martes, 30 de julio de 2013

Sombras Malditas - El Paraíso Prohibido (VI)

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AERYN
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Voy a morir, lo sé igual que sé que estos recuerdos no me pertenecen, o que este ser que me ha abandonado en las oscuras entrañas de la tierra no es humano. Todavía no comprendo qué ha pasado, cómo he llegado a esta situación en la que todas mis opciones han desaparecido tras el forastero que me ha arrojado a este pozo. Sé lo que he visto pero no puedo creerlo. Siempre he pensado que un Ser superior espiaba nuestras vidas, controlando su creación desde la indiferencia de la distancia y el tiempo, pero esto… esto supera todo lo que alguna vez pude soñar. Sus alas eran blancas, de un blanco más puro que la nieve recién caída o que la espuma del mar contra las rocas. He visto sus plumas desprenderse en la caída, quebrarse en ángulos imposibles sus extremidades y arder, por fin, con el fuego de mil rayos golpeando los níveos apéndices. He visto, mientras él me sostenía en sus brazos, la agonía de un ángel que sabe que ha perdido la gracia de su Creador; sus ojos murieron bajo las aguas, su alma se perdió en algún momento entre el cielo y la sal, porque lo que ascendió desde las profundidades del océano era este ser que ahora encierra toda la oscuridad del mundo en su mirada. Desconozco el motivo de su perdición, pero las sombras le envuelven y le poseen desde el interior mismo de su cuerpo, no de su alma, pues no queda alma en ese cascarón de furia, de violencia y destrucción.

Sus pasos se alejan ahora y me dejo caer vencida, rendida por fin a la certeza de que mis últimos momentos en esta vida se desarrollarán entre estas paredes de piedra que rezuman frío y muerte. Los sollozos sacuden mi cuerpo y los temblores son tales que no sé si es frío o es la Parca anunciando su presencia con la gelidez de las sombras... me encojo sobre mí misma y mis brazos aprietan mi vientre, atacado por mil latigazos, por mil cuchilladas que me hacen gritar de dolor, un dolor como nunca he sentido. Voy a morir... voy a morir sola, olvidada, llorada únicamente por mi fiel Shadow, cuyos aullidos se hacen más y más audibles, como si corriese en mi busca. Mi grito resuena en los oscuros y vacíos corredores, desatando ecos burlones que repiten el nombre del monstruo una y otra vez llamándole a mi presencia, y no sé bien si para maldecirle o para suplicarle una clemencia que sé que no posee. Mi columna se comba en ángulos imposibles; parece que cada hueso de mi cuerpo se rompiese en miles de fragmentos astillando músculos y piel. Miro mis manos y observo, impotente, la sangre que corre por mis palmas formando charcos sobre las losas de piedra. Recuerdo el cuerpo de Moira y me pregunto si sería este su destino y su fin, si compartiré con ella la muerte sangrienta y solitaria que Taranis nos impone. El dolor se hace, al fin, tan intenso, que presiento la bendición de la inconsciencia, del desmayo y la ausencia misericordiosas. Pero no hay paz en el sueño para mí… En un limbo de calma indolora contemplo, como en un teatro de títeres, el baile silencioso de figuras increíbles, de seres alados de imposible hermosura apostados en silencio, armados como un ejército, en vastos campos de batalla aguardando las órdenes de su líder, Taranis.

El escenario cambia y las luchas mudan en escenas confusas, vacías de palabras pero plenas de sentimientos encontrados… pasión, miedo, dolor, furia… y en medio de todo, en medio de todos, Taranis una vez más.

Sé que es él, pero no es él por completo. No como ahora, al menos… sus ojos, del color de la plata líquida, son limpios y puros, remansos de paz que se posan, bondadosos, en los que acuden a su presencia. Y ahora negros una vez más… en mi confusión se mezclan las dos imágenes, las dos caras del mismo ser que es mi carcelero y quizás mi verdugo. Me siento emerger lentamente a la vigilia y sé que el dolor llegará de nuevo como un latigazo, condenándome a languidecer aquí abajo, sola y a oscuras, sin respuestas ni testigos de mi final. Mis brazos arden como si los fuegos del infiernos me consumiesen desde el mismo interior de mi huesos… sé que es donde él me tocó, donde sus manos grandes y ásperas se posaron en mi piel, quemando con su roce cada centímetro expuesto a su contacto. No tengo esperanzas, no tengo fuerzas y en mi mente se asienta la absurda idea de que es él, de que es su presencia la que me ha provocado esta agonía. De repente, y de forma inesperada, el sonido de unas garras sobre la piedra me hace contener la respiración. Puedo sentir el eco del trote ligero de Shadow… sé que es él. Lo noto en mi corazón y la esperanza renace acercándose con su carrera en mi busca. Su simple presencia al otro lado de la puerta parece bastar para insuflarme ánimos y darme algo de la fuerza que me falta. Sus quejidos resuenan en los corredores de piedra y por unos instantes temo que atraigan la atención del monstruo, pero mi fiel amigo es sabio y confío en su instinto… Le oigo posar sus patas sobre la puerta y mover con sus fuertes quijadas la traba que me mantiene prisionera. Se lanza sobre mí, lamiendo mis heridas, acariciando con su hocico frío y húmedo los rasguños de mi piel y el calor de la suya alivia mi frío y mi miedo. Ya no sangro… ya no hay dolor y mis fuerzas regresan poco a poco, como una pequeña llama que se alimenta despacio hasta convertirse en una hoguera. Permanezco abrazada a mi lobo pensando en escapar, en enfrentarme a él, en huir lejos de este pueblo y este lugar maldito, en buscarle en su guarida, en la cueva que le acoge y exigir respuestas. Temo por Shadow, porque sé que no podrá hacerle frente y salir victorioso, pero sé que, huya a donde huya, nunca podré detenerme. No podré hacer amigos, no podré explicar por qué no envejezco, por qué nunca enfermo o por qué los animales me buscan y rodean como a una de ellos. Estoy cansada de esconderme, de pensar en mí misma como una abominación, como un monstruo con apariencia de chiquilla frágil… soy demasiado vieja, estoy demasiado cansada para seguir escapando de todos y de mí misma. Necesito saber…

Me alzo despacio, apoyándome en el lomo de mi fiel compañero, y podría jurar que es más grande de lo que nunca ha sido, como si hubiese crecido de la noche a la mañana para ser, una vez más, mi refugio y mi sostén. Salgo de la celda y, a la escasa luz que se filtra por la abertura del pozo, puedo vislumbrar un laberinto de cuevas, pasillos de piedra oscura y húmeda que se abren en abanico a mil destinos ignotos y temibles. Descalza, aterida y con mi ropa hecha jirones, dejo que mis pasos me guíen, siguiendo mi instinto. Sé dónde encontrarle; puedo sentirle, presentir su aura, de alguna manera inexplicable. Si quisiera matarme podría haberlo hecho en lugar de encerrarme. Sé que su nombre en mis labios ha abierto una puerta que ninguno de los dos quiere ver cerrada. Necesito saber por qué aparece en mis sueños, por qué su dolor rasga mis entrañas y sus recuerdos se agolpan en mi mente hablándome de cielos que no he conocido, de seres cuya existencia jamás soñé. Y necesito saber si, en algún lugar profundo y oscuro de su pecho, queda algún resquicio de aquel ser de ojos de plata, de aquel militar feroz, de aquel ángel bondadoso cuya mirada se posaba en miles de almas con el amor de un padre.

Camino lentamente, pisando charcos e hiriéndome las plantas mientras me abro paso a través de los túneles. Una mano apoyada en la pared para no perderme en la oscuridad y la otra apoyada en Shadow, que camina, renuente, a mi lado. Sé que estoy cerca… una energía extraña crepita en el aire viciado del corredor, y puedo ver frente a mí la tenue luz parpadeante de una vela. No se sorprende al verme; supongo que me esperaba y, en realidad, no represento para él la más mínima amenaza. Un sillón destartalado, una mesa decrépita con una simple vela sobre ella, una chimenea apagada, libros, cientos, miles de libros desperdigados por toda la estancia y, en el centro, impávido, feroz, inmenso y oscuro como una tormenta, el ángel de la muerte con sus alas extendidas, contemplándome en silencio como si yo fuese un enigma al que no encuentra solución.

- Por qué sueño contigo y qué quieres de mí? Quién eres, Taranis? O quién fuiste una vez?


TARANIS
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Varias han sido las lunas que han bañado con sus lágrimas de plata, filtradas por las grietas de esta caverna infinita, noches eternas desde que ella yace en cautiverio en mi morada. Incontables los pasos que a la deriva han dado mis pies desnudos frente a la puerta que me esconde de su presencia. Escuchando su silencio, su dolor, su sufrimiento, su descenso en una espiral de delirio alejándose más y más de la cordura, más y más de la vida, cayendo en una intermitente inconsciencia cada vez más próxima al sueño eterno de la fría muerte.

Grande ha sido la tentación de observar su envilecida belleza a través del mínimo orificio que comunica el interior de la mazmorra con el corredor oscuro, una abertura de acero barrada, ventana a la decrepitud de aquellos que privados de la libertad, abrazan la desesperanza y la muerte. Sólo sabiéndola más allá de la frontera del sueño más profundo me he permitido reposar mi depredadora mirada sobre sus facciones. E incluso ese simple gesto en la distancia parecía agravar su dolor, hacer de su viaje onírico pesadillas, de su gesto abandonado mueca y máscara de trágica pantomima…

Mi mera presencia, mi misma cercanía, ángel de la destrucción, parece atraer a la muerte misma a su lado. Traslúcida presencia que, con guadaña invisible, orada su piel, hace de sus heridas inagotable fuente de sangre escarlata que he visto, noche tras noche, brotar incluso de la comisura de unos labios y párpados ya pálidos y cenicientos, gotas de vida que, desafiando toda lógica y gravedad, reptan por el gélido suelo empedrado, hacia mí, delatoras de mi presencia…

La razón de mi acercamiento, de no optar simplemente por dejarla morir en soledad y oscuridad entre unos muros esculpidos para el olvido, donde nadie podría escuchar sus gritos, reside en una curiosidad que quiebra mi centenario hastío… Desde que su voz dio forma al nombre que adopté como ser terrenal, no han dejado de brotar de ellos, a cada ocasión en que el trance de la inconsciencia tomaba posesión de su ser, misterios, secretos de imposible conocimiento para una criatura como la frágil cautiva. Reconozco en sus palabras entrecortadas, meramente balbuceadas, imágenes, rostros, recuerdos… Dibujan sus frases inconexas mi ayer, a aquel que fui antes de ser condenado, exiliado, proscrito. Atesora su mente por una razón que escapa a mi imaginación nítidos recuerdos, los mismos que para yo mismo recuperar, hube de luchar siglos, matar a los designados por la deidad firmante de mi sentencia… y no lo comprendo, no lo entiendo…

¿Una cruel broma del destino?¿Un epígrafe más, una clausula hasta ahora oculta que trae la tortura del recuerdo de lo perdido al interior mismo de mi morada, a mis oídos, a mi atormentada y quebrada mente y perdida esperanza? ¿O acaso un milagro?...

Sonrío, envenenado de sarcasmo… ¿Un milagro? Sé de primera mano en qué consisten, cómo y para qué nacen, y total seguridad tengo que no me será destinado en modo alguno, sólo condena, eterna condena. Demasiadas veces, demasiados siglos, demasiadas noches eternas oré, traté de preservar la gema de la esperanza, la fe en un quizás… que demasiado dolor, demasiada sangre, muerte, vacío y soledad, mató hace mucho tiempo ya.

Pero no, no seré yo quien en este macabro juego ponga fin a su sufrimiento, no serán mis manos ensangrentadas quienes bailarán sobre su piel arrancando la esencia de su vida y el alma de su frágil carcasa. No, habiendo sido testigo de los misterios emponzoñados que parece ocultar, no, mi dolor no será embalsamado con el tóxico elixir de su existencia robada.

Tomada una decisión y caminando ya hacia lo más profundo de mi retiro de roca, dejo que una susurrada orden mental permita que la olvidada puerta que comunica los corredores con el exterior se abra a las voces de la oscuridad, a las fieras que son eco de los gemidos de la dama herida desde su encierro, que aúllan sobre las rocas y gritan su desgracia, sus acompañantes, mis hijos, los hijos de la noche eterna, los lobos. Ellos tomarán su carne, su angre, ellos tomarán su vida, alejarán de mí su perturbadora presencia y me devolverán la paz del olvido, de la absoluta nada.

Aposentado en el rincón más oscuro del habitáculo más recóndito y oculto en el corazón de la tierra, rodeado de los susurros de incontables volúmenes que he ido adoptando en mi impía biblioteca me deleito en la contemplación del seductor baile de la llama de una vela, única compañera y testigo del cierre de un extraño capítulo más de mi existencia. En silencio, escuchamos.

Sé que el perímetro de mi fortaleza ha sido violado, escucho ágiles patas correr sobre las rocas, distingo ceder la madera de la puerta de la mazmorra frente al ansia depredadora. ¿Serán mis lobos, sangrientos compañeros de caza, o acaso su eterno lupino compañero de ojos sabios, que en su infinita lealtad trae el honor de acabar con su sufrimiento en un último acto de piedad?.Ni siquiera importa, sólo quiero que regrese el silencio…

Pero nunca llega… y por alguna extraña razón, tampoco en su ausencia está mi sorpresa. No tardan en escucharse unos pasos vacilantes, y no ya el ágil y elegante paso del lobo, sino el trastabillar de un inseguro caminar propio sólo de unos pies humanos, inexplicable y nuevamente vivos. Se despliegan mis alas, oscureciendo aún más la estancia, y en mi rostro una sonrisa entre la ironía y el desdén en el instante mismo en que su figura, acompañada una vez más por su guardián y ahora sostén de su precario equilibrio, se dibuja en el umbral.

Alza su rostro. Alza su voz. Me desafía.


TARANIS & AERYN
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El rostro del ángel giró lentamente hacia su inesperada visita. Su expresión gélida, inhumana, máscara de cera impasible sólo rota por una ladeada, leve e inerte sonrisa.
Detenida su andadura al hallarse frente a la presencia de Taranis, Aeryn, a cada instante escoltada y aferrada al lobo, apostado en defensiva posición, imprecaba a su captor. Firme. Desafiante. Valiente.

Sin emitir sonido alguno, más que el suave crepitar del oscuro plumaje de sus inmensas alas, el ángel se levantó de la desvencijada butaca y se alzó en toda su magnificencia, pareciendo, a cada gesto, menos humano, más oscuro, letal, esencia de noche y peligro. Sin alterar de forma alguna su expresión avanzó hacia la dama de alzado mentón y advertencia en la mirada. Sus pies desnudos sin tocar el suelo, a un palmo sobre él, elevado y mantenido por el ondear de sus aladas extremidades, suave oleaje que le alzaban más aún sobre ella, amenazante, terrible.
Poco más de un metro separaba sus rostros, analizándose, estudiándose, en silencio, absoluto silencio, en la nueva prisión forjada por las magnificentes alas negras rodeándolos, encerrándolos en un círculo de tinieblas.
Shadow, acoplado su lomo al muslo de su protegida alzaba en gesto imposible su poderosa cabeza hacia la presencia suspendida del ángel, retraía sus fauces regalando la visión de sus poderosas mandíbulas, destello de luz en las tinieblas de un pozo sin fondo donde sólo los rostros del lobo, el ángel y la dama parecían existir flotando en la nada.

En la violenta quietud del momento Aeryn repitió sus palabras, segura, calmada, hablando al ser de mármol ante ella, a su propio reflejo en unos ojos negros, donde un océano de líquidas y absolutas sombras prometían el olvido…eterno.
Los segundos que siguieron a su pregunta reformulada se plagaron de tenso silencio mientras los labios de Taranis fueron despegándose, como una maquinaria largo tiempo olvidada y en desuso, para dar forma a las palabras que serían su respuesta. Incluso el quedo gruñir de Shadow se detuvo presto a escuchar la voz olvidada del condenado.

- ¿Tú osas inquirir sobre mí? ¿Tú que eres repudiada, exiliada por jugar con fuerzas más allá de lo natural? ¿Tú que te has atrevido a pronunciar mi nombre cuando todos ya lo han olvidado? ¿Tú que en la condena de muerte de mi presencia vives? ¿Tú que dominas las bestias y bebes de su fuerza? ¿Tú que en la inconsciencia relatas una vida no vivida, mi propia vida?– el sonido de las palabras, pronunciadas pausadamente, resonaron en cada rincón de las cavernas, potentes, poderosas, atronadoras… mas sus labios y su rostro apenas parecían moverse haciendo incluso dudar a Aeryn sobre si realmente eran sus oídos o lo más profundo de su mente quien las percibía – No eres digna de efectuar la pregunta, dama de los bosques, sino guardiana de las respuestas, tú que has invadido mi castillo y la fortaleza de mis recuerdos… ¿Quién eres? ¿Qué eres?

La mandíbula de Taranis lentamente regresó a su hermetismo, sus labios se sellaron de nuevo, y regresó el manto de absoluto silencio. Sólo sus ojos, agitados ahora y el suave zumbar de un plumaje inquieto, susurraban la amenaza, exigían la respuesta.

En aquel cuarto de piedra, a la débil luz de una vela mortecina, un escalofrío de terror sacudió todo el cuerpo de Aeryn, mientras una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna, de las mismas paredes, del suelo de tierra, del techo excavado en la roca, salía de la boca de aquel ser oscuro. Escucharla enviaba vibraciones a su pecho, como si cada molécula de su cuerpo fuese una caja de resonancia para las gélidas y cortantes palabras. La voz, ronca y profunda como si saliese del mismo infierno, parecía rasgar el aire más que llenarlo e invadir los oídos de la joven como una presencia viva que paralizaba sus miembros y apresaba su garganta impidiéndole moverse o incluso responder a sus preguntas.

- Soy la maldita, tú lo has dicho. Y esa es la única respuesta que poseo.

Apretó sus manos en dos puños, clavándose las uñas en las palmas; en este ser no había misericordia y, si alguna vez poseyó ese conocimiento, había olvidado hacía eones qué significaba el sentir algo… pero Aeryn recordaba vívidamente la sensación de amar y ser amada, de importarle a alguien y compartir todo como dos hermanas.

- No tengo las respuestas que afirmas que guardo, Demonio. Ni siquiera puedo comprender qué son o qué significan estas imágenes que invaden mi mente, pero sí sé que tú sales en todas ellas, que te pertenecen y, de algún modo, las has volcado en mis recuerdos.

Su cuerpo menudo parecía empequeñecerse aún más en presencia del alado. De haberle conocido en otras circunstancias, si él fuese un humano más, ella le habría clasificado en la casta de los guerreros. De enorme estatura y de musculatura marcada, cada centímetro de su piel dorada le recordaba a una coraza antigua, llena de cicatrices y remendada mil veces, pero resistente como el tiempo. Las alas, negras como las de los cuervos que sobrevolaban el castillo, ondeaban suavemente manteniéndole suspendido a unos centímetros del suelo, lo que hacía que su diferencia de estatura fuese aún más evidente; estaba cerca… demasiado cerca, y ella sintió que no podía respirar. Intentó retroceder un paso, pero algo se lo impedía, y supo que era demasiado tarde para arrepentirse de su osadía. Había acudido allí en busca de respuestas, y parecía que no las habría, al menos no todas las que necesitaba. Pero había algo que sí podía saber, algo que necesitaba saber para calmar su espíritu atormentado.

- Eres el ángel de la Muerte, no es así?

El silencio se prolongó en la estancia como si su voz no hubiese sonado en voz alta.

- Dime que no sufrió… dime que terminaste con su agonía y que no murió sola, asustada y padeciendo un dolor innecesario.

De todos los sucesos de su vida, de todo lo que había experimentado, ese era su único remordimiento… pensar que Moira, la única persona que la había amado y a la que ella había querido como a una hermana, había dejado este mundo pensando que Aeryn le había fallado. No lloró, no suplicó. Su mano apretó su agarre sobre el lomo de Shadow, que gruñía ominosamente cada vez que las alas se acercaban demasiado. El ángel podía notar el temor en su voz, el temblor en cada fibra de su cuerpo, pero mantuvo sus ojos fijos en los pozos oscuros que la miraban a su vez sin asomo alguno de compasión hasta que sintió que esa mirada quemaba como una llama. Sus pupilas se clavaron en el suelo, dócil ahora, cansada, sin ganas de seguir luchando al comprender que ni siquiera ese ser sobrenatural le ofrecía la verdad de sus orígenes.

- Sé que tenía que morir… todos hemos de hacerlo algún día, aunque la Parca me eluda maldiciéndome a vivir una juventud perpetua. No sé si es tu misión llevarte las almas o si eres el verdugo del final del camino, Taranis, y no me importa lo que hagas conmigo. Sólo te pido que me asegures que su muerte fue misericordiosa y que me concedas la misma gracia- su rostro se alzó de nuevo hacia el de su captor- haz tu trabajo, reaper, termina lo que empezaste con Moira y llévame con ella.

- La muerte sólo es muerte –resonó de nuevo la angelical voz en lo más profundo sin inmutar su expresión- y la paz o condena no se encuentran atadas a ella, sino a la vida que queda atrás, nada tiene que ver el verdugo

De nuevo el silencio, la inmutabilidad en el rostro de mármol del inmortal alzado en calmo vuelo. Pero la atenta y valiente mirada de Aeryn supo captar la diferencia, pudo observar transmutarse su propio reflejo en las negras pupilas del condenado. En ellas vio envejecer su rostro, palidecer su cabello, cambiar sus facciones hasta no ser ya la eterna joven, sino la anciana por quien su inquietud palpitaba, Moira.
Aquellos espejos de muerte negra, los ojos del ángel, le mostraron los últimos instantes de vida de su bien amada amiga, su asesinato silencioso, su abandono del plano de existencia sin perder la paz en su sabia mirada ni aún cuando lágrimas de sangre teñían su rostro bajo el toque de la parca alada. Sin dolor, sin violencia, sólo silencio, el silencio de la vida abandonando la cáscara de un ser marchito para habitar en el inmortal templo angélico del cuerpo de su captor.

La imagen se disipó de igual forma, difuminando los rasgos de Moira hasta trazar de nuevo el rostro de una Aeryn descompuesta por la emoción.

- Ya tienes tus respuestas –bramó, solemne, el ángel- y ahora tendré yo las mías. Dices no saber el por qué de tus visiones, de mi presencia en ellas… No envejeces, no sucumbes al tormento de la enfermedad mientras tu lupino acompañante esté a tu lado. Ostentas demasiados misterios para que te permita vivir, desconoces pero atesoras demasiados conocimientos como para regalarte la muerte…

Tras unos instantes de silencio y reflexión, el ángel, elevado su rostro pétreo sobre el de la joven, expuso su solución, su condena, al tiempo que alzando su férreo brazo, señalaba, invitador, el pasillo ante ellos…

- Viviréis lo que os reste de existencia y hasta que la muerte os reclame entre estos muros. Tú, dama del bosque, y tu fiel amigo… Las puertas de mi castillo están para siempre cerradas para vosotros. Os guiaré a vuestros nuevos aposentos.

La luz a espaldas del ángel se hizo más y más tenue, a medida que invisibles antorchas, allá en el corredor al que Taranis les dirigía, iban alumbrando el camino a su nueva vida, su nueva mazmorra. Caminaban, despacio, orientados por el sobrenatural y fatuo fuego que nacía ante ellos revelando nuevos y húmedos rincones del castillo y perdiendo en la oscuridad del olvido aquello que dejaban a sus espaldas. Y sobre ellos, sin aún depositar sus pies desnudos sobre el suelo, Taranis, el ángel de la noche.

Apenas un parpadeo, un susurro, y a voluntad de la parca alada un gran portón macizo surgido de las rotas tinieblas frente a sus ojos bostezó abriéndose, revelando la entrada a una estancia que nada tenía que ver con la que hasta ahora había mantenido cautiva a Aeryn.

La figura alada sobre ellos extendió de nuevo su poderoso brazo instándolos a traspasar el umbral a medida que, sin apenas parecer moverse, iba desapareciendo en las sombras del corredor, devorado por ellas, fundido en ellas, sombra misma. Y su voz, por última vez, selló la despedida, la condena


- Bienvenidos al olvido, al fin de la existencia, al corazón de las tinieblas donde la vida sólo será muerte hasta que todos los misterios sean esclarecidos. Os espero en el gran comedor para la cena…







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