miércoles, 9 de mayo de 2012

Evan (XVII)


- CAPITULO 17 -

JANE


Viajando sumida en un desconcertante limbo. Ya no siento mi cuerpo, ni siquiera mis ojos responden a las insistentes órdenes de mi cerebro hacia cada fibra muscular y terminación nerviosa. Tan solo mi piel percibe con sutileza la fría caricia del viento sobre mi rostro y mi nariz, impregnada de una heterogénea mezcla de aromas indefinibles, de agua y de sangre, de bosque y sudor.

Me siento extremadamente exhausta, física y emocionalmente, sospecho que me encuentro en estado de shock. Después de unos acontecimientos que me han conducido espantosamente al borde de la locura, no puedo más que dejarme llevar, por unos brazos que huelen a ámbar y madera, a testosterona pura inmovilizándome amorosamente hacia un desconocido destino, el cual ni siquiera me importa.

Sin precisar los segundos, minutos u horas transcurridas, mi vampiro me acomoda con suavidad en lo que supongo es una cama, al tiempo que mis células se despiertan poco a poco de su forzoso letargo. Maldita resurrección que me expone indefensa a un repentino e indescriptible dolor invadiendo cual incendio cada partícula de mi ser.

Incrédula, escucho la voz de Evan deslizarse en mi cabeza:

- Pasará Jane, relájate, no luches, no te esfuerces.- Murmura con un matiz de angustia envolviendo sus palabras, nada tranquilizador.

Un grito desgarrador escala desde mis entrañas rasgando con zarpas de fuego mi garganta, cuando siento mi magullado cuerpo arder como una bengala.

Me envuelve la nada, y el martirio cesa completamente. Parpadeo, y mis pestañas cosquillean mis párpados agradablemente. Escucho retumbar agitadamente el corazón de Evan en su pecho. Qué extraño…

Me incorporo muy lentamente, temerosa e insegura por el regreso de una tortura tan absurda como extrema.

Sus gloriosos ojos me observan con seriedad y detenimiento.

-Por favor dí algo.- Ruego expectante, al tiempo que sorprendida. Frunzo el ceño por el musical y desconocido timbre que destila mi voz.

Entreabre la boca dubitativo, como si su respuesta pudiera desencadenar un caos.

-Jane…- Pronuncia alargando sensiblemente las vocales.

Me incorporo en un súbito salto, buscando el espejo que confirme la sospecha, entregada con reservas y silencio y, ese palpitar, tan delatador.

Adornado por un sencillo marco de madera de wengué, el regalo de mi silueta me paraliza por unos instantes.
Mi desnudez, vestida por una piel perfecta, sin cicatrices ni magulladuras. Me percibo con un halo de sofisticación que me recuerda en cierto modo a la belleza exquisita de mi captora. Acerco mi rostro con curiosidad, la punta de mi nariz roza la limpia textura del cristal, aguamarina profunda observándome con detenimiento.
Mi gesto imita el gruñido de un felino, descubriendo el marfil afilado de unos colmillos tan excitantes como aterradores.

La voz profunda de Evan acaricia mis oídos deslizándose entre la prudente distancia del aire que nos separa.

-Ssshhh...- le interrumpo seductora volviéndome hacia él.

Como siempre entre nosotros sobran las palabras, pasión contenida color cobalto bañando mi cuerpo hasta humedecerlo completamente.

-Desnúdate- Murmullo con suavidad. Me obedece, despojándose con elegante diligencia, de un desgastado suéter negro pegado a sus músculos.

En este preciso instante, el delirante pulso entre la cordura y el deseo albergado irremediablemente en nuestros cuerpos concluye al fin.

Tira lenta y suavemente de mi muñeca para acercarme a él. Me estremezco, cuando la desnuda piel de su torso abraza por fin la mía. Desliza sus manos por mi espalda ciñéndolas a mis nalgas y levantándome del suelo. Enredo mis piernas a su cintura sintiéndome vivir uno de los momentos más eróticos de mi vida.

Sus labios, mojados y provocadores, dispuestos a robarme la razón, rozan los míos, con caricias abrasadoras, casi delictivas.

Me lleva prisionera de sus brazos contra el colchón gimiendo con frenesí contra mi boca. Recorre con deleite mis curvas con las yemas de sus dedos. Hunde su cabeza entre mis pechos, sujetándolos entre sus palmas y besándolos ardientemente. Succiona un pezón, una y otra vez, relamiéndolo ahora pausado y luego ferozmente.

Tal placentera sensación se expande como lava por mi interior, erizando mi piel y empapando mi sexo, palpitando ansioso por su enérgica invasión.

Se desliza cual felino hacia mis caderas y gruñe como un depredador contra mis muslos acercándose descaradamente hacia mi centro. Cual voraz emboscada, me chupa, me muerde y me succiona magistralmente, arrancándome un orgasmo en menos de 30 segundos, me invade otro y otro más. Mi sexo se contrae y mi clítoris se hincha y sensibiliza aturdido de tanto placer.

Con dedos temblorosos y tórrida mirada, desabrocho su pantalón y tomo su implacable erección entre mis manos, enorme y dura, la aprieto con suavidad, envolviéndola de arriba abajo una y otra vez. Arquea su espalda rugiendo de placer y presiona su entrepierna contra la entrada que lo suplica.

Me embiste profundamente, arremetiendo con contundencia contra mi cuerpo, que lo acoge apasionada entre jadeos.
Se recuesta ágilmente de espaldas al colchón, reclamando la sedosa voluptuosidad de mis pechos sobre sus sensitivas yemas, mientras lo cabalgo apasionadamente.

Una corriente eléctrica me recorre desde la cara interna de mis muslos hasta mi vientre, viene y va, en un juego provocador y deliciosamente perverso.

Presiento un nuevo éxtasis, acompañado por un insólito instinto, primario y animal. Siento la sangre de Evan fluir con rapidez por sus venas. Me mira, con una sonrisa de medio lado cómplice y poderosa, confirmando sin palabras mi escandaloso deseo.

Alza sus caderas y tomando el relevo en la carrera, me asalta desde abajo. Ladea su cabeza gustoso y me acerco complaciente a su yugular que beso con mimo con los labios encarnados. El filo de mis colmillos penetra instintivamente su garganta, saboreando cual aprendiz, la deliciosa textura llena de matices de la sangre, tibia, dulce y salada, exótica.

Bebo en inocentes sorbos, mientras mi vampiro sigue haciéndome el amor impetuosamente. Me separo cuando me sacude un orgasmo que me obliga a gritar, al tiempo que él hecha la cabeza hacia atrás en una última arremetida que me llena por completo.

Exhaustos y sonrientes nos echamos uno al lado del otro, fundidos en un amoroso abrazo. Relamo dos pequeñas gotas carmesí resbalando hacia su nuca y su herida cicatriza mágicamente ante el contacto.

Mil preguntas bullen en mi cabeza sobre esta inesperada y naciente vida, por ahora tan solo deseo aferrarlo entre mis brazos y dormirme entre el abrigo de los suyos.

Mañana, susurra mi mente en silencio, quizás la eternidad?.


FIN

-Sikeray-

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