lunes, 9 de julio de 2012

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (II)

CAPITULO 2

AERYN

El sol comienza a descender en el horizonte y puedo ver las sombras avanzando con terrible lentitud sobre el bosque, cubriéndolo todo con su manto de olvido y anonimato. Pronto se irán todos a dormir en el pueblo, cerrando las puertas de sus casas con trabas de madera y ensalmos contra las brujas, y será entonces mi hora, el momento de atravesar los caminos y rodear las pobres chozas hasta alcanzar mi destino.

Está prohibida mi presencia entre estos aldeanos que niegan ser mis iguales, marcándome como distinta y, por lo tanto, indeseada, temida, odiada sin culpa por mi parte; de ahí la capa escarlata que me obligan a llevar, la que anuncia mi llegada desde la distancia, para permitirles divisarme y ocultarse de mi presencia. Pero no es el miedo a que me descubran el que me hace mirar, temerosa, en todas direcciones; no la precaución que adopto como norma para evitar el encuentro con quien no me desea cerca, sino esa sensación extraña, ese hormigueo inquieto de la sangre en mis venas, ese velo de oscuridad que se cierne sobre estas tierras desde hace un tiempo y que nadie más parece notar.

Una energía feroz parece adueñarse de cada animal y cada planta de los bosques, de cada árbol y cada rincón del que llamo mi hogar. Los lobos aúllan noche tras noche en dirección al mar y sé que algo extraño, algo peligroso se acerca, acorralándonos, empujándonos a refugiarnos bajo los míseros techos incapaces de protegernos.

Me he demorado recogiendo las últimas hierbas que preciso para la poción de Moira, aún sabiendo que ya está lejos de mí, lejos de todos los que la han querido, y que sólo espera la mano misericordiosa de la parca cortando el hilo de su vida.

Los árboles, mis amigos fieles desde que tengo memoria, me ocultan de ojos extraños y transportan en sus hojas los rumores que circulan de rama en rama, traídos por el viento, desde los fieros acantilados hasta los campos sembrados, preñados de las esperanzas de los aldeanos. He perdido el mar... mi mar azul, la ventana al infinito a la cual me asomaba cada atardecer. Ahora me asusta el viejo lugar que siempre fue mi refugio; siento el pánico helando mi sangre y aplastando mi pecho hasta que noto que no puedo ya respirar si me acerco un paso más; pero no puedo alejarme, tampoco. Me llama un grito sin voz, un hueco oscuro que espera ser llenado, algo peligroso, algo letal y oscuro que espera envolverme en sus sombras. ¿Será verdad que el mal habita en mí, como dicen las gentes del pueblo? ¿En qué me estoy convirtiendo, vagando entre las ruinas cada atardecer, incapaz de regresar a mis bosques hasta que un aullido, un sonido extraño o el eco de unos pasos en las piedras me arrancan del trance en que estoy sumida y me permiten la huida cobarde una noche más?

Me he detenido en el claro que ha sido sólo nuestro durante toda una vida; el viejo columpio cuyas sujeciones habremos cambiado docenas de veces, la hierba que crece en todas partes y que ha desaparecido bajo el asiento por nuestros pies arrastrándose por la tierra una y otra vez. Me siento en él escuchando el crujido de las cuerdas deshilachadas al mecerme y cierro los ojos dejándome deslizar en el calmo vaivén de la tarde que muere. Los sonidos del bosque nocturno se desperezan en mis oídos y el aire se carga del perfume de las flores de luna, de las que regalan su aroma y su belleza a los hijos de la oscuridad. Recuerdo este asiento de madera gastado por el tiempo y el día que lo colgamos de nuestro árbol, hace tantos años que ya he dejado de contarlos. Nuestro árbol, nuestro columpio, nuestro claro, nuestra vida juntas... una lágrima resbala por mi mejilla, consciente de que no podré derramarlas en su presencia, a pesar de que ya no me reconoce. Moira fue mi primera y única amiga, la única persona que ha estado a mi lado en todos estos años de casi absoluto aislamiento. El vaivén lento con el que me impulso despierta recuerdos dormidos hace décadas...

La madre de Moira, Mckenna, una vieja bruja de mal carácter y rostro siempre avinagrado, me apartaba de un empujón llamándome escoria irlandesa y haciendo un gesto que, no tardaría en enterarme, pretendía alejar los malos espíritus. No recuerdo qué edad tenía yo, pero Moi me ha dicho cientos de veces que éramos casi de la misma edad, así que supongo que tendría 4 apenas cumplidos. Es mi primera imagen del pasado: Un rostro hermoso, una cabellera de oro sobre mi rostro cuando aquella voz dulce me daba un beso de buenas noches llamándome su ángel- al menos sé que un día fui amada- y después a la vieja tirándome al suelo en el centro del pueblo, frente a todos los niños; la mujer de voz dulce nunca regresó. Los niños son crueles, lo sé de primera mano, aunque también pueden encerrar toda la inocencia y el amor más puro en sus almas aún limpias. Me tiraban piedras porque estaba permitido, simplemente. Una adulta me había humillado, me había arrojado al suelo sin contemplaciones, así que ellos me juzgarían por el mismo rasero, sin importar cuál fuese mi culpa. Me encogí intentando minimizar la superficie susceptible de ser golpeada hasta que Moira se puso delante de mí, haciendo de su cuerpecillo menudo el escudo que habría de ser para mí hasta que la enfermedad le impidió salir de su lecho. Desde ese día fuimos dos y todo fue nuestro. Ya no estaba sola, y en mi sabiduría infantil aprendí que bastaba una persona para conformar un mundo, porque el amor podría rellenar todos los huecos... o casi todos. Cada atardecer, al terminar sus labores y sin importar lo mucho que su madre la regañase, mi amiga se escapaba y en este claro recreábamos mil historias acerca del castillo del acantilado, del duque con el que ella se iba a casar y del forastero misterioso que llegaría de más allá del mar a buscarme para llevarme a mi verdadero hogar, del que había sido arrebatada de niña, y donde me esperaba un mundo mágico en el que cada pregunta tendría una respuesta.

Ha llegado la noche y aún he de preparar la cesta que quiero llevarle a Moi. He hecho sus pastelillos favoritos con un poco de harina que el molinero me ha cambiado por las hierbas para su dolor de huesos. El azúcar he tenido que suplicarlo además de dar a cambio la capa de lana que acababa de coser, pero valdrá la pena ver el rostro de mi querida amiga cuando los pruebe. Recojo los distintos elementos que preciso para masajear su cuerpo dolorido y emprendo el camino. Es peligroso para mí que me descubran circulando de noche cerca de sus casas, pero no quiero exponerme a la luz del día con esta odiada capa roja, que señala mi supuesta culpa desde lejos, despertando insultos y aún alguna pedrada ocasional. Moira jamás me culpó por algo de lo que yo no era responsable... ni siquiera cuando se hizo patente que mi piel no envejecería a la par que la suya, que mi paso no se haría más lento con los años ni se marchitaría el color en mis mejillas mientras ella se doblegaba a los años y los achaques que acabaron postrándola en su lecho de moribunda. Limpio mis lágrimas una vez más y abandono el bosque que es mi hogar desde que tengo memoria. Durante unas horas, mientras cuido de ella, mientras trenzo sus cabellos plateados y perfumo su piel con loción de rosas y aloe, mientras rememoro en voz alta las aventuras que vivimos de niñas, olvidaré que ella me está dejando, latido tras latido, muy, muy atrás, donde ya no podré encontrarla por más que extienda mi mano, esperándola en nuestro columpio.

….

TARANIS


La jornada de reinado del sol toca a su fin, terminan las horas de agonía, de fugaces visitas a la paz del olvido del sueño para retornar a la dolorosa realidad del físico sufrimiento...

Desnuda mi cuerpo mi alada cobertura en su retirada en el instante mismo en que la noche despliega sus galas sobre mis tierras, desvelando el misterio, despertando a las criaturas de las tinieblas...

Apenas puedo moverme, cada mínimo gesto es grito callado, cada paso obscena carcajada irónica que susurra una condena, una maldición sentenciada al eterno ciclo, al inalcanzable fin.

Camino en silencio, consciente de la nula utilidad de cualquier gemido, queja, nada escapa de mis labios más allá de velados gruñidos, estertores de un cuerpo eterno mas vulnerable a mi estigma en inquebrantable fragilidad. No hay luz alguna a mi paso, ninguna antorcha ilumina el pasillo que me conduce al exterior, no hay esperanza, no hay voluntad en insuflarles de nuevo vida cuando sé... sé que apenas podré ver... nada.

El gélido viento exterior colisiona con mi piel desnuda, su aliento hecho daga tortura cada poro de mi piel, mientras, en inútil gesto, abrazo mi torso reposando mi espalda contra el frío de una lápida olvidada, testigo atemporal de que hubo un tiempo en que, sobre esta inhóspita roca hubo vida, hubo un quizás, un futuro y unos sueños que precedieron a este presente donde no hay nada más allá de la pesadilla.

Todo contorno es borroso, mis sentidos se apagan ahogados en océanos de dolor, apenas puedo ver, mas sí sentir, sentir...demasiado. Cálidas lágrimas resbalan por mi rostro, lágrimas de sangre escarlata que gota a gota desgarran el dolor sobre un pecho donde un corazón hace demasiado ya que no late.

Se alzan mis ojos vacíos hacia una luna que en su cobardía trata de esconderse entre nubes que amenazan tormenta, ni ella, adorada acompañante de mis noches, osa mirarme, no, no así.

Crece, crece el dolor. Grita, grita la agonía. Condena, Maldición, eterno sortilegio que me sentencia a la muerte en vida, que me fuerza, me obliga a tomar la vida para evitar la muerte... y hoy, hoy es la noche.

Grito, grito alzándome, hechos mis puños martillo de celestial fuerza, arrojándome contra la figura de un ángel yacente, un ser que, en su marmórea eternidad llora la pérdida sobre una lápida cuya inscripción borró el olvido hace demasiado. Grito, grito hecho uno mi lamento con el aullido los hijos de la noche, los lobos, que, en su respeto, me circundan en mística y reverente formación, mientras el rostro, las alas de mi pétreo igual se deshacen entre mis manos ensangrentadas golpe a golpe.

Muere el ángel eterno, muere mi alma, hoy es la noche, el depredador ha regresado.




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