, su fin.

Regresa el silencio, la sepulcral quietud de una noche sin vida. Se disipan las místicas brumas, se acalla el bramido de la tormenta, regresa el mortífero poder de los rayos a mis humeantes yemas. Quietud. Muerte. Nada.

Yace su figura, apenas un bulto bajo la ensangrentada capa roja, desplomada en el suelo, en el centro mismo de un círculo limitado por moribundas llamas testigos de la destrucción. Yace, quieta, como los fragmentos de las estatuas custodias de los muertos bajo ellas, otro ángel roto, otro pedazo de olvido que abandona la carne para ser tierra.

Desciendo, plegando las alas en mi espalda, recuperando el dominio del ser que habita en mí más allá de la ira, recobro voluntad y control, retomo mi soledad, mi silencio, regresa el blanco a mis ojos, mi mirada triste, hastiada de la baldía eternidad. Unos pasos calmos, tranquilos, paseando entre mi obra, mi creación, mi caos, caminando hacia ella.
Extiendo mi pie desnudo girando con él su figura laxa sobre sí misma. Se desprende la capucha de su cabeza rebelando un rostro en paz y descanso, un rostro en el que, aún ostentando manchas de sangre y ceniza, sobrevive el sosiego, pureza flotando a la deriva en un mar vil, viciado y corrupto.

Pero algo rompe la magia de mi creación, de mi nueva obra de inocencia destruida… apenas un movimiento insignificante, apenas perceptible, pero regular y latente, su vida.
¿Su vida? ¿Cómo puede su pecho aún alzarse respirando? ¿Cómo puede su corazón, ajeno al miedo, continuar latiendo cuando todo a su alrededor es destrucción, cuando cualquier humano corazón hubiera ya fenecido, muerto, en presencia de la muerte misma?

Me agacho junto a ella y lenta y pulcramente hago con su capa sudario de su cuerpo yacente. Me aproximo a su rostro en paz y oculto el desafío de la vida que aún se esconde tras sus párpados cerrados bajo la capucha. Envuelta, segura su piel lejos del fatal contacto con la mía, la alzo en mis brazos, apenas un peso insignificante de un ser insignificante cuya existencia, cuya permanencia, reta toda razón, todo conocimiento.

Atrás queda la destrucción, atrás queda el resplandor de un naciente día. Camino, sosteniéndola contra mi pecho, al corazón de las tinieblas, a las entrañas de la roca, devorados por la negrura a medida que descendemos la escalera. Si la misma muerte no la desea en sus dominios, ahora ella, la extraña portadora del escarlata, será mi prisionera, mis respuestas.

AERYN

En algún instante, perdida entre el sonido de los rayos que perforan la tierra con feroces envites y los relámpagos que rasgan el cielo en miles de fantasmagóricos pedazos, la verdad de mi autoengaño se abre paso con una violencia que me oprime el pecho y me dificulta respirar. Cada disparo de luz que cae a tierra se acerca más y más a mi figura, insignificante presencia en medio de la noche amenazadora. No son casuales, nada tiene que ver el azar con el dibujo que cerca mis salidas cerrándome el paso. Me apoyo en la gastada pared sintiendo de repente, y más que nunca, el hambre por vivir, la necesidad perentoria de vislumbrar el nuevo amanecer, de celebrar cada latido, cada lágrima que la vida me ofrece, cada minuto vivido con mi fiel y amado Shadow, que aúlla en el bosque llamándome a su lado. No quiero morir. Y lo comprendo ahora, cuando la muerte abre la puerta lentamente, haciéndome sentir con ese cruel y terrorífico gemido del metal oxidado, que el aire que llena mis pulmones será, quizás, el último soplo de vida que me resta. No hay ya tiempo, no hay escape posible ni lugar en el que ocultarme, pues este oscuro y maligno ser ha hecho suyo lo que un día fue sólo mío, mi morada secreta, mi remanso de paz.

La tormenta incendia cada paso sobre estas ruinas reduciendo mi espacio a un pequeño círculo en el que apenas consigo eludir las llamas. Sujeto mi capa entre mis dedos crispados sabiendo que la más pequeña chispa me inmolará en el altar pagano de este demonio. El aire parece espesarse en mi garganta y no consigo llevarlo a mi interior; mi mente se nubla, siento el vacío, la ligereza de mi cuerpo iniciando la caída, pero soy incapaz de detenerla. Con un último rastro de conciencia, mis ojos vislumbran una figura inmensa, oscura, vestida tan sólo con unos pantalones negros, sus pies descalzos, su pecho, amplio y desnudo y a su espalda... antes de que mis párpados se cierren puedo verlas, no sé si realidad o pesadilla, pero tan negras e increíbles como la pluma que deposité, osada, en el sillar caído. Sus alas se abren, imposibles en su amplitud y su existencia misma, abarcando la noche en toda su envergadura y dotándolo de un aura demoníaca que da forma al monstruo que no me atrevía a imaginar. Sus manos chorrean sangre y ni siquiera la oscuridad de la tormenta consigue esconder a mi mirada ese hecho fatídico. La muerte encarnada, el dios de la tormenta, el dios de la furia me mira con ojos de noche y vacío mientras los míos se cierran quizás por última vez.
No sé cuánto tiempo ha pasado; no sé si estoy soñando o si estoy muerta y este es el infierno que me ha sido destinado. Mi cuerpo se siente liviano, grácil y etéreo, dotado de la capacidad de elevarse en el viento y planear sobre las nubes que cubren el mundo. Pero... no soy yo. Es otro ser, es otro el cuerpo que se mece en el aire. Puedo verlo desde cierta distancia y cada átomo de mi ser desea alcanzarle, necesita alcanzarle por alguna razón que desconozco. El cielo se abre de repente y su cuerpo convulsiona azotado por miles de rayos que le voltean, le golpean sin piedad, trocando esas alas en negros apéndices mutilados, incapaces ya de sostenerle. Le veo caer, rompiendo el aire, quebrando cada pluma y cada miembro en ángulos imposibles y su rostro se contorsiona en agónicos gritos de un dolor que no puedo imaginar. Lloro en silencio su caída, escondiendo mis gemidos en mis manos unidas mientras le veo precipitarse a tierra más y más rápido, en un imposible vuelo que ha, por fuerza, de acabar con su vida. Veo ahora el agua negra, el océano oscuro que abre sus líquidos brazos para recibirlo, haciendo de sus olas más salvajes una tumba y una cuna para acoger su cuerpo malherido y siento, sin saber por qué, que algo o alguien ha tenido misericordia de su pena y ha intercedido para salvarle. El golpe es brutal, fiero, mortal para cualquiera que lo sufra, pero no para él. Cuando se estrella contra la barrera salada que lo envuelve y le sumerge hasta lo más profundo de sus aguas, los rayos y los truenos parecen volverse locos en su cielo, iluminando la noche y trayendo el día a esta tierra de seres mortales y débiles que será, a partir de ahora, su trono y refugio, su hogar maldito.
Un barco de pescadores, mudos y atónitos testigos de la caída de un ángel, rompen su silencio de repente en medio de la cacofonía de la tormenta gritando su nombre: Taranis.

Una convulsión, el aire penetrando de golpe en mis pulmones, me trae de nuevo a la vida. En mis labios resuena todavía el grito, el nombre que he pronunciado en voz alta llamándole angustiada. Intento incorporarme, pero el pánico me lo impide cuando comprendo dónde estoy. Sus brazos me sostienen, sus ojos de mirada incrédula me taladran y siento mi piel arder allí donde sus pupilas se posan. Mi capucha ha caído y mi pelo se enreda entre sus dedos, una atadura más para una fuga irrealizable. Su altura increíble, su formidable presencia, terrorífica, maligna y oscura, me paralizan de terror. ¡Quiero vivir! ¡Necesito vivir! Me retuerzo en sus brazos en un vano intento de huida, arañando su mejilla y mi propio brazo con mis uñas y la sangre brota al instante, salpicándome a su vez. Mi grito le hace contemplar, impertérrito, la quemadura que ha provocado su ponzoña en mi piel y en mis dedos y toca, curioso e indiferente, mis rasguños. Mi sangre en sus yemas parece brillar como si hubiese esparcido sobre ella polvo de oro, y le veo acercársela a sus propias heridas, que desaparecen al instante como si nunca hubiesen estado ahí. Su agarre es fuerte y su postura firme. No me habla, no dice nada en respuesta a mis gritos, pero sé que no lo he soñado, sé que el nombre en mis labios era real y sé que es el suyo. Sé, también, que no debería estar en poder de ese conocimiento y comprendo que quizás sea mi única baza a la hora de negociar por mi vida. ¿Cómo suplicar, cómo rogar a alguien que no muestra la más mínima compasión ni rastro alguno de sentimientos humanos? El pánico me paraliza y enmudece mientras intento buscar una salida, una respuesta a su muda pregunta. Sé que lo que he soñado pasó realmente alguna vez, mucho antes de que yo pisase estos bosques y estas ruinas por vez primera. Su rostro mira ahora al frente mientras se introduce por el oscuro hueco de la puerta conmigo en sus brazos. Sus manos son esposas de hierro ardiente sobre mi cuerpo, sogas cortantes que me impiden cualquier movimiento. Sólo mi mente es libre todavía, sólo mi voz, perdida en algún lugar de mi garganta e intentando salir desesperadamente. Los escalones parecen descender hasta el mismo infierno. Jamás, en mis paseos por estas murallas, osé aventurarme hasta sus profundidades. No puedo ver nada, pero este ser que me ata no duda ni titubea; sus pasos son firmes y puedo sentir el vaivén en lo alto de esta cárcel que su cuerpo ha forjado para mí.

Después de lo que me parece un siglo, su camino se detiene y oigo el gemido de una puerta que intuyo pesada y gastada, de oxidados goznes y de húmeda madera antigua. Me deja en el suelo y, aunque intento ponerme en pie, mis piernas me traicionan y caigo al suelo raspándome las rodillas y la palma de mis manos. Ya más acostumbrada a la oscuridad, puedo ver cómo su cabeza se ladea con curiosidad y parece detenerse a oler el aire viciado de la mazmorra. Sé que huele mi sangre, pero no hace nada para restañarla ni tampoco para atacarme. Me mira en silencio, como si no supiese qué hacer conmigo, y comprendo que es el momento de hablar, antes de que se vaya y me abandone en medio de esta nada que me tragará para siempre.

- ¿Qué quieres de mí? ¿Qué buscas? Sé que no es mi sangre, porque habrías podido matarme cien veces desde que llegaste al castillo.

Sus ojos están más allá de este mundo, puedo jurarlo. No tengo demasiadas experiencias con seres humanos, dado que mi interacción solía limitarse a Moira y poco más, pero puedo sentir las sombras abriéndose camino desde su interior, como si no pudiese mantenerlas a raya, como si estuviese lleno de negrura y maldad, de negro veneno que espera asomar a la menor ocasión. Afuera, muy, muy arriba sobre mi cabeza, la tormenta ha cesado y puedo oír en la lejanía el aullido lastimero de Shadow. Sé que vendrá a por mí, a pesar de que le ordené que esperase en la cueva, y sé que intentar salvarme será su fin. Las lágrimas ruedan por mis mejillas, pero nada conmueve a quien no las comprende, a quien no las conoce. Se gira, frío y letal en cada paso, malévolamente hermoso en su alado despliegue, y comienza a ascender, descalzo y lento, los gastados escalones, cerrando la puerta tras de sí. Me lanzo contra la madera golpeando con mis puños cerrados hasta que puedo sentir mis dedos quebrándose y la piel desollándose contra los hinchados tablones. Los gritos rasgan mi garganta arañando las viejas piedras y el eco de mi voz rebota en las paredes húmedas y frías, pero su paso no se detiene y, estoy segura, no mira atrás.
- ¡No me dejes aquí, por amor de Dios! ¡No me abandones! ¡¡¡¡TARANIS!!!!


TARANIS

La oscuridad viste de sombras mi presencia mientras dejo atrás los gemidos, fruto de ira, frustración, miedo y rabia, de mi cautiva. Camino azorado perdiéndome en el silencio del laberinto de cuevas que horadan el corazón de la roca, invisible, noche entre tinieblas.
Mis pasos náufragos arrastran mi deriva al más profundo rincón de mi morada. Exhalo el aire contenido desde el instante mismo en que sus labios dibujaron mi nombre, escapa de mi interior mientras mi espalda resbala por la húmeda pared de roca y quedo sentado sobre el embarrado suelo de la caverna.

Escapa el aire, escapa mi razón… y sólo queda el vacío, un inmenso vacío, minúsculo ante la magnificencia del interrogante…
“Taranis”, susurró la extraña, “Taranis”, gritó la desconocida…
Siglos han transcurrido desde la última ocasión en que alguien diera nombre a lo innombrable, a lo indescriptible, a mí.
Y aquella vez primera, aquella fatídica noche sin fin, el origen de esta muerte animada y vital, aquella noche en que tal apelativo me fue asociado me ha sido mostrado en sus ojos, en su mirada azul… Fragmento a fragmento, un recuerdo proyectado, robado e involuntariamente compartido...

Revivir mi caída, sentir de nuevo la caricia de la furia de los elementos, el poder de la tormenta extinguiendo en brillantes llamas una a una las otrora níveas alas, brillando en destellos de agonía mis plumas ígneas, pulverizadas por el fuego cruel de los rayos que me golpeaban sin piedad retorciendo mi ser en grotesco ardiente vuelo vertical hacia el inevitable impacto con la Tierra, mi nueva realidad.
Pero una rabia tan poderosa como la del firmamento tomó posesión de mi figura, nada puede el fuego contra la bravura del océano y pronto mi cuerpo impactó en gélido abrazo con las olas, hundiéndome más y más en la absoluta negrura.

No quedaba fuego alguno ya, no sobrevivió vestigio alguno de mis sobrenaturales extremidades aladas, todo quedaba atrás, consumido, perdido, como los recuerdos que sentí escapar de mí, uno a uno, entre las burbujas que huían en busca de la superficie a través de mis labios amoratados, purpúreas víctimas del celestial fuego.
Observé las esferas de oxígeno ascender hacia los últimos y tililantes destellos de luz sobre mí, y vi danzar imágenes entre ellas, los restos de una vida perdida, los recuerdos de mi plácida y plena existencia en el paraíso escapando de mi compañía como la suma deidad había dictado en mi sentencia, mi condena… Sólo la certeza de haber logrado el ideal y la añoranza permanecerían en mi interior, pero nada más, ni un detalle, ni un recuerdo, ni una imagen, sólo el sentimiento absoluto de pérdida, el inmenso vacío de haber tenido todo y haberme sido arrebatado…
Apenas recuerdo más, sólo dejar morir mi mirada, hacerme uno con la nada de las absolutas tinieblas que reptan bajo la superficie del nocturno océano. Permitir que los recuerdos me abandonaran, que hasta la última molécula de aire escapara. Desaparecer, muerto en vida, enterrado en la tumba del mar oscuro.
Pero aquello no fue más que el comienzo de una condena sólo digna de la penitencia más cruel frente al pecado de los pecados, mi blasfemia.

Pronto mi cuerpo dejó de mecerse con la corriente para verse arrastrado hacia la blancura de la espuma de la superficie fruto de la batalla del oleaje contra una endeble embarcación.
Abandonado, incapaz de ningún movimiento, enredado en unas rústicas redes de pescador fui alzado de las aguas y recogido por los culpables primeros de mi agonía, los hombres. Había completado mi bautismo de agua y fuego y comenzaba el ritual del dolor…
Sus voces, meros susurros en una lengua extraña que inexplicablemente comprendía con total claridad, discutían cargadas de pavor qué hacer con el hombre venido del fuego del cielo…
“Taranis” me llamaban, “el dios de la tormenta”, me apelaban…
Santa ignorancia, tamaña imaginación y eterno e incomprensible ánimo de dar nombre y explicación a aquello más allá de su entendimiento y razón.
“Taranis, el dios de la Tormenta”, reí, reí carcajadas salvajes, río mi boca sin apenas labios, carcajeó mi mandíbula de aserrados y letales dientes mientras los humanos se agolpaban, aterrados, unos contra otros, en el extremo contrario de la embarcación…
“Taranis, el dios de la Tormenta”, Taranis, aquel al que el único Dios arrojó a la tormenta, el condenado, la nueva plaga… Reí, reí mientras torpemente y pleno de esfuerzo y dolor conseguí alzar mi desnuda y quemada figura. Reí desafiante, obviando la presencia de los mortales, ya temblando y de rodillas frente a mí. Reí, reí alzando los brazos al firmamento, a un cielo al que ya no era bienvenido, del que había sido salvajemente proscrito.

Un último sonido, un último destello sellando mi destierro, un grito del creador en respuesta a mi risa, una lengua de fuego que hizo de lo que fue una embarcación masa heterogénea de pedazos de carne, maderas y ropajes humeantes dispersos por la marea…

Silencio, absoluto silencio yaciendo inmóvil en la superficie, abandonado al destino, delegando en él la voluntad de elegir una orilla, una costa donde depositar al condenado, el maldito que tras el último destello, el último adiós del creador, vestía un nuevo cuerpo desconocido y generaba suaves hondas con sus nuevas alas manteniéndolo a flote, alas negras como el océano en la noche más oscura, aquella noche…
...
Dejo que los recuerdos de una tan lejana como vívida noche se desvanezcan mientras regreso de nuevo al presente, a la seguridad de mi refugio a apenas unos metros de aquella playa donde mis pies pisaron tierra firme por primera vez, a la caverna que me oculta, al interrogante que me persigue, a mi nombre en sus labios…

“Taranis”… una palabra maldita, la primera escuchada al abandonar la luz divina.
“Taranis”… un título nacido del fuego, la destrucción, el apelativo del monarca de un nuevo reino de agonía y muerte.
“Taranis”, una palabra que fue sello, rúbrica y clave a mi condena, un apelativo prohibido, innombrable ni aún en los susurros de la leyenda hecha advertencia junto a la lumbre de los hogares de estas tierras malditas…
“Taranis”, el nombre olvidado que toma vida de nuevo en la voz de quien, inexplicablemente, ha visto lo que Dios mismo prohibió ver, mi caída, mi renacimiento como el demonio del dolor, el ángel de la muerte, el dios de la tormenta, de la sangre… ella posee el conocimiento, pero… ¿POR QUÉ?