jueves, 2 de diciembre de 2010

El Secreto de Sus Ojos

Valoración: 10/10

    El secreto de sus ojos
    No fue otra vida. Es esta


    Al igual que le sucedió a Asia, Latinoamérica comienza a despertar definitivamente de su letargo cinematográfico. Quizás sea Argentina uno de sus países que más éxitos ha cosechado en los últimos años y uno de sus mejores representantes Juan José Campanella. El director de El mismo amor, la misma lluvia o Luna de Avellaneda regresa a la gran pantalla del mejor modo posible, con un film policíaco que no renuncia a la sensibilidad de sus anteriores trabajos. El secreto de sus ojos es un verdadero tesoro de celuloide. Quizás sea esta la película clave para convencer a todos aquellos que aún recelan del cine que hacen nuestros hermanos del otro lado del Atlántico.

    La historia -basada en un texto del novelista Eduardo Sacheri, que también se ha ocupado de adaptarlo al guión- nos presenta a Benjamín Espósito, un antiguo secretario de Juzgado reconvertido en escritor. Tras muchos años de ausencia, Benjamín regresa a Buenos Aires ya jubilado, dispuesto a reencontrarse con su antigua compañera de trabajo, la adinerada y exitosa Irene Hastings. Lo que comienza siendo el recuerdo de un asesinato que quedó sin resolver termina llevando al protagonista a repasar su propia historia, su propio pasado inacabado en el que todavía queda una última página por escribir.

    El primer acierto de la película es un guión espléndido, bien hilado, sin engaños ni vueltas de tuerca innecesarias. El secreto de sus ojos rescata la esencia del cine negro americano de los años cincuenta sin renunciar por ello a un carácter profundamente latino. Campanella no solo se las apaña para mezclar con éxito thriller, drama romántico y comedia, sino que lo hace además a través del tiempo. Las constantes transiciones entre presente y pasado gracias a los objetos cotidianos como la máquina de escribir, el sonido del teléfono o las mismas frases y gestos de los protagonistas están perfectamente enlazadas. El toque de humor lo ponen unos trabadísimos diálogos, perfecto exponente de ese humor ácido argentino que tanto gusta en nuestro país.

    Al éxito del film contribuyen unos actores que trascienden de su condición para convertirse en los personajes que interpretan. Ricardo Darín hubiera merecido una Concha de Plata en San Sebastián por ese Espósito eternamente enamorado e indeciso. Al mismo nivel está Soledad Villamil, que lo expresa absolutamente todo con sus miradas, resultando en una química con su compañero de reparto nada habitual. Por supuesto, no se quedan atrás un Guillermo Francella absolutamente fantástico dando vida al alcohólico y genial Pablo ni Javier Rodino y Pablo Rago como el inquietante asesino y su atormentado persecutor. Hasta los pequeños secundarios están inmensos.

    Para rematar la jugada, la película está increíblemente bien rodada, en un constante suma y sigue de escenas memorables: La ejecución de Pablo, ese momento de tensión insostenible en el ascensor con el asesino sacando el cargador de la pistola, la puerta abierta que deja tras de si el infierno silencioso del cautivo y su carcelero o esa otra puerta cerrada que confirma el amor largamente acariciado. Da la impresión de que Campanella haya querido experimentar con diversas técnicas cinematográficas, desde la cámara lenta en la estación del tren hasta ese increíble plano secuencia de la persecución en el estadio de fútbol, casi equiparable (trucos digitales incluidos) a la de Alfonso Cuarón en Hijos de los hombres. Es solo otro logro más de una película en la que todo es perfecto, desde el esclarecedor título hasta la ambientación de la convulsa argentina de los años setenta pasando por la música de Federico Jusid y Emilio Kauderer que deja caer sus notas de piano en el momento preciso.

    Esta película confirma la excelente salud del cine latinoamericano en general y del argentino en particular. Juan José Campanella ha creado un clásico instantáneo, una película que huele a gran cine desde su mismo comienzo. Con un argumento perfecto, unas interpretaciones superlativas y una dirección inspiradísima, El secreto de sus ojos se basta y sobra para meter al espectador en la película y coronarse como la mejor producción argentina de los últimos tiempos. Solo alguien que ama profundamente el cine es capaz de rodar una película como ésta: Al igual que los personajes del film, Campanella es incapaz de cambiar de pasión, esos secretos que cuentan los ojos -que lo mismo expresan un amor imposible que delatan a un asesino- o esa letra que falta para convertir lo que se teme en lo que se ama.
Keichi

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